Tiene que haber un lugar en los partidos para esa persona que quiere hacer
algo más que votar y algo menos que ser candidato. No veamos la mejora
de los partidos políticos, la mejora de su futuro, como algo ajeno. Serán
mejores en la medida en que cada uno de nosotros hagamos algo, algo más
que votar y algo menos que ser candidato.
Los partidos Nacional y Colorado son cortes verticales de la sociedad, no nacen
-ni subsisten- en función de fomentar divisiones sociales. Hay partidos
que son cortes verticales de la sociedad y partidos que nacen y a veces subsisten
en función de cortarla horizontalmente. De esta última categoría
son los partidos clasistas que oponen a trabajadores contra los propietarios.
Como en esos pasteles de confitería de distintos gustos que, al ser
cortados, muestran las distintas capas, como las capas geológicas que
cuando se corta el territorio van mostrando sus distintos niveles, los partidos
tradicionales del Uruguay son cortes verticales. En ambos hay gente de ilustración
y gente analfabeta, en ambos hay gente de ciudad y gente de campo, quizás
con alguna preferencia en el corte del Partido Nacional, pero no es obstativo
de esta definición. Son cortes verticales y el símil que más
se me ocurre para graficar lo que estoy diciendo es que los partidos en el Uruguay
están, dentro del ser nacional, como están las varillas de acero
en la columna de concreto, no se ven pero allí están; contribuyendo
a dos cosas: a la fortaleza pero también a la flexibilidad. Y la historia
nacional tiene en esas dos columnas, en esas dos varillas de acero y en el carácter
de ser verticales e integradores, entidades que fomentan el movimiento social
vertical que es el que importa en una sociedad, grandes factores de la unidad
nacional y del carácter nacional. Diría que los partidos políticos
y la escuela pública, laica, obligatoria y gratuita, en 150 o 170 años,
son los dos grandes factores que determinan la existencia de un país
como el que conocemos. Por cierto que estos partidos no han tenido el monopolio
de la convocatoria de la gente.
En el Siglo XIX, el Partido Constitucionalista, notorio porque brindó
a la vida pública gente de una enorme talla como fueron los Ramírez,
grandes ciudadanos, el Partido Radical en el Siglo XIX, y luego en el Siglo
XX el antiguo Partido Socialista, también uno de los partidos tradicionales
si buscamos en el mero transcurso del tiempo, ya es un partido de vieja raigambre
en el Uruguay, el Partido Comunista y la Unión Cívica, que surge
como la necesidad de expresión de los católicos en el mundo político
y electoral. Hoy, y no desde hoy, pero si desde 1971, hay otro actor en la vida
política que es el Frente Amplio, que no es un partido político.
Es una coalición; una coalición que algunos creen que es política,
nosotros creemos que es más electoral que política porque hay
discrepancias centrales, viscerales, importantísimas, entre sus muchos
y muy respetados integrantes.
Es decir que hoy tenemos tres partícipes del fenómeno electoral
y político: el Partido Nacional, el Partido Colorado y el Frente Amplio.
LA HISTORIA DE DOS PARTIDOS
La historia de los partidos políticos es compañera de la
historia de la participación de los partidos en el poder, y todos sabemos
que el Uruguay tiene una gran peculiaridad que es el larguísimo período
de nuestra historia en que el Partido Colorado ejerce sin interrupción
el gobierno: 1865-1959. Un siglo son cuatro o cinco generaciones, según
se midan, y la simbiosis del Partido Colorado-poder, ejercicio del poder o gobierno,
hizo que este ilustre partido se fuera mimetizando con el poder, era casi imposible
su separación. Hermanos siameses de casi imposible separación
sin grave perjuicio para una de las partes.
A su vez, esta tan desigual circunstancia de ocupar o no el gobierno, al Partido
Nacional le generó la contracara, es decir la peculiaridad de una rebeldía,
a veces algún cierto grado de desorden, alguna manifestación de
sus propias divisiones internas; el no tener el gran elemento de soldadura que
es el ejercicio del poder, permitió que nuestro partido tuviera un culto,
a veces, por este tipo de actitudes.
Es decir, la historia de los partidos, que además se puede ver muy bien
en las sucesivas reformas constitucionales. Hasta 1958 es la lucha de un partido
que está en el gobierno y de un partido que prácticamente descarta
la posibilidad de llegar a él. Eso se refleja en que, en nuestro país,
donde la organización institucional primero es bipartidista, todas las
normas están pensadas en función de un bipartidismo. Por eso hoy
tenemos problemas cuando hay un tripartidismo y toda la Constitución
y las leyes consisten en un Partido Nacional que va tratando de obtener del
poder garantías, garantías en materia de legislación electoral,
en la magnífica ley de elecciones de 1925 que es el monumento a la concordia
nacional para nosotros y para mí es el resultado definitivo y triunfante
de las revoluciones de 1897 y de 1904. Todas las garantías del Tribunal
de lo Contencioso Administrativo, de la inamovilidad de los funcionarios, de
las mayorías especiales en la Constitución para tantas cosas,
son el retrato de un país que, hoy día, a nuestros hijos no se
lo podemos explicar, pero que hasta 1959 era verdad. Había un partido
en el gobierno y otro partido, ambos condenados a cumplir roles que parecían
inamovibles, y por eso la peculiaridad de nuestra Constitución a la que,
en algún rapto de lucidez que tengamos los orientales, tendríamos
que hacerle una reforma que no tuviera intereses inmediatos electorales y adaptarla
a un mundo que va a ser distinto del que conocemos.
ASUNTOS DE SOBREVIVENCIA
¿Cuál es el futuro? Más que hablar de futuro genéricamente,
me permitiría plantear cuatro temas que creo es necesario que los partidos
encaren para sobrevivir fuertes.
El primer lugar es la representación sociológica que los partidos
pueden esgrimir. Sé que me meto en un tema muy complicado, pero si pudiéramos
tomar de un lado los 130 legisladores que son la representación, el espejo
de la ciudadanía y pudiéramos identificar cuál es la actividad,
el origen, el grado de educación de cada uno de esos 130 y después
lo comparáramos con el todo, el universo del país, veríamos
que no hay una coincidencia estricta. Que el porcentaje, la parte donde las
dos circunferencias pueden ser secantes, no sería una superficie demasiado
grande.
¿Estamos abogando acaso por la representación de intereses? No,
pero también es cierto que ciudadano químicamente puro no conocemos
ninguno de nosotros, ni existe. Ciudadano es una condición, cualidad
que se ejerce en determinadas condiciones y en ciertas oportunidades. Después
hay ciudadana maestra, ciudadano retirado militar, ciudadano comerciante, ciudadano
carpintero, ciudadano obrero de la construcción. Es decir, el soporte
de ese ciudadano es un ser humano, un hombre o una mujer que vive en determinados
parámetros y se pone el traje, por decirlo gráficamente, de ciudadano
cuando llegan las elecciones.
Es cierto, los cuerpos intermedios en una sociedad son verdad y para la persona
que está en el negocio de la madera, sea como carpintero o barraquero
de madera, sus preocupaciones giran alrededor de su vida cotidiana y quien está
en la educación hará lo propio. Es muy difícil pedirle
a la gente que se abstraiga para convertirse en un ente etéreo.
La gente tiene su raíz, entiende el mundo en el que vive y es natural
que así sea. Ahora bien, como no abogamos por la representación
de intereses, por el Estado corporativo que es contrario al régimen democrático,
creo que el primer desafío que le cabe a los partidos políticos
es mejorar sus conexiones con el mundo real, acercarse al mundo cotidiano de
los ciudadanos para interpretarlo. Pero para interpretarlo, primero hay que
reconocerlo y entonces yo, como tarea, como asignaturas pendientes de los partidos
políticos, tendría la primera para señalar: mejorar el
conocimiento de la realidad. Porque a veces, donde se ven votos hay seres humanos,
donde se ven circunscripciones departamentales hay una vida departamental, y
mi experiencia, ya demasiado larga, me permite señalar que lamentablemente
a veces conocemos el país electoralmente, pero no conocemos el país
real, que ordeña, que escribe, que publica, que enseña, que va,
que viene, que transporta. Y a veces estamos como a la vera de esa realidad,
y cuando llega el momento pretendemos que esa gente, en ese momento sí
convertida en ciudadanos en pleno ejercicio, puesto el uniforme de ciudadano,
nos siga. Y no sé si antes hemos hecho suficientemente los deberes de
conocer y de interpretar.
Por lo tanto, el futuro de los partidos, para mí, está en que
esta legitimidad indudable que tienen del más puro cuño -porque
repito, el sufragio se ejerce con todas las garantías- tenga un contenido
mayor. Se sepa lo que piensa, lo que hace, lo que vive y lo que sufre el ciudadano;
y esa mejora de contacto los va a hacer más representativos que la mera
representación formal de una elección y de unos escrutinios.
CUANDO VIENE LA POLÍTICA
Esto nos lleva de la mano al otro tema del que creo el futuro de los
partidos dependerá, según como se resuelva. Es común que
nosotros, sobre todo cuando salimos fuera del país, nos jactemos de la
cultura política y la formación política del Uruguay. Creo
que está bien que lo sigamos haciendo, pero, acá en casa, seamos
un poco francos con nosotros mismos; tenemos una fuerte cultura electoral, no
se si tenemos el equivalente de cultura política. Quienes me han tenido
que escuchar alguna otra vez y lo han sobrevivido, saben que ilustro esto con
la historia de ese paisano de Flores que decía: "Ahora que vino
la política, ¿con quién estamos?"
Una expresión muy auténtica: Ahora que vino la política .
Él no se equivocaba, usaba el término equivocadamente, eran las
elecciones. Pero la vida política, que es lo que hay entre elección
y elección, había ido perdiendo sustancia para que hubiera cada
vez más un esfuerzo electoral y entonces una gráfica mostraría
picos de altísima tensión y atención a los temas electorales
para bajar inmediatamente y, prácticamente, desaparecer. Este paisano
decía una cosa cierta, lo habíamos llevado nosotros a confundir
política con elección. Claro que las elecciones son el momento
importante porque es donde se ponen, de nuevo, los poderes de representación
en cuestión; donde uno va a pedir el mandato, lo obtiene o no lo obtiene,
pero entre medio está el ejercicio de las funciones políticas
y ahí es donde hemos increíblemente perdido gravitación.
Entonces, el fortalecer la parte de la vida política, no en desmedro
pero tratando de empardarla con lo electoral, es muy importante.
Hay países como España, por ejemplo, que en este momento es un
modelo democrático con los dos grandes partidos, el PSOE y el PP, donde
el Estado presta auxilio a los partidos no en las elecciones sino en el entretanto,
para que puedan tener sus asesores, para que puedan tener sus técnicos,
para que puedan realizar cursos, promociones, congresos, pagar estudios, publicar
libros, que es lo que va formando la sustancia y el sustrato político,
que luego después lo sometemos al juicio electoral cuando llega el momento,
pero que es la sustancia verdadera de la tarea de los partidos. Creo que preocuparnos
de este tema va a ser importante.
LA VERDADERA DEMOCRACIA ES REPRESENTATIVA
El tercer punto que queremos analizar es el que tiene que ver con la
democracia representativa o democracia directa. La única democracia posible
es la democracia representativa. La historia que nos contaron y que repetimos,
de Pericles en Atenas discutiendo los temas, era porque había el triple
de gente esclava trabajando y entonces un determinado estamento muy ilustrado
podía tener el tiempo para, en el ágora, estar discutiendo los
grandes temas e ilustrándonos hasta el día de hoy. Es decir, cabezas
que pensaron tan claramente que, hasta el día de hoy, sus mensajes nos
llegan, pero no es cierto que fuera el pueblo el que estaba representado, era
una clase privilegiada que cultivaba aquello del ocio noble y fecundo, que es
algo que también tendríamos que poner de moda porque hoy día
el ocio infecundo y guarango creo que a veces nos avanza.
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La
legitimidad
Al cierre de su exposición en el Ateneo de Montevideo, Lacalle
contestó preguntas de los asistentes. Una de ellas se refirió
a la legitimidad de algunos gobernantes de hoy.
- Una pregunta que me hago es si tenemos una explicación
política de por qué, gente que en el año 63 atentó
contra la Constitución en un período en que había
un gobierno colegiado (lo más lejos de ser autoritario), hoy en
día está ocupando puestos electivos en el Senado y alguno
es Ministro. ¿No es contradictorio con la independencia o con la
democracia que la Constitución nos impone?
- Mire, la legitimidad se reduce a contar con el apoyo suficiente a través
de elecciones libres y con garantías. Como usted dice, hubo quienes
hablaban de las libertades formales -recuerdo aquella canción
tan horrible que decía "mire amigo no venga con el asunto
de las elecciones"- hasta que un día nos dimos cuenta que
eran importantísimas las libertades formales. Y hoy están
legitimados por la ciudadanía, nosotros no podemos ir más
allá en esto porque si no estaríamos calificando de votantes
buenos y votantes malos. El sistema nuestro no garantiza que se elija
a los mejores, lo que si garantiza es que el electo es legítimo.
En nuestro país, cada una de las personas, los 99 diputados, los
30 senadores, el presidente y vicepresidente de la República fueron
votados por nuestras ciudadanía en elecciones ejemplares, perfectas
y libres. ¿Qué nos pasaba a nosotros, los nacionalistas,
que durante 93 años votábamos pero resulta que se elegía
al otro partido? No nos gustaba, pero lo elegía la gente, es como
funciona el sistema. Usted dirá, y pensaremos todos, que pusieron
bombas y hablaban de las libertades burguesas y tanta cosa que hemos vivido
muchos de los que estamos aquí. Bueno, veámoslo del lado
positivo: es mejor esto que la bomba. No siempre las elecciones dan los
mejores gobiernos pero dan gobiernos legítimos, entonces tratemos
de que los resultados no sean esos. Otra reflexión no me cabe.
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Pero la democracia representativa es la única que es viable. Nosotros
tenemos instituciones de democracia directa, las conocemos porque ha habido
un uso abundante en los últimos tiempos de dos de sus formas: una la
iniciativa en materia constitucional y otra el referéndum como recurso
contra las leyes. En nuestro país muchas de las veces que hemos apelado
en forma directa a la ciudadanía no se ha opinado sobre el tema, sino
sobre votar contra el gobierno. Es decir, se utilizan de una manera indebida,
legal pero indebida resortes que es muy difícil que exista una persona
capaz de abstraerse de todo y decir: "No, voy a votar en función
de que esto es bueno o malo". Porque además, nunca falta el que
incorpora esa votación al agua de su molino, lo convierte en agua de
su molino y creo que el tema de la utilización de la democracia directa
nos puede llevar a sorpresas no del todo agradables y de difícil solución.
En la elección pasada, con el tema del agua, un asunto nobilísimo
como es la conservación de un recurso escaso y tan fundamental deriva
en atarle al país las manos en materia de inversión y estatizando
un recurso que si se aplica la Constitución correctamente, ni el agua
del aljibe que tenemos es nuestra. Hay materias muy técnicas, si mañana
alguien presentara una iniciativa constitucional sobre el encaje bancario no
se si provocaría entusiasmo popular, como cualquier tema que tenga peculiaridades
técnicas. No le podemos pedir, no me pueden pedir a mí que entienda
del tema como para decir sí o no. La democracia que funciona y que debe
funcionar es la representativa. Ahora bien, con representantes mejor instruidos
y mejor asesorados, por eso sosteníamos la necesidad de que los partidos
tuvieran sus propios cuadros y pudieran acceder a ellos no de favor, como pasa
todos los días. Si levantamos el nivel, le habremos hecho un favor a
la democracia representativa y a los partidos que son consustanciales a ella.
UN CONTRATO ELECTORAL POR ESCRITO
Y, para postre, el tema más peliagudo: el de las finanzas de los
partidos. Entramos, estimados compatriotas, a un tema mucho más preocupante
de lo que a ustedes les pueda parecer. Por confesión de los principales
titulares, los tres candidatos a la Presidencia: el doctor Larrañaga,
el escribano Stirling y el doctor Vázquez, informaron que habían
gastado alrededor de 1.800.000 dólares. Yo, conociendo un poco el paño
me atrevo a decir que cada uno gastó 2.000.000 de dólares. Es
decir que U$S 6.000.000 se gastaron en la campaña electoral.
¿Qué pretendemos nosotros? Estamos preparando un trabajo para
presentar al Parlamento en este sentido. Empecemos por un artículo de
la Constitución que dice que los partidos deberán dar publicidad
a sus programas o algo por el estilo. Muy bien, yo me pregunto: ¿Qué
pasaría si hiciéramos primero que nada obligatorio, en el momento
de inscribir las listas de los candidatos a presidente, que el candidato en
cuatro hojas, ante la Corte Electoral y con su firma dijera: y además
quiero que me voten por esto ?
Cuando veo programas de más de cien páginas no lo leo. Deben
ser cuatro páginas, porque la capacidad de síntesis en cuatro
páginas cabe. Los diez mandamientos, a los que bastante bien les fue,
caben en una sola página, en media página.
Obtenidas por la Corte Electoral las tres o cuatro propuestas, porque serán
tres o cuatro los candidatos a presidente, procede a publicarlas el mismo día
domingo, todas juntas, en todos los diarios. Entonces pasan dos cosas, primero
tengo que poner en blanco y negro y brevemente lo que pienso hacer o lo que
me comprometo a hacer, pero además sé que lo van a leer contiguo
al de los otros, y la gente va a poder moverse horizontalmente para poder comparar.
Es decir, obligar a que haya una oferta política concreta; ya con eso
tendríamos una gran mejora de lo que llamo el contrato electoral. Usando
un término de derecho privado, yo sostengo que entre el que vota y el
que es votado, aunque no se vean las caras, hay un acuerdo de voluntades. Yo
le doy mi voto a Fulano de Tal porque confío en su propuesta. Hay una
coincidencia de voluntades, le daríamos contenido. Pero habría
un subproducto, no menos importante, que es: no se puede hacer propaganda electoral,
se puede hacer publicidad.
Lo único que estaría autorizado y pago por el Estado sería
la mención que yo elija, dentro de mi programa, al punto que yo quiera,
entonces, en vez de aparecer la palomita, los niños de la escuela, etc.,
diría: Luis Alberto Lacalle, Partido Nacional, en materia agropecuaria
tal cosa , es menos gracioso, pero más sustancioso.
Y entonces, eliminaríamos el gasto que lleva a veces a compromisos demasiados
gravosos, porque cuando uno recibe donaciones importantes no es que haga algo
indebido, pero siente una presión y cuando lo que se recibe es 1.800.000
dólares, estamos sin querer atando la independencia de los futuros gobernantes.
Síntesis de su exposición en el ciclo de conferencias El
futuro de los partidos políticos , organizado por el Ateneo de
Montevideo, 23 de Agosto de 2005.
* Ex presidente de la República (1990-1995)
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