Yo, como viejo materialista, veo en esto una consecuencia de la globalización más que el resultado de la acción personal de Wojtyla.
Por esta razón, el tema de la sede vacante se ha convertido en un motivo de preocupación para todos, creyentes o ateos, cristianos o no. Estas son unas reflexiones personales sobre este interesante punto.
BREVE HISTORIA
La imagen que suele evocarse es que el papado es tan eterno como el cristianismo,
pero esta idea es equivocada. El papado tiene todas las características
de una institución humana y ha evolucionado a lo largo de los siglos.
Un primer período ocurre desde el nombramiento de Lino como primer obispo
de Roma en el año 67 hasta el pontificado de Gregorio el
Grande. El segundo período se extiende hasta el Cisma entre la iglesia
de Oriente y Occidente que ocurre en el 1054. Si bien desde Lino los obispos
de Roma son llamados Papas por la iglesia católica, recién después
del Cisma son verdaderamente pontífices máximos. El tercer período
se extiende hasta la Reforma: las tesis de Lutero son de 1517. El cuarto período
se extiende hasta el pontificado de Juan Pablo II. En el presente entiendo que
hemos entrado en un quinto período.
El obispo de Roma es una figura que existió desde el siglo I, pero no
se la debe confundir con la idea posterior de Papa. La aparición del
papado es algo que ocurre gradualmente y que es muy resistido en la cristiandad
de Oriente donde se encontraban las primeras iglesias. Con la fundación
de Constantinopla y la posterior división del imperio romano se consolidó
el poder de las iglesias de Oriente. Al mismo tiempo, el largo predominio de
los arrianos en Occidente cristianos que discrepaban en algunos aspectos
de la divinidad de Jesús y en la organización centralista romana;
existen hasta la mitad del siglo VI como mínimo no permitía
que el obispo de Roma adquiriera demasiada importancia en la cristiandad. Es
por obra de Justiniano, el emperador de Oriente, que se logra derrotar el poder
arriano y consolidar la iglesia de Occidente. Por estas razones, hasta Gregorio
I el Grande (590 604) no existe un obispo de Roma con ascendencia importante
fuera de Italia.
La iglesia de Occidente experimenta en el siglo VI un cambio revolucionario:
la creación de la orden benedictina, inspirada en las organizaciones
monásticas de Egipto. Los benedictinos se diferencian de todas las restantes
órdenes monásticas de la cristiandad porque en vez de realizar
una vida contemplativa, incorporan el trabajo productivo como una parte esencial
de la vida monacal: Ora et Labora es la divisa benedictina. Por otra
parte, los monasterios benedictinos no poseen una autoridad central y pueden
expandirse libremente.
Gregorio I que era un benedictino reorganizó la iglesia
el canto gregoriano es una muestra de su obra y organizó
la conquista espiritual del Norte de Europa mediante precisas instrucciones
de expansión que da a la orden benedictina. La expansión benedictina,
que continuará hasta el siglo XII, creará las bases de la nueva
sociedad europea e, indirectamente, le dará un gran poder económico
a la cristiandad de Occidente.
Desde los primeros siglos de organización de la cristiandad se planteó
la cuestión de la organización. En la cristiandad se identifican
dos tendencias opuestas que continúan hasta el presente: una tendencia
centralista a concentrar la autoridad y una tendencia no centralista con obispos
autónomos e iguales. Oriente nunca fue centralista, Occidente siempre
lo fue y esta tendencia se acentuó con la expansión benedictina
(lo cual es una paradoja puesto que los benedictinos era un modelo de organización
no centralista). Desde la organización de la cristiandad realizada en
tiempos de Constantino, si bien no se aceptaba el predominio de un obispo sobre
otro, se reconocían cinco sedes presidida por obispos patriarcas,
que ejercía una autoridad moral debido a la importancia de su diócesis.
Las cinco sedes eran Constantinopla, Roma, Alejandría, Antioquía
y Jerusalén. Desde la fundación de Constantinopla la nueva
Roma y capital del imperio romano de Oriente hasta el Cisma del siglo
XI, Constantinopla fue siempre la sede principal y también desde siempre
Roma le disputó este título.
Con el aumento del prestigio del obispo de Roma, la polémica por la
conducción de la cristiandad se agudiza. En el octavo concilio ecuménico
realizado en Constantinopla en 869 la división entre la
iglesia de Oriente y la de Occidente entre Constantinopla y Roma
ya no tiene retroceso. A partir de este momento, la querella aumenta y hay un
largo período en el cual no hay concilios ecuménicos por esta
razón. En 1054 ocurre el Cisma. Por cierto que estos cuatro siglos de
disputa por la organización adoptan el aspecto de una discusión
teológica acerca de la divinidad de Jesús, pero todas las polémicas
en la cristiandad se presentan como disputas teológicas. Finalmente,
la iglesia de Occidente consagra la centralización y la iglesia de Oriente
continúa, hasta el presente, descentralizada. Se la conoce como iglesia
Ortodoxa, lo cual pone en evidencia que la iglesia de Occidente es la verdadera
disidente. La iglesia de Occidente es la única religión mayor
que posee un pontífice máximo. Esto no ocurre ni entre los Protestantes,
ni en la iglesia Ortodoxa de Oriente, ni en el Islam, ni en el Judaísmo,
ni en el Budismo para citar algunos ejemplos.
Con el Cisma se consagra la organización jerárquica en la iglesia
Occidental. Así es que el obispo de Roma pasa a ser la figura jerárquica
de todo Occidente. Con este motivo se debe institucionalizar el mecanismo de
su elección, ahora convertido en Papa, pontífice máximo.
Los obispos de la iglesia primitiva eran elegidos por cada comunidad. Cuando
el cargo adquirió más importancia por crecimiento de la
comunidad participaban otros obispos en la elección. En algunos
períodos el obispo era elegido por el poder civil o militar. Una vez
ocurrido el Cisma, es el Colegio de los Cardenales quien elige al pontífice
máximo. Nicolás II (1059 1061) es el primero designado por
este colegio elector. El número de cardenales creció continuamente
a medida que la iglesia occidental se expandía. El poder religioso, político
y social del papado creció continuamente hasta el momento en que se desata
la Reforma y ocurren nuevas divisiones en la cristiandad que le quitan poder
al Papa. De esta manera se llega a los tiempos contemporáneos, en que
el Papa pierde todo poder territorial bajo Pío IX (1846 1878) cuando
se disuelve el Estado Pontificio y el Papa se refugia en el Vaticano por todo
dominio temporal. Comienza así la época reciente del papado.
WOJTYLA Y LA SUCESIÓN
La proximidad de la muerte del Papa hace difícil que se expresen otra
cosa que elogios. Creo que se debe intentar una valoración que prescinda
de las pasiones del momento de modo de poder separar logros y aspectos negativos
de su pontificado. Entre sus logros creo que se debe señalar:
El uso de los medios de comunicación como medio de acercar
el papado a los creyentes y al público en general.
Su pacifismo demostrado en diversas ocasiones.
Su oposición al capitalismo salvaje que repitió en diversas
ocasiones.
Sus esfuerzos por acercar a las diferentes religiones.
Su honestidad intelectual en reconocer el error cometido en el caso
Galilei y otros errores de la iglesia.
Por el contrario, los principales puntos negativos son:
Su apoyo evidente al Opus Dei y su rechazo a los Jesuitas.
Su tradicionalismo pertinaz (celibato sacerdotal, negativa a más
participación de la mujer, desproporcionado número de canonizaciones).
Su férreo centralismo del poder.
Hoy, con la proximidad de su muerte, se llega a grandes exageraciones como
llamarlo Grande sólo León y Gregorio han sido llamados
Grandes o pedir su santificación inmediata. Hay quien sostiene
que la acción de Wojtyla y no sus problemas internos es
la principal causa de la implosión del comunismo. Otros llegan a considerarlo
el Papa más importante de la historia. Creo que el principal aporte de
Juan Pablo II ha sido comprender el papel de la globalización y adoptar
una actitud positiva ante ella y su principal carencia consistió que
el nuevo liderazgo que posee el Papa exige una actitud más liberal, de
otra manera este liderazgo espiritual desaparecerá rápidamente.
En estos días hay una euforia por especular acerca de la elección
del Papa. Lo interesante son las diferentes metodologías que se proponen.
La sabiduría popular romana duda de esto, establece el carácter
imprevisible de quién será el próximo Papa y dice sobre
el cónclave: el que entra Papa sale cardenal. No puedo considerar
todas las propuestas que hoy se hacen, solamente me referiré a las que
me parecen más curiosas.
Comencemos por las profecías, para todo existen profecías. En
este caso se ha popularizado recordar las descripciones de San Malaquías,
un monje irlandés del siglo XII, que las escribió nada menos que
en el monasterio de Claraval de San Bernardo. Su descripción de los Papas
está condensada en 112 breves frases latinas y comienzan con el Papa
Celestino II (1143 1144). A partir de esta profecía se obtienen
dos resultados. El primero, es que el próximo Papa será el penúltimo
porque la lista se termina (según como se haga la cuenta). El segundo
resultado es que la descripción del próximo Papa es: De Gloriae
Olivae (gloria del olivo). Claro que interpretar qué es el olivo
es un gran problema y puede hacer referencia tanto a un monje benedictino, a
un emisario de la paz o alguno de la zona del Mediterráneo (como el cardenal
Piovanelli que viene de la Toscana y su padre cultivaba aceitunas).
En el mundo global, para predecir al Papa global también hay técnicas
globales. Hay más de media docenas de sitios de Internet que recogen
apuestas acerca de quién ocupará la sede vacante. Una sencilla
búsqueda me ha mostrado que los papábiles con probabilidad
mayor a un décimo, según cinco lugares de apuestas diferentes,
en orden de mayor a menor probabilidad son: Dionigi Tettamanzi (Italia), Francis
Arinze (Nigeria), Oscar Rodríguez Madariaga (Honduras), Joseph Ratzinger
(Alemania) y Claudio Hummes (Brasil). Prácticamente todos los sitios
coinciden, excepto alguno que coloca primero a Arinze, el cardenal negro. Si
el Papa electo no está entre estos cinco candidatos, entonces deberíamos
aceptar que los criterios del Colegio de Cardenales son diferentes que la opinión
pública o los del mercado.
Finalmente, están los analistas políticos y los ''especialistas''
en el Vaticano. Esgrimen diversos argumentos y se podrán verificar por
su resultado final. Entre ellos están:
El Colegio de Cardenales está formado por 170 cardenales
designados por Juan Pablo II y solamente 13 por Paulo VI, luego el elegido
será un cardenal próximo a Wojtyla. Es un argumento pragmático.
Un análisis parecido dice que el nuevo Papa será italiano
puesto que los italianos son el grupo mayor en el Colegio. Este argumento
ahora es menos fuerte que en la elección anterior, donde notoriamente
no fue así. Sin embargo hay un italiano a la cabeza de las preferencias
de la opinión pública.
La estructura que triunfa no se cambia, dice una vieja regla política,
luego se espera que el nuevo Papa sea un pastor popular y antiliberal. Este
razonamiento continuista está muy alineado con el primero.
América Latina tiene la mayor cantidad de fieles, luego el
Papa debe provenir de esta región. Esto no parece ser un argumento
sino una expresión de deseos similar a la que expresó Lula o
el presidente de Honduras. Al menos Hummes y Rodríguez Madariaga están
entre los preferidos por los apostadores.
Por muy respetables que sean todos estos argumentos, yo prefiero seguir otra
línea de razonamiento.
UNA VISIÓN DIALÉCTICA
Yo no quiero agregar otra metodología u otra predicción. Mi enfoque
es otro: ¿qué Papa creo que se debe designar? Este análisis
es una expresión de deseos pero también se apoya en la idea de
un papado para un mundo globalizado.
Si algo nos enseña la historia de la iglesia católica es su enorme
estabilidad en el tiempo. El pontificado romano ha superado las más diversas
vicisitudes históricas: el imperio romano, su caída, el feudalismo
europeo, el Cisma, la Reforma o el capitalismo. Por esa razón tengo la
convicción que también superará la etapa del capitalismo
global con todos los nuevos desafíos que se presentan.
¿De donde proviene la singular estabilidad de la Iglesia? Sin duda de
su capacidad para renovarse. Hemos visto cómo el papado se ha transformado
a lo largo de los siglos. Estoy convencido que el mecanismo que emplea es del
movimiento pendular. Al igual que las sociedades democráticas cuya
estabilidad depende de la rotación de la orientación política
la estabilidad de la iglesia católica también depende de esta
rotación. A un largo período de una tendencia debe seguir otro
de una tendencia opuesta. Los romanos, que son muy afectos a los proverbios,
han decantado una idea sobre la sucesión del Papa que me parece muy acertada
y que establece una dialéctica de contrarios: a un Papa gordo sigue
uno flaco. Veamos cómo funciona esta idea.
En la historia papal hay dos estilos de pontífices: existen Papas intelectuales
y Papas de acción. Unos se ocupan principalmente de la doctrina,
de la organización, de las ideas; los otros son pastores, políticos,
predicadores. Así por ejemplo, Gregorio el Grande era un obispo de acción:
su obra principal fue organizar la evangelización del Norte de Europa.
León el Grande (440 461) persuadió personalmente a Atila
para que no saqueara a Roma. Alejandro VI (1492 1503) redactó bulas
que repartieron el Nuevo Mundo entre España y Portugal. Pío IX
que defendió con las armas el Estado Pontificio. Por el contrario, Gregorio
XIII (1572 1585) era un intelectual, un científico, reformó
el calendario y apoyó a la astronomía. León XIII (1878 1903)
estableció las bases de la doctrina social de la iglesia con su encíclica
Rerum Novarum. Juan XXIII (1958 1963) inició la modernización
de la iglesia.
Los Papas también pueden ser clasificados por otros atributos: centralista
como Juan Pablo II o no centralista como Pablo VI (1963 1978); modernizador
como Juan XXIII o tradicionalista como Pío X (1903 1914); y otros
muchos. Creo que todos los atributos son válidos y luego de un período
prolongado de una tendencia debe seguir la tendencia opuesta, de otra manera
la iglesia no mantiene el necesario equilibrio que le da estabilidad.
Veamos los últimos pontífices. Pío XII era un intelectual,
Juan XXIII un pastor; Pablo VI otro intelectual; Juan Pablo I tuvo un pontificado
breve pero posiblemente fuese un pastor y Juan Pablo II es, ante todo, un pastor.
Según esta secuencia, pienso que la iglesia debe elegir un Papa intelectual
y debería ser opuesto y no continuador a Wojtyla en otros
atributos: más cerca de los jesuitas que del Opus Dei; modernizador;
tal vez no europeo. Se necesita, por ejemplo, que se dé un mayor papel
a la mujer en la iglesia. También si se desea avanzar en la unificación
del cristianismo se necesita un fino teólogo que logre superar
las antiguas polémicas que dividieron a Oriente y Occidente o que dividieron
a Católicos y Protestantes. Pero también, si se desea reunir al
tronco abrahámico de las religiones, será necesario dar grandes
pasos teológicos para acercarse al Judaísmo y al Islam. Además
se deberá modificar la organización centralista que hoy existe
y abandonar la pretensión de pontífice máximo. Es otra
paradoja Chesterton disfrutaría con esta idea que sea el
centralismo lo que permite que la iglesia Católica sea artífice
del proceso de acercamiento entre las diferentes religiones. Estas acciones
pueden ser muy importantes con una perspectiva de futuro.
En resumen, creo que la estabilidad que el Catolicismo experimentó en
el pasado y la perspectiva que tiene hacia el futuro exigen que, contra todos
los propósitos, el Colegio de Cardenales no elija a un continuador de
Juan Pablo II, sino exactamente todo lo contrario. En unas semanas lo sabremos.
Juan Grompone es ingeniero y escritor
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