Por Juan Carlos Doyenart
El porqué

Como todo emprendimiento colectivo existen las expectativas personales y las del propio grupo. Lógicamente, que el grupo sintetiza esas expectativas personales y muchas veces las potencializa. En este mundo que nos toca vivir, que algunos han denominado la época del vacío, lo personal, lo particular, lo íntimo, deja atrás -en un pasado aparentemente tan lejano- aquellas causas colectivas que animaron buena parte del siglo XX.

Vivimos en el presente, sin importar el futuro y olvidando el pasado. Vivimos preocupados por nosotros mismos, nos estamos acostumbrando peligrosamente a convivir con la pobreza de sectores cada vez más amplios que poco a poco pierden la esperanza de reintegrarse a esa sociedad que los ha ido expulsando. Los uruguayos nos hemos ido construyendo un conjunto de explicaciones sobre nuestras ''desgracias'' que muy poco responden a las actuales realidades del mundo y sólo sirven para conformarnos con nuestro ''destino''.

Para unos, la explicación radica en ese viejo maniqueísmo de ''buenos'' y ''malos'', de explotados y explotadores, de un sistema perverso que requiere de la pobreza de unos para el enriquecimiento de otros. Son quienes se han construido un mundo que finalmente los libera de toda responsabilidad, porque la culpa la tiene el Otro. Por el contrario, otros se han construido un mundo maravilloso, donde sólo hay que dejar actuar libremente a la invisible mano del mercado, con la total supremacía de lo económico sobre lo político. Para estos otros, si estamos mal es porque existen sectores nostálgicos que no nos permiten hacer. También, aquello de que la culpa la tiene el Otro.

En lo personal me revelo a aceptar que nos encasillen en estas dos visiones, a aceptar que existen dos Uruguay que han perdido su capacidad de escucharse. El Uruguay es un país bloqueado, sin expectativas, sin un futuro compartido. Discutimos sobre lo accesorio e ignoramos lo sustancial. Nací hace más de 50 años y lo único que he oído hablar desde que tengo uso de razón es que el país está en crisis y luego de una breve pausa de aparente prosperidad entramos en una nueva crisis sin que ello nos sirviera para incentivar nuestra capacidad de repensar el país y buscar caminos alternativos. ¿Es que efectivamente dejamos de pensar? Creo que no, simplemente perdimos la capacidad de hacerlo colectivamente, de arriesgar opiniones, de escuchar a los demás y de mirar hacia delante.

Mi participación en este proyecto responde a varios motivos, que pueden resumirse en el optimismo que me genera el compartir un emprendimiento colectivo, de carácter plural, con personas que también están convencidas de la necesidad de opinar libremente, de escuchar y atreverse a proponer soluciones. No sé si seremos escuchados, si nuestras ideas podrán aportar algo, pero estoy convencido que las ideas no se las lleva el viento, allí quedan y finalmente alguien las recoge, así se escribió la Historia.


Revista Dosmil30.
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