Por Jimena Fernández
Ser feliz me mata

''Yo, Tabaré Vázquez Rosas, me comprometo a desempeñar lealmente el cargo que se me ha confiado y juro trabajar incansablemente por la felicidad de mi pueblo''. Estas fueron las palabras con que el novel Presidente de la República juró su cargo, ante la Asamblea Legislativa, el pasado 1º de marzo.

La felicidad, ¿qué hay con ella? ¿Es posible? ¿Existe? Como deber, seguramente: hay que ser felices, cueste lo que cueste. Disfrazada de pseudo liberación, se instala de este modo una nueva ideología totalitaria.

¿Qué le desea toda madre, todo padre, a su hijo? Que sea feliz. Hoy en día, en nuestras sociedades en las que la felicidad más que un derecho pasó a ser un deber, lo que más se desea para un hijo, para una persona querida, es que sea feliz, aunque nadie sea capaz de definir qué significa ese concepto vago si los hay de ''felicidad''. Resulta prácticamente imposible delimitar el contenido de esa palabrita, salvo tal vez para afirmar que es algo siempre a alcanzar, que no tiene un punto de llegada: una búsqueda sin fin.

La ideología de la felicidad: un imperativo por el cual hay que estar bien, sentirse bien, verse bien, ser exitosos tanto en el ámbito laboral, como sentimental, social, sexual. El deber de la felicidad: la obligación de sacar cada uno lo mejor de sí mismo, lo mejor de nuestras vidas.

En este escenario en el que la felicidad es tratada como si fuera un valor (comparable a los de libertad o igualdad, por ejemplo), absurdamente ella termina transformándose en una de las más importantes fuentes de desgracia, infelicidad, desdicha, desamparo, dolor. Nunca se es lo suficientemente rico, ni lindo, ni joven, ni inteligente, ni se está en el óptimo estado de salud. Es así que en nuestras sociedades cada día más hedonistas, la imposibilidad de alcanzar la felicidad que la ideología marca como objetivo obligatorio, produce una sensación permanente de fracaso: desgracia, miseria moral, frustración, sentimiento de culpabilidad.

Frustración perpetua ligada a la obligación de ser feliz y que también suele traducirse en una igualmente potente exigencia de exhibir símbolos de éxito (llámese ropa, aparatos electrónicos, etc) que, al no poder ser adquiridos lleva, en más de un caso, a la delincuencia y al uso de drogas. Es que, ¿qué puede ser más angustiante que querer ser feliz y no lograrlo?

A esto se viene a sumar uno de los grandes clásicos de toda ideología totalitaria: la discriminación. Es así que el sufrimiento es visto hoy en día como un escándalo: ya no se lo acepta como un componente más de la vida, para el cual hay que prepararse de forma tal de estar en condiciones de hacer frente a su aparición. Las enfermedades, la muerte, la vejez, la tristeza, el dolor del alma o la mente son percibidos prácticamente como obscenidades que se esconden, pero que a su vez están omnipresentes, como pestes frente a las que hay que huir.


UN FRASCO DE FELICIDAD, POR FAVOR
Huir del dolor. En principio, el sentido común indicaría que es normal hallarse desolado cuando una persona querida muere. De igual modo, las crisis existenciales más o menos fuertes, así como los fracasos constituirían bajo esa óptica las pequeñas miserias del cotidiano humano. Pero éstas son cada día más manejadas como verdaderas patologías. La infelicidad deviene en una enfermedad.

¿Divorcio? ¿Problemas en el trabajo? ¿Dificultades con su hijo? Allí están, por todos lados, los ''médicos del alma'', para arreglar cualquier rayón en la carrocería. Allí están también, estantes y estantes de libros de auto-ayuda. En búsqueda del paraíso del Ego, la falta de confianza en uno mismo es percibida cada día más como una imperfección, algo así como una nariz toda torcida en el medio de una cara armoniosa. Los amigos ''psis'' (psicólogos, psicoanalistas, psiquiatras) se encuentran siempre a mano, siempre disponibles para la realización de una pequeña cirugía cosmética.

Es que la autoestima es un derecho más, lo cual en realidad resulta muy positivo en cuanto uno la puede comprar en la farmacia de la esquina: disminuir la ansiedad, desarrollar la motivación, mejorar la conducta de un niño son todas quimeras del pasado, realidades alcanzables en el presente mediante el consumo de simples pastillitas. Drogas tales como la Serotonina, el Clonazepam, la Fluoxetina ya no tienen misterio para nadie. Y si no es el Prozac (el querido Floxet, para los uruguayos), es el Dalai Lama; y si no es el Viagra, es la cirugía de senos o la ''lipo''.

Todo en nuestras vidas es susceptible de ser mejorado bajo los efectos cosméticos de los ''psis'' y de los fármacos psicotrópicos. Es que si una pastillita puede hacer que uno se sienta mejor, si eleva la autoestima y si ésta es tan importante en el deber de búsqueda de la felicidad, ¿por qué no recurrir a estas simples respuestas que en un frasco permiten satisfacer todo el deseo de reconocimiento que uno quiere?

De este modo, se hace cada vez más notorio que las expresiones de dolor, de sufrimiento, de angustia constituyen una creciente expresión de mala educación, por no decir mal gusto, falta de respeto por el otro.

Phillipe Ariés lo demostró muy claramente: la muerte, hoy en día, está prohibida. Si en el pasado morir era algo natural, en el presente se trata de una injusticia, una absurdidad, una trasgresión. De misterio, la muerte pasó a la categoría de problema, y se le encierra en los hospitales, junto con las enfermedades, el dolor y la vejez.

De ser humano que transitaba por su vida, cumpliendo o no con sus objetivos y metas, la persona se transforma entonces en un problema, el enfermo en un caso, alguien de todas maneras dejado al margen de la fiesta de la vida, alguien que se siente entonces más y más una carga para los otros.

Es que el sufrimiento en todas sus diversas posibles expresiones no fue aniquilado: simplemente, su expresión pública ha pasado a estar prohibida. Pero, a su vez, el dolor físico o del alma al ser sentido como una ofensa personal, da lugar a reivindicaciones: tiene que ser compensado. Desde esa perspectiva, y aunque parezca contradictorio, lo prohibido, lo ilegítimo termina ocupando gran parte de los espacios. Es así que el estatus de víctima se constituye en el más envidiable de todos: de un extremo al otro, exhibiendo el sufrimiento en competencia abierta con sus semejantes, para ver quién tiene más derechos, quién puede adquirir el boleto de la segura absolución. Si usted es una de esas personas que logra demostrar a la sociedad que es una ''víctima'', conseguirá entonces también el milagro de transformarse en un modelo legítimo para sus semejantes.


LA TIRANÍA DEL ''TÚ PUEDES''
Si la muerte resulta un insulto al deber de felicidad, la vejez no causa menos pánico, así como también la enfermedad. Ser joven, fresco, sano, lindo, son de los símbolos actuales de éxito más importantes. Es un deber. Una obligación. Por ello, la salud y la apariencia física tienen que ser una preocupación de todos los instantes. Se trata de un estado de inspección continua de uno mismo.

Nuestra sociedad corre de este modo tras la promesa de juventud y vida eternas, siendo válidas para ello todo tipo de tortura, de verdadera mortificación, con tal de llegar a esta felicidad suprema: de las inyecciones de Botox, las liposucciones y otros recauchutajes, a las dietas draconianas y el culto al ejercicio físico.

La tiranía del ''¡Tú puedes!''. Hasta si se es reconocido como víctima. ¡Tú puedes! No es complicado ser lindo y estar en forma: sólo depende de ti (corolario: si lucís viejo y feo, es totalmente tu culpa). Nunca se debe abandonar la lucha: es todo cuestión de voluntad, es todo cuestión de esfuerzo.

Y así, una vez más, se llega al mismo punto de partida: la angustia. La angustia de una carrera perdida de antemano hacia una felicidad inalcanzable, una carrera en la que nuestro cuerpo siempre tendrá la palabra final y será para traicionar a su dueño.

La búsqueda de la felicidad es un sentimiento noble. O, al menos, humano. El despotismo del deber de felicidad debe ser criticado, en cuanto conlleva discriminación, angustia, exclusión. El miedo a la desventura, a las heridas, a la muerte, a la vejez se hacen al final omnipresentes. Un miedo silencioso, pero agobiante.

Hacer de la felicidad un deber, es asegurar la desgracia de todos y cada uno. Aceptar, sin embargo, la existencia tal cual es, con sus momentos agradables pero también con otros que pueden llegar a ser de una extrema crueldad, estar contentos porque se está vivo, aunque esto no tenga otro sentido que la vida misma, la alegría de vivir más que la búsqueda de la felicidad. Porque el hombre ya tuvo bastante de totalitarismos ideológicos.


Jimena Fernández es socióloga, especialista en políticas sociales


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