Por Franklin Morales
La mayor de las fidelidades

Comencemos por recordar que el juego es parte inherente de nuestra naturaleza, devenido deporte en un milenario proceso civilizador que comenzara no por azar en el mismo sitio donde floreció nuestra cultura, en la Hélade.

Partiendo de formas proto deportivas se canalizaría pacíficamente el instinto agresivo del Hombre a través de luchas públicas, sujetas a reglamentos progresivamente perfeccionados que exaltarían tanto la inteligencia y el carácter como harían al fortalecimiento de corazones y músculos. Nada menos.

Lo que conocemos como fútbol, si bien de una manera u otra ha estado presente en antiguas culturas, fue decantado en las islas británicas desde el siglo VIII a partir de batallas campales con muertos y heridos luchando por trasladar, ''pateando'', un objeto redondo de una aldea a otra más o menos vecina.

Hasta que finalmente, evolucionado durante más de mil años, fue introducido en 1847 por el pastor anglicano Thomas Arnold en el colegio de Rugby. Le alarmaba el abandono físico, la ebriedad y el grado de homosexualismo de los futuros capitanes y administradores del imperio limitados a una enseñanza sedentaria de los clásicos. Con eso, creó una nueva religión prontamente universalizada.

Esparcido junto a otros deportes también reglamentados en la Gran Bretaña por los victoriosos navíos de la reina Victoria, cada país asimilaría prioritariamente alguno de ellos a quien daría su propia versión moldeada por lo distinto de cada cultura. Sería absurdo pensar lo contrario, aguardar un modo uniforme de practicarlo y asumirlo.

En Uruguay desembarcó en décadas fundamentales del siglo XIX, cuando definíamos entre tantas cosas nuestra soberanía, lo que llevó al presidente ''blanco'' Bernardo Prudencio Berro a reclamar ''nacionalizar'' digamos así, su existencia y su destino. Cuando el caudillo ''blanco'' Timoteo Aparicio arrancaba la primera coparticipación gubernamental con cuatro Jefaturas Políticas al presidente ''colorado'' Lorenzo Batlle, Latorre ofrecía a José Pedro Varela hacerse cargo de la enseñanza Primaria y Alfredo Vásquez Acevedo conducía la Universidad, componiendo un período de incomparable avance y enriquecimiento cultural en la historia del país, como lo afirma don Arturo Ardao.

En esa excepcional coyuntura, ni antes ni después, el deporte vivió su proceso de expansión y afianzamiento interno, dejó de ser conducido por el introductor británico y rápida, apasionadamente, fue absorbido por la nueva realidad socio política, económica y religiosa que proponía nuestra civilización. Un proceso de radicación y nacionalización para nada inédito, fue vivido a su modo en todos los países según intransferibles realidades de cada sociedad.

El fútbol tuvo aquí la misma asombrosa expansión, concitó el mismo fervor para practicarlo o presenciarlo que extrañamente ya concitara por los 700 en la rubia Albion y, expandido, en el mundo entero. E igualmente entre nosotros habría de influir de la misma manera que influyera desde siempre en la Humanidad.

Como un profundo manifiesto civilizador, una propuesta de avenencia basada en una discordia activa, dinámica y apasionada; a su modo pacífica alegoría, ritualización, remedo o sucedáneo de nuestras guerras fratricidas.


Colorados y blancos, Peñarol y Nacional
En 1900 -cuatro años antes de la última gran batalla en Masoller- se organizaría la actual Asociación Uruguaya de Futbol, cuya base era exactamente la misma de hoy: el enfrentamiento de dos grandes nucleamientos, amos y señores de alegrías y tristezas semanales de la inmensa mayoría de la población.

Una división que no tendría nada de azar ni dependería de decisiones personales, origen de los restantes clubes. Reproduciría a su manera la misma pugna sociopolítica, económica y religiosa que fundara nuestra nación expresada a través del Partido Colorado y del Partido Nacional.

El CURCC o Peñarol contemporáneo de la fragua del batllismo, surgido en la villa obrera levantada por el ferrocarril inglés reuniría a ''colorados'', proletarios, agnósticos, anticlericales, ateos, garibaldinos e italianos.

Nacional, surgido en una Universidad aristocrática convocaría las mismas tendencias afines al Partido Nacional: universitarios, patricios, católicos, clericales y españoles.

Desde luego, alineaciones referidas como tendencias de modo alguno inexorables, de todas maneras advertibles más que nada hasta mediados del siglo pasado aproximadamente, pero que aún se niegan a desaparecer.

Para abreviar, consignemos un par de constantes en el origen de cada presidencia. Quien ganara el sorteo entre un estudiante de Medicina y otro de Derecho, en Nacional. Un abogado asesor sindical, en Peñarol, una vez independizado de la empresa ferroviaria y sus condicionamientos.

La otra apunta a la tendencia política de cada quien. En los ''bolsos'' han alternado ''blancos'' y ''colorados'' (¿quizá el espíritu de cogobierno nacionalista que impusiera Timoteo Aparicio y vigente en Wilson, Lacalle y Volonté?). Los ''manyas'' en cambio han sido solo presididos desde 1914 por hombres del Partido Colorado.

En sus equipos de cada fin de semana ¿queda algo del taller industrial del siglo XIX en la villa donde casi todo se hacía a fuerza de músculo? ¿Acaso persiste el espíritu de los estudiantes de aquella Universidad elitista en Nacional?.

Pienso que sí y lo he procurado resumir en dos expresiones. ''El mejor Nacional admira'' por su alto rendimiento y distinción estética, como si aún Vásquez Acevedo y sus decanos estuviesen aplaudiéndolo de galera y bastón. ''El mejor Peñarol emociona'' como una ofrenda al esfuerzo físico y abnegación utilitaria a su rendimiento.

La quiebra del bipartidismo político por el surgimiento del EP/FA/NM no ha influido hasta ahora en la bipolaridad de la cancha. Su adherente despliega la bandera con el ''Che'' entre la ''trico'' o la ''manya'' en un mundo de pasiones solo fieles a la mayor de las fidelidades.
A la camiseta.


Revista Dosmil30.
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