Partiendo de formas proto deportivas se canalizaría pacíficamente
el instinto agresivo del Hombre a través de luchas públicas, sujetas
a reglamentos progresivamente perfeccionados que exaltarían tanto la
inteligencia y el carácter como harían al fortalecimiento de corazones
y músculos. Nada menos.
Lo que conocemos como fútbol, si bien de una manera u otra ha estado
presente en antiguas culturas, fue decantado en las islas británicas
desde el siglo VIII a partir de batallas campales con muertos y heridos luchando
por trasladar, ''pateando'', un objeto redondo de una aldea a otra
más o menos vecina.
Hasta que finalmente, evolucionado durante más de mil años, fue
introducido en 1847 por el pastor anglicano Thomas Arnold en el colegio de Rugby.
Le alarmaba el abandono físico, la ebriedad y el grado de homosexualismo
de los futuros capitanes y administradores del imperio limitados a una enseñanza
sedentaria de los clásicos. Con eso, creó una nueva religión
prontamente universalizada.
Esparcido junto a otros deportes también reglamentados en la Gran Bretaña
por los victoriosos navíos de la reina Victoria, cada país asimilaría
prioritariamente alguno de ellos a quien daría su propia versión
moldeada por lo distinto de cada cultura. Sería absurdo pensar lo contrario,
aguardar un modo uniforme de practicarlo y asumirlo.
En Uruguay desembarcó en décadas fundamentales del siglo XIX,
cuando definíamos entre tantas cosas nuestra soberanía, lo que
llevó al presidente ''blanco'' Bernardo Prudencio Berro a reclamar
''nacionalizar'' digamos así, su existencia y su destino. Cuando
el caudillo ''blanco'' Timoteo Aparicio arrancaba la primera coparticipación
gubernamental con cuatro Jefaturas Políticas al presidente ''colorado''
Lorenzo Batlle, Latorre ofrecía a José Pedro Varela hacerse cargo
de la enseñanza Primaria y Alfredo Vásquez Acevedo conducía
la Universidad, componiendo un período de incomparable avance y enriquecimiento
cultural en la historia del país, como lo afirma don Arturo Ardao.
En esa excepcional coyuntura, ni antes ni después, el deporte vivió
su proceso de expansión y afianzamiento interno, dejó de ser conducido
por el introductor británico y rápida, apasionadamente, fue absorbido
por la nueva realidad socio política, económica y religiosa que
proponía nuestra civilización. Un proceso de radicación
y nacionalización para nada inédito, fue vivido a su modo en todos
los países según intransferibles realidades de cada sociedad.
El fútbol tuvo aquí la misma asombrosa expansión, concitó
el mismo fervor para practicarlo o presenciarlo que extrañamente ya concitara
por los 700 en la rubia Albion y, expandido, en el mundo entero. E igualmente
entre nosotros habría de influir de la misma manera que influyera desde
siempre en la Humanidad.
Como un profundo manifiesto civilizador, una propuesta de avenencia basada
en una discordia activa, dinámica y apasionada; a su modo pacífica
alegoría, ritualización, remedo o sucedáneo de nuestras
guerras fratricidas.
Colorados y blancos, Peñarol y Nacional
En 1900 -cuatro años antes de la última gran batalla en Masoller-
se organizaría la actual Asociación Uruguaya de Futbol, cuya base
era exactamente la misma de hoy: el enfrentamiento de dos grandes nucleamientos,
amos y señores de alegrías y tristezas semanales de la inmensa
mayoría de la población.
Una división que no tendría nada de azar ni dependería
de decisiones personales, origen de los restantes clubes. Reproduciría
a su manera la misma pugna sociopolítica, económica y religiosa
que fundara nuestra nación expresada a través del Partido Colorado
y del Partido Nacional.
El CURCC o Peñarol contemporáneo de la fragua del batllismo,
surgido en la villa obrera levantada por el ferrocarril inglés reuniría
a ''colorados'', proletarios, agnósticos, anticlericales, ateos,
garibaldinos e italianos.
Nacional, surgido en una Universidad aristocrática convocaría
las mismas tendencias afines al Partido Nacional: universitarios, patricios,
católicos, clericales y españoles.
Desde luego, alineaciones referidas como tendencias de modo alguno inexorables,
de todas maneras advertibles más que nada hasta mediados del siglo pasado
aproximadamente, pero que aún se niegan a desaparecer.
Para abreviar, consignemos un par de constantes en el origen de cada presidencia.
Quien ganara el sorteo entre un estudiante de Medicina y otro de Derecho, en
Nacional. Un abogado asesor sindical, en Peñarol, una vez independizado
de la empresa ferroviaria y sus condicionamientos.
La otra apunta a la tendencia política de cada quien. En los ''bolsos''
han alternado ''blancos'' y ''colorados'' (¿quizá
el espíritu de cogobierno nacionalista que impusiera Timoteo Aparicio
y vigente en Wilson, Lacalle y Volonté?). Los ''manyas'' en
cambio han sido solo presididos desde 1914 por hombres del Partido Colorado.
En sus equipos de cada fin de semana ¿queda algo del taller industrial
del siglo XIX en la villa donde casi todo se hacía a fuerza de músculo?
¿Acaso persiste el espíritu de los estudiantes de aquella Universidad
elitista en Nacional?.
Pienso que sí y lo he procurado resumir en dos expresiones. ''El
mejor Nacional admira'' por su alto rendimiento y distinción estética,
como si aún Vásquez Acevedo y sus decanos estuviesen aplaudiéndolo
de galera y bastón. ''El mejor Peñarol emociona'' como
una ofrenda al esfuerzo físico y abnegación utilitaria a su rendimiento.
La quiebra del bipartidismo político por el surgimiento del EP/FA/NM
no ha influido hasta ahora en la bipolaridad de la cancha. Su adherente despliega
la bandera con el ''Che'' entre la ''trico'' o la ''manya''
en un mundo de pasiones solo fieles a la mayor de las fidelidades.
A la camiseta. |