Debo reconocer que en las últimas semanas no me sentí orgulloso
de ser oriental. Más bien me dio vergüenza. ¿Es que no hemos
aprendido nada? ¿Es que seguimos creyendo que somos tan vivos como para
andar perdiendo el tiempo? ¿Es que no tenemos otra forma de ocupar nuestros
informativos y las llamadas ''agendas públicas''?
Escribo este artículo porque estamos fracasando. No es que le asigne
un rol redentor a nuestra pequeña y humilde publicación pero lo
sucedido en los últimos días me hace pensar que todas las páginas
que se han intentado llenar en este suplemento fueron para otro país.
Mi último artículo fue sobre Brasil. Explico la intención
oculta: empezar a abrir los ojos y comprender que realmente estamos muy pero
muy lejos. En la última reunión de dosmil30,
Adolfo Garcé nos enseñó algo de la reforma educativa (concebida
como reforma de Estado) que hace algunos años se gestó en El Salvador,
país al cual muchos de nosotros sólo le atribuimos dos cualidades:
pobreza y guerra civil.
¿Y NOSOTROS?
Seguimos mostrándonos incapaces para generar diálogos responsables
y honestos donde todos estemos dispuestos a asumir los costos del progreso.
Seguimos manifestándonos por medidas eventuales, seguimos acusándonos,
recusándonos, seguimos a los gritos con exclamaciones rupturistas y conspirativas.
En fin: seguimos sin hacer nada.
Si por lo menos nuestra capacidad crítica (ya devenida en cultura o
incluso en genotipo) fuera constructiva, pero no. Porfiados, desde la oposición
exclaman ser los salvaguardas de la legalidad, desde los sindicatos se coordina
el contra ataque ante una embestida golpista, desde el gobierno ya se escucha
a cualquiera pero de ellos poco sabemos, las cámaras empresariales son
incapaces de asumir que el Uruguay de hoy es una vergüenza desde el punto
de vista humano para nuestro ayer. La irresponsabilidad y el infantilismo me
ahuyentan hacia algún partido de fútbol internacional.
¿QUÉ ES LO QUE PIDO?
Al gobierno lo mismo de siempre: que si bien la democracia deliberativa es muy
superior a la mezquina representatividad donde la ciudadanía es vista
como un mercado donde opera la ley de la oferta y la demanda, también
es imprescindible demostrar la capacidad de emprender medidas enérgicas.
¿Dónde? En aquellos espacios no sensibles para el futuro de nuestra
identidad o de nuestra construcción cultural. Hablo, por ejemplo, de
la energía. Demando medidas ya, decisiones, demando que se emprendan
cursos de acción porque al petróleo le queda poco y es nuestra
oportunidad de ponernos a tiro es tarde pero todavía no tanto.
A la oposición: que su fiscalización no sea policíaca,
que froten un poco sus neuronas y eleven desde la sociedad propuestas que no
admitan discusión. Que se eviten las maniobras que no hacen más
que descalificar porque el absurdo lógico de dicho continuo es bien simple:
''que se vayan todos''. Una oposición inteligente inundaría
de propuestas el parlamento y los espacios que los medios de comunicación
les ceden, y así presionaría al gobierno con inesperadas vueltas
de tuerca. Una oposición inteligente dejaría el cinismo de lado
y dejaría también de lado las falsas alarmas por gritos creativos.
Sindicatos y cámaras empresariales: ¿Acaso no se dan cuenta que
son preferibles los costos del progreso que los costos del conflicto irresponsable?
De un lado no se comprende el Uruguay que nos dejó el gobierno de la
economía (y no de la política) y del otro, no se comprende que
la lucha debe ir acompasada con los destinos de una sociedad desmovilizada y
ajena al combate, porque está tan lejos de poder darse ese lujo.
Estimada dirección de dosmil30: me rindo. Al país
ahora le hago una rebaja y le pido sólo diez años. Es que cuando
uno se desilusiona, esto es lo que le pasa: rebaja sus aspiraciones, rebaja
sus demandas y rebaja sus desafíos; nada más triste. Pero no hay
hoy en el país un atisbo vanguardista que asuma costos pero entienda
de oportunidades (una alteración de vez en cuando no viene nada mal).
DEJARÍA DE
Si fuésemos más humildes nos callaríamos un poco y nos
pondríamos a trabajar, a dejar hacer (ojo, sin dejar pasar). Si este
país realmente supiera qué quiere ser cuando sea grande dejaría
de hablar de inseguridad y hablaría de violencia; dejaría de hablar
de temblor en las instituciones y hablaría de mecanismos para flexibilizarlas;
dejaría de festejar la reducción de un un peso del valor de la
nafta y hablaría de las posibilidades que se manejan a diario para comenzar
a producir energías alternativas a gran escala; dejaría de hablar
de qué sé yo y le hablaría a sus funcionarios públicos
sobre la responsabilidad social y el orgullo que deben sentir por servir al
bien común y la cantidad de gente que está sin laburo o en laburos
precarios sin ningún beneficio de ningún tipo. Dejaría
de hablar tanto de precios y hablaría más de eficiencia y equidad
para un sistema del transporte siniestro. Dejaría de relamerse en la
independencia del Poder Judicial y empezaría a modernizar un sistema
ya ni kafkiano. Dejaría de escuchar a la voz de la experiencia y escucharía
la irreverencia y la desfachatez. Dejaría de restaurar y reformaría
de una vez.
No es este un alegato para borrar nuestro pasado, definitivamente no. A mi
no ''me tiene podrido el pasado'', de él se nutren los grandes
pueblos para construir su futuro. Me pudre el presente. Hay islas que tienen
la mirada puesta en un más adelante. Hay acuerdos construidos en áreas
importantes. ¿Se las digo? No, mejor le planteo ese desafío y
así nos hacemos una lista de cosas a las que urgentemente hay que prestarles
atención. No vale mirar para afuera la solución sería
tan sencilla que nos llenaría de escalofríos.
* Fernando Rosenblatt es Licenciado en Ciencia Política
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