Por Fernando Rosenblatt
Dejate de joder
03.11.2006

Por Fernando Rosenblatt *

A riesgo de ser acusado de vulgar, radical u otros epítetos, decidí que éste era el mejor título para describir lo que ha venido sucediendo en nuestros pagos en las últimas semanas. Me refiero al paro, contra paro, griterío, en fin: simple barullo.

Debo reconocer que en las últimas semanas no me sentí orgulloso de ser oriental. Más bien me dio vergüenza. ¿Es que no hemos aprendido nada? ¿Es que seguimos creyendo que somos tan vivos como para andar perdiendo el tiempo? ¿Es que no tenemos otra forma de ocupar nuestros informativos y las llamadas ''agendas públicas''?

Escribo este artículo porque estamos fracasando. No es que le asigne un rol redentor a nuestra pequeña y humilde publicación pero lo sucedido en los últimos días me hace pensar que todas las páginas que se han intentado llenar en este suplemento fueron para otro país.

Mi último artículo fue sobre Brasil. Explico la intención oculta: empezar a abrir los ojos y comprender que realmente estamos muy pero muy lejos. En la última reunión de dosmil30, Adolfo Garcé nos enseñó algo de la reforma educativa (concebida como reforma de Estado) que hace algunos años se gestó en El Salvador, país al cual muchos de nosotros sólo le atribuimos dos cualidades: pobreza y guerra civil.


¿Y NOSOTROS?
Seguimos mostrándonos incapaces para generar diálogos responsables y honestos donde todos estemos dispuestos a asumir los costos del progreso. Seguimos manifestándonos por medidas eventuales, seguimos acusándonos, recusándonos, seguimos a los gritos con exclamaciones rupturistas y conspirativas. En fin: seguimos sin hacer nada.

Si por lo menos nuestra capacidad crítica (ya devenida en cultura o incluso en genotipo) fuera constructiva, pero no. Porfiados, desde la oposición exclaman ser los salvaguardas de la legalidad, desde los sindicatos se coordina el contra ataque ante una embestida golpista, desde el gobierno ya se escucha a cualquiera pero de ellos poco sabemos, las cámaras empresariales son incapaces de asumir que el Uruguay de hoy es una vergüenza desde el punto de vista humano para nuestro ayer. La irresponsabilidad y el infantilismo me ahuyentan hacia algún partido de fútbol internacional.


¿QUÉ ES LO QUE PIDO?
Al gobierno lo mismo de siempre: que si bien la democracia deliberativa es muy superior a la mezquina representatividad donde la ciudadanía es vista como un mercado donde opera la ley de la oferta y la demanda, también es imprescindible demostrar la capacidad de emprender medidas enérgicas. ¿Dónde? En aquellos espacios no sensibles para el futuro de nuestra identidad o de nuestra construcción cultural. Hablo, por ejemplo, de la energía. Demando medidas ya, decisiones, demando que se emprendan cursos de acción porque al petróleo le queda poco y es nuestra oportunidad de ponernos a tiro es tarde pero todavía no tanto.

A la oposición: que su fiscalización no sea policíaca, que froten un poco sus neuronas y eleven desde la sociedad propuestas que no admitan discusión. Que se eviten las maniobras que no hacen más que descalificar porque el absurdo lógico de dicho continuo es bien simple: ''que se vayan todos''. Una oposición inteligente inundaría de propuestas el parlamento y los espacios que los medios de comunicación les ceden, y así presionaría al gobierno con inesperadas vueltas de tuerca. Una oposición inteligente dejaría el cinismo de lado y dejaría también de lado las falsas alarmas por gritos creativos.

Sindicatos y cámaras empresariales: ¿Acaso no se dan cuenta que son preferibles los costos del progreso que los costos del conflicto irresponsable? De un lado no se comprende el Uruguay que nos dejó el gobierno de la economía (y no de la política) y del otro, no se comprende que la lucha debe ir acompasada con los destinos de una sociedad desmovilizada y ajena al combate, porque está tan lejos de poder darse ese lujo.

Estimada dirección de dosmil30: me rindo. Al país ahora le hago una rebaja y le pido sólo diez años. Es que cuando uno se desilusiona, esto es lo que le pasa: rebaja sus aspiraciones, rebaja sus demandas y rebaja sus desafíos; nada más triste. Pero no hay hoy en el país un atisbo vanguardista que asuma costos pero entienda de oportunidades (una alteración de vez en cuando no viene nada mal).


DEJARÍA DE
Si fuésemos más humildes nos callaríamos un poco y nos pondríamos a trabajar, a dejar hacer (ojo, sin dejar pasar). Si este país realmente supiera qué quiere ser cuando sea grande dejaría de hablar de inseguridad y hablaría de violencia; dejaría de hablar de temblor en las instituciones y hablaría de mecanismos para flexibilizarlas; dejaría de festejar la reducción de un un peso del valor de la nafta y hablaría de las posibilidades que se manejan a diario para comenzar a producir energías alternativas a gran escala; dejaría de hablar de qué sé yo y le hablaría a sus funcionarios públicos sobre la responsabilidad social y el orgullo que deben sentir por servir al bien común y la cantidad de gente que está sin laburo o en laburos precarios sin ningún beneficio de ningún tipo. Dejaría de hablar tanto de precios y hablaría más de eficiencia y equidad para un sistema del transporte siniestro. Dejaría de relamerse en la independencia del Poder Judicial y empezaría a modernizar un sistema ya ni kafkiano. Dejaría de escuchar a la voz de la experiencia y escucharía la irreverencia y la desfachatez. Dejaría de restaurar y reformaría de una vez.

No es este un alegato para borrar nuestro pasado, definitivamente no. A mi no ''me tiene podrido el pasado'', de él se nutren los grandes pueblos para construir su futuro. Me pudre el presente. Hay islas que tienen la mirada puesta en un más adelante. Hay acuerdos construidos en áreas importantes. ¿Se las digo? No, mejor le planteo ese desafío y así nos hacemos una lista de cosas a las que urgentemente hay que prestarles atención. No vale mirar para afuera la solución sería tan sencilla que nos llenaría de escalofríos.


* Fernando Rosenblatt es Licenciado en Ciencia Política


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