En primer lugar, debemos establecer que es un momento más que adecuado
para resaltar que la política, en su esencia, no supone (ni puede suponer)
la preeminencia de la noción de conflicto. La política, tal cual
la pensaron los griegos y como la interpretó Hannah Arendt es la arena
de la vida ''feliz''; además de ser una arena para la resolución
de intereses divergentes. Es el espacio donde esencialmente nos ponemos de acuerdo
(a veces tan sólo implícitamente) sobre las ''cosas''
que nos involucran a todos como comunidad política. Es el espacio donde
construimos ''cursos de acción'' comunes.
Lo político tiene su margen de maniobra y su identidad propia. Esa ''forma
de ser'' de lo político no sólo presupone las lógicas
maquiavélicas del juego sino que también involucra la capacidad
del Hombre de escuchar y luchar por ser escuchado. Para ello, en las sociedades
de masas, se torna vital pensar sobre los modos posibles y hasta si se quiere
efectivos, de participación y legitimación de autoridades.
LA INCORPORACIÓN DE VOCES DIVERGENTES
Nuestro país sufre de innumerables ''enfermedades'' que nos
acercan a nuestros hermanos de la región así como otras que son
nuestras. La importancia de mirarnos con quienes compartimos las mismas dolencias
se vuelve imprescindible. Pero también tenemos nuestra especificidad
como comunidad política que debemos valorar.
Nuestra tradición republicana, una base que ineludiblemente debemos utilizar
para comenzar los procesos de cambio, se vincula con la tan analizada ''coparticipación''
(cuyos orígenes se remontan al Pacto de las Lanzas) la cual, a pesar
de sus duras críticas, supone por sobre todo el reconocimiento del rival.
Esto significa algo esencial para que un sistema institucional funcione armoniosamente.
Por otra parte, la valoración de la importancia que supone la incorporación
de voces divergentes se encuentra por ejemplo en esta intervención de
Carlos Roxlo, quien defendía la Representación Proporcional como
norma para traducir votos en escaños: ''( ) dejando a los
matices políticos desenvolverse y venir al parlamento a exponer sus ideas.
Este es el verdadero fin de la representación proporcional ( )
abrir de par en par las puertas del parlamento a todos los matices de la opinión,
a todos los representantes de una modalidad de pensar del país ( )
para transar y aceptar lo posible'' (Carlos Roxlo, sesión de la
Cámara de Representantes del 31 de Mayo de 1910).
Así es como nuestro país ha ido desarrollando un conjunto de
reglas formales y otras que tienen que ver con la práctica política
(en tanto códigos de conducta aceptados) que debemos valorar y tomar
como dato. Así es que también tenemos las tasas más altas
-junto a otros países- de apoyo a la democracia de toda la región
(78%). Somos el país que más considera que, ''a pesar de
tener sus problemas (la democracia) es el mejor sistema de gobierno'' (87%).
Somos de las comunidades políticas que más cree que ''la
democracia es una forma de gobierno donde las cosas se resuelven por discusión
y acuerdos''. A su vez, en el año 2004, y por debajo de Venezuela,
somos un país donde el 84% sostiene que la democracia es el único
sistema para ser desarrollado (Fuente: Corporación Latinobarómetro,
''Latinobarómetro 2004. Una década de mediciones'').
Nuestra tradición republicana es la más clara demostración
de que ''la política importa'' cuando ella supone: el equilibrio
de poderes vertical y horizontal (donde nuestro Parlamento no cumple funciones
meramente testimoniales), la incorporación de voces divergentes y la
maximización de las instancias de rendición de cuentas. Dejemos
de lado conceptos como eficiencia o ''ingeniería'' constitucional:
articulaciones espúreas que no reflejan más que la falta de ''política''
en el debate. Nos remiten a sumas y restas: a razonamientos exentos de valor
normativo. Lo que hace que una democracia sea sana es que nos sintamos parte
de un proyecto. Para ello, la única herramienta que poseemos en estos
tiempos globalizados y de triste insignificancia económica, es el fortalecimiento
de la representación y de la participación política.
¿Acaso podemos pensar que nuestro pequeño país no tiene
nada que ''agradecerle'' a esta tradición en cuanto a la resolución
de los caóticos días de mediados del año 2002? La forma
en que procesamos las decisiones importa, e importa mucho; y eso es también
política. La toma de decisiones colectivas que afectan a toda la comunidad
política por igual puede generar trayectorias diferentes y aquí
no hay razonamiento utilitario o racional que pueda atribuir razones de conveniencia
(incluso la Ciencia Económica contemporánea ha comenzado a incorporar
aquello que no es racional para sus explicaciones).
GRADUALISMO E INCREMENTALISMO
No confundamos ''gradualismo'' con ''incrementalismo''.
El fin último y axiomático de la política supone la construcción
de decisiones que nos afectarán a todos y hacerlo ''gradualmente''
es nuestra mejor versión del ''acuerdo''. La construcción
de autoridad común sólo se logra si podemos escucharnos cuantas
veces sea necesario, para así asegurar que el debate es lo más
completo posible. Ahora bien, esto nada tiene que ver con nuestra ferviente
incapacidad de generar modelos sustentables a largo plazo. Eso es ''incrementalismo''.
El ''incrementalismo'' es la degeneración de la importancia
de ''hablarnos'' como comunidad política; es hacer las cosas
de a poco pero no con el desafío de pensar las ''reformas''
seriamente.
Aquellas enfermedades de las que se hablaba en un principio sin duda pueden
ser resueltas de modo más estructural si logramos apoyarnos en nuestra
capacidad de intervención, participación, diálogo y sólo
si rechazamos la ''delegación''. Por lo tanto, sólo
si exigimos más política. Aquellas enfermedades pueden ser resueltas,
también vale decirlo, si logramos distinguir ''gradualismo''
de ''incrementalismo'' y atacamos a este último desde su raíz
e iniciamos el proceso de mirarnos en el largo plazo.
Por ello, cuando debatimos sobre la conveniencia de actos electorales diversos
el primer error es la palabra ''conveniencia''. No podemos permitirnos
el debate en términos de ''sumas'' y ''restas''.
Votar no es un gasto sino una inversión. Votar es participar, decidir
y sentirse involucrado con los destinos de nuestras decisiones colectivas. Lo
que sí podemos discutir es cuándo votar y cómo hacerlo.
Cómo ayudar a que el proceso sea limpio y que esas sanas instancias de
maximización del conflicto no afecten nuestros acuerdos sobre sueños
de largo plazo. La construcción de relatos coherentes, además
de poseer ''razones'' económicas, también tiene razones
políticas, cuestión que los debates técnicos no pueden
olvidar.
En tiempo donde las identidades ''locales'' adquieren relevancia,
ahogarlas por argumentos económicos se vuelve espúreo y es propio
de una ingeniería que reniega la complejidad en la construcción
de voluntades colectivas. Es cierto que vuelve más enredado el panorama
político pero el desafío está en repensar la articulación
de relatos coherentes, estables y generales con las reivindicaciones de las
identidades locales (función que deberán repensar los partidos
políticos).
Aceptar argumentos exentos de carácter normativo -al menos implícitos-
nos devuelve a nuestro endémico ''incrementalismo''. Nos devuelve
a nuestra tradición de ''salir del paso'' (parafraseando a
Lindblom) y olvida nuestra rica trayectoria de incorporación de voces
(a veces, cierto es, un tanto oscura). Maximizar la complejidad de la representación
de voces e intereses sin perder coherencia en los relatos -donde los individuos
se reconozcan en partidos con trayectorias e ideas- se vuelve un reto complejo
pero necesario. Que prosiga el debate, pero que prosiga sin olvidar los fundamentos
finales del mismo.
Fernando Rosenblatt es estudiante de Ciencia Política de la Udelar
|