Es difícil colectivizar propuestas en este mundo que nos apura, que nos demanda pero basta de echar culpas. Mi grito quiere olvidar culpables y encontrar soluciones. Ni las tengo ni quiero tenerlas, sólo tengo propuestas y defiendo premisas.
La utopía es la de construir un país diferente, sostenido por
nuevos principios y prácticas. No olvido el pasado que nos condena ni
el que nos enriquece pero le soy fiel a esta publicación; más
me preocupa soñar e imaginar. Si es iluso e ingenuo, mejor aún.
Si es irresponsable y atrevido también.
Como dije cuando miré el cerro chato, no hablo de políticas económicas,
ni sociales, ni culturales ni ambientales, ni todos los nombres y apellidos
que se imagine. Hablo del bocho.
COOPERACIÓN Y CONFLICTO
Estoy harto de tener la culpa y de los culpables. No me interesan los
conflictos de intereses. Quiero saber de intereses comunes.
La apuesta es sencilla. Indaguemos, utilizando cualquier referencia bibliográfica,
las sucesiones entre cooperación y conflicto (en tanto predominio de
una u otro en diversas instancias) y observaremos que cuando la primera ocupa
mayor atención en las comunicaciones humanas, la comunidad se halla más
integrada y se descubre creativa. Sale lo mejor de nosotros, se abandona la
mezquindad, crecemos todos, maduramos ideas, fracasamos y triunfamos.
Cuantas más personas deciden en más cosas que involucran a la
mayor cantidad de gente, la confianza en la construcción de un nosotros
verdaderamente nuestro es infinitamente mayor. Asimismo, las coaliciones diversas
(biológicas, políticas, sociales, étnicas, etc.) tienen
como base muchas más cosas de común certeza que otorgan confianza
y creatividad para el entendimiento, la deliberación, la negociación
o la agregación de los diversos intereses que luego se traducirán
(como producto de dicha capacidad de reunión) en una mayor cantidad y
calidad de normas que habilitan la comunicación. El producto es fantástico.
Construimos estadios, festejamos triunfos, protestamos, elegimos gobiernos y
la cultura avanza.
Lamentablemente, el único recuerdo que tengo de un honesto predominio
de la cooperación en nuestro país se remonta al último
de los tantos períodos negros de nuestra historia: el 2002. Allí,
la sabiduría republicana afloró por todos lados y, si bien quedamos
en el pozo, alguna escalera quedó.
Lo más maravilloso de la política no se encuentra en los conceptos
que hemos incorporado de la economía, sino en que de la acción
-decía Arendt- producto del diálogo y creación entre hombres,
surge la capacidad de ser libres.
Actuemos, reunámonos. No para buscar culpas y culpables. Reunámonos
entre generaciones, entre diferentes, mezclémonos para encontrar proyectos
diferentes y novedosos. El nuestro supo ser un país de vanguardia en
cuestiones tan fundamentales como en el desarrollo de su democracia, del estado
de bienestar, en la literatura, teatro, fútbol y muchas áreas
más. Abandonemos la triste decadencia que tan magistralmente describió
Posadas hace algunos números y busquemos modelos desestilizados tales
como el que propone Grompone. Admiremos los avances de algunas áreas
y aprendamos de ellas. La música es un claro ejemplo. Las jóvenes
bandas de rock que afloraron en los últimos años lo hicieron a
base de esfuerzo pero también a fuerza de oficiar de soporte mutuo entre
todas ellas. Se respetan y ''se hacen el aguante'', así crecieron
todas juntas.
SEÑALES
¿Cuáles son las ''señales'' que el país
debe dar y darse para asegurar un crecimiento sostenido y sostenible? ¿Cuáles
son las ''señales'' más importantes para lograr el desarrollo
del Uruguay?
El motivo de mi análisis pasa por atacar argumentos triviales en relación
a nuestro futuro como país.
Las señales pasan por la generación de espacios donde lo público
y lo privado se entremezclen (les ruego se informen sobre el Polo Tecnológico
de Pando). Las señales pasan por despreciar todas aquellas empresas donde
los jóvenes son menospreciados y donde sus dueños, tras el velo
de la adquisición de experiencia, opacan el verdadero crecimiento de
sus recursos humanos. Aprendamos sobre las nuevas tendencias de gestión
empresarial, casémonos con nosotros mismos y con el mundo. Amiguémonos
con las ganas de desarrollarnos y pensemos que en un mundo inevitablemente globalizado
nuestra pequeña singularidad y nuestra calidad serán la más
fuertes de nuestras monedas de cambio.
Necesitamos refrescarnos de urgente locura y creatividad. Está allí,
en nuestros recursos humanos y en nuestra experiencia para dialogar. Tenemos
los ingredientes pero nos falta decisión, nos falta la transpiración
y la creación de novedosos espacios. Necesitamos cientos de polos tecnológicos
como el de Pando, una urgente reforma del fútbol, incentivos para el
capital de riesgo y de innovación y apoyo al micro crédito. Necesitamos
una reforma de la Universidad que masifique sus ofertas para una demanda masificada.
Necesitamos una Universidad flexible donde uno pueda revalidar materias y acumular
créditos por todos lados. Necesitamos fomentar los desarrollos de cátedras
innovadoras en áreas que el país necesita. Por ejemplo, si queremos
apostar al desarrollo tecnológico y a la capacidad de innovar no sólo
es necesario estimular a las empresas que se enmarcan en dichos rubros, sino
también la cátedra de Derecho Telemático de la facultad
de Derecho para crear un marco legal que estimule la inversión. La interconexión
en el desarrollo es fundamental y lo que recién describí es un
único ejemplo de lo que debe entenderse como un desarrollo decididamente
integral.
UN EJEMPLO BIEN NUESTRO
Ahora que dije mis premisas, digo mis ejemplos. Ya hablé de la
joven y renovada música nacional devenida en industria cultural de gran
suceso y gran capacidad de generación de empleo. Hablo ahora de la industria
del software, de las empresas de biotecnología, de nuestro cine y de
las agencias de publicidad. Estudiemos todos estos ámbitos y veamos qué
cosas tienen en común. A mi entender, al menos tres: riesgo, creatividad
y reciclaje de lo aprendido en el pasado.
Pero quiero sumergirme en un ejemplo bien cotidiano, que nada tiene que ver
con mi área de estudio (Ciencia Política) pero al cual observo
como fanático en decadencia: el fútbol. El fútbol nos inspiró,
nos enorgulleció, determinó nuestro estado de ánimo e inundó
conversaciones. Todo eso se perdió. Hundidos en la más baja mezquindad,
olvidándonos de las reglas del juego y sin capacidad de gestionar siquiera
un mísero campeonato nacional, ahora somos el ejemplo de todo lo que
no hay que hacer. Supimos hacerlo bien pero no entendimos que el mundo cambió.
Ahora, para volver a crecer hay que dejar la fe en la naturaleza (analogía
válida para todo lo que nos traba) y entender que el valor agregado determina
el éxito de un proyecto sustentable.
Hasta que los jugadores, los empresarios y dirigentes no entiendan que en el
largo plazo su destino está totalmente determinado por el éxito
de todos ellos juntos, el deporte nacional seguirá siendo la telenovela
deportiva. La preparación para la alta competencia y la buena gestión
administrativa generarán círculos virtuosos. Hacia el jugador,
quien partirá rumbo a Europa sabiendo lo que es un estadio Morumbí
repleto y entendiendo lo que significa la alta competencia. Hacia el club, que
podrá ganar prestigio, la ilusión de sus hinchas y mayores ingresos
por la venta de sus mejor cotizados jugadores. Y, ni que hablar, hacia el contratista,
quien seguirá reproduciendo su dinero de manera constante.
Este ejemplo trivial y seguramente presentado de modo excesivamente lineal
pone en evidencia mis premisas: coordinación, reciclaje, creatividad.
Es decir: comunicación, innovación y locura. Llegó la hora
de trabajar en equipo, deshacer todo y volver a repartir. Comuniquemos creativamente
espacios no a priori relacionados ¡Claro que respetando las reglas de
juego! ¡Claro que siendo responsables en materia macro económica!
¡Claro que poniendo la casa en orden! ¡Pero ya que estamos, cambiemos
algunas cosas de lugar!
* Fernando Rosenblatt es Licenciado en Ciencia Política
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