Por Fernando Rosenblatt *
Progresismo y tradicionalismo
16.06.2006

El otro día me paré frente a un pegotín del Partido Socialista que rezaba: PS, lista 90, Encuentro Progresista. Rápidamente empecé a preguntarme muchas cosas y así surgió la idea de procurar un orden para comparar, evaluar y emitir opinión. La que sigue será una evaluación del gobierno desde la búsqueda desesperada -y paralela- de una cosmovisión, de un orden para comprender una dirección.

El crecimiento de la izquierda ha sido un importante tema de estudio para la Ciencia Política uruguaya. Entre las diversas investigaciones, siempre me sentí muy atraído por el análisis histórico de la evolución programática, realizada tanto por Jaime Yaffé como por Adolfo Garcé. El argumento central ha sido que la izquierda se ha convertido en un partido tradicional. Se ha tradicionalizado desde sus pautas de comportamiento, incorporándose a las lógicas del juego político tradicional: búsqueda de votos, moderación programática y acercamiento a las pautas informales del sistema político nacional. Por otro lado, tal como plantea Yaffé, el partido de gobierno ha desarrollado un relato propio, gestando así su propia tradición.

La evaluación que aquí propongo supone una búsqueda desesperada por encontrar una cosmovisión o al menos un orden. Una evaluación que confronte la tradición con el progreso sin que ninguna de las dos dimensiones implique connotaciones cualesquiera. Por el contrario, ubicando medidas y discursos en cada una de ellas, afirmaré si es una ''sana (o no) costumbre'' y si el cambio (para evitar otras disquisiciones conceptuales del concepto progreso) es auspicioso o no. Por razones varias sólo evaluaré aquí algunos componentes, agregue usted los que desee.


HABLEMOS DE TRADICIÓN
Empecemos con la tradición en la primera acepción de las manejadas por Garcé y Yaffé. Me permito jugar con la interpretación de los autores, procurando analizar aquí, no ya la capacidad de someterse a las reglas de juego, sino a la de ser gobierno. ¿Cuánto se siguen ''las sanas (y no tanto) costumbres''?

El gradualismo para la implementación de medidas y reformas es, a mi juicio, una sana costumbre bien preservada. Si recordamos los oscuros años del ''decisionismo'' en el primer gobierno de Menem en Argentina, el gobierno ha sabido preservar el valor del diálogo, del intercambio y el procesamiento gradual para la implementación de reformas. El nuevo sistema nacional integrado de salud y la reforma tributaria son ejemplo de ello (olvídese qué es lo que piensa concretamente en relación a ellas, no hablo de los contenidos).

Antes que usted me diga que no sólo de habladurías vive el hombre, acepto que bien diferente es el incrementalismo, perversa tradición nacional de reformar con parches, parcelas y sin tocar viejos intereses amorfos. No es tiempo aún de evaluar este aspecto, no sería justo. Pero entiendo preocupante algunas señales: ¿y las cajas para-estatales?

Un claro ejemplo de incrementalismo tiene que ver con la política energética. El imperio de las circunstancias reclama el abandono del llanto a la Pacha Mama y demanda medidas enérgicas. ¿Dónde están las declaraciones que nos prometen evaluar la factibilidad de utilizar energía solar o eólica? Estimados gobernantes, antes de hablar de sequía habría que estudiar un poco de geografía y pedirle perdón a la Pacha Mama por molestarla sin razón.

Otra tradición importante del relato político uruguayo es el del diálogo y más precisamente, del diálogo desde el llano.

Mientras que en territorios palestinos el Hamas y Al-Fatah se debaten en una lucha total, de exclusión del rival casi personificando la lucha entre occidente y el mundo musulmán post 1979, el nuestro, ha sido siempre un país de acuerdos (buenos y malos) o, más que nada, de no exclusión. En este sentido se han observado dos señales contradictorias. Por un lado estamos ya en el límite de la acusación. Se puede entender que durante el primer año se aclare la situación que le ''dejaron'' al partido que por primera vez en la historia llegó al gobierno. Pero eso excluye y su función es construir, veremos qué sucede de ahora en más.

Por otra parte, el gobierno ha sabido incluir a los otros partidos en la defensa de lo que se considera un interés nacional (conflicto con Argentina) y ha abierto el debate en otras áreas. Digamos que por el momento la evaluación es positiva. El gobierno no ha cooptado intereses anulando pluralismo y no excluye rivales. Si bien las diferencias a la interna del gobierno evitan tal anulación, los riesgos del ''gobierno solo'' aún persisten.

Sin embargo, en otro terreno la ''sana costumbre'' no se respeta. Estamos asistiendo a una reconstrucción peligrosa de la figura del gobernante, adquiriendo símbolos ajenos como ser la paranoia conspirativa contra el líder, derivando no sólo en aumentos de la seguridad del mismo sino en la generación de una simbología que lo rodea. El resultado: el presidente y los gobernantes se alejan simbólicamente. Los clichés del gobernante que informa desde una estructura especialmente diseñada es parte de la supuesta evolución de la Democracia: me refiero a la construcción de una estrategia de comunicación. Ahora bien, el Uruguay tenía una propia estructura de comunicación que volvía llana la relación entre el gobernante y los ciudadanos, me quedan dudas que eso se siga manteniendo. El 1º de marzo de 2005 cobra así otro significado, dejando ya de ser una forma de festejar.


Y TAMBIÉN DE PROGRESO
He habado ya de tradiciones, permítaseme ahora colocarme del lado del ''progreso''. Como cambio constante hacia un desarrollo más humano, sería injusto evaluar hasta aquí las medidas implementadas. Sí pueden juzgarse procedimientos. Con respecto a la educación, hasta ahora sólo quedan dudas y pocos saben cómo será implementada la pretensión reformista. Aquí el gradualismo parece estar dejando paso al incrementalismo y el cambio puede ser peligroso: ¿tendremos un nuevo plan de estudios que opere como nuevo parche a las sucesivas reformas?

No abordaré el Plan de Emergencia y las políticas sociales porque en los últimos números de dosmil30 se ha tratado la temática con al menos dos miradas encontradas. Por último, el cambio hacia una nueva visión de la función coercitiva del Estado aparecía con mayor impulso en el inicio pero poco sabemos de su evolución y poco más nos queda por decir.

Un cambio sustancial tiene que ver con la pretensión de generar sólidas instituciones de fiscalización y allí, la aceptación de mantener al mismo titular en la DGI supuso un mensaje más que positivo: abonemos políticas de Estado. Pero, han sido pocas, muy pocas.

Dos cuestiones más me gustaría subrayar. Por un lado, el manejo del pasado reciente y la política en derechos humanos. Como hijo de las horas más oscuras de nuestra historia, entiendo fundamental avanzar incluso más decididamente de lo que se está haciendo. Es vital, para la sociedad y para el futuro de las fuerzas del orden, marcar el rumbo (si es que nadie está dispuesto a reconvertirlas al estilo Costa Rica). Eso también es progreso: una sociedad donde sus tiranos queden en el ostracismo.

De progreso hay poco. Habrá crecimiento, habrá menos pobreza y por supuesto que es fundamental. Pero, recuerde, la evaluación era otra. No hay cambio de paradigma en la capacidad de emprender, no hay originalidad en las estrategias.

Más allá de este repaso bi-dimensional, entiendo que poco ha cambiado en poco tiempo pero entiendo que poco cambiará. Las ideas siguen siendo viejas, el diálogo y el gradualismo aplicado son correctos pero nunca puede asumírsele como doctrina universal. Hay cuestiones que demandan enérgicas propuestas, innovadoras y allí es donde el gobierno no ha hecho nada nuevo. El país productivo sigue pasando por las mismas áreas de siempre o aplicando las mismas lógicas de siempre. Nos acercaremos un poco más a modelos social-demócratas pero bien de a poquito y sin manosear aquellas cosas que en realidad son la clave de nuestro atraso: ''el bocho''.

* Fernando Rosenblatt es Licenciado en Ciencia Política


Revista Dosmil30.
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