El crecimiento de la izquierda ha sido un importante tema de estudio para
la Ciencia Política uruguaya. Entre las diversas investigaciones, siempre
me sentí muy atraído por el análisis histórico de
la evolución programática, realizada tanto por Jaime Yaffé
como por Adolfo Garcé. El argumento central ha sido que la izquierda
se ha convertido en un partido tradicional. Se ha tradicionalizado desde sus
pautas de comportamiento, incorporándose a las lógicas del juego
político tradicional: búsqueda de votos, moderación programática
y acercamiento a las pautas informales del sistema político nacional.
Por otro lado, tal como plantea Yaffé, el partido de gobierno ha desarrollado
un relato propio, gestando así su propia tradición.
La evaluación que aquí propongo supone una búsqueda desesperada
por encontrar una cosmovisión o al menos un orden. Una evaluación
que confronte la tradición con el progreso sin que ninguna de las dos
dimensiones implique connotaciones cualesquiera. Por el contrario, ubicando
medidas y discursos en cada una de ellas, afirmaré si es una ''sana
(o no) costumbre'' y si el cambio (para evitar otras disquisiciones conceptuales
del concepto progreso) es auspicioso o no. Por razones varias sólo evaluaré
aquí algunos componentes, agregue usted los que desee.
HABLEMOS DE TRADICIÓN
Empecemos con la tradición en la primera acepción de las manejadas
por Garcé y Yaffé. Me permito jugar con la interpretación
de los autores, procurando analizar aquí, no ya la capacidad de someterse
a las reglas de juego, sino a la de ser gobierno. ¿Cuánto se siguen
''las sanas (y no tanto) costumbres''?
El gradualismo para la implementación de medidas y reformas es, a mi
juicio, una sana costumbre bien preservada. Si recordamos los oscuros años
del ''decisionismo'' en el primer gobierno de Menem en Argentina,
el gobierno ha sabido preservar el valor del diálogo, del intercambio
y el procesamiento gradual para la implementación de reformas. El nuevo
sistema nacional integrado de salud y la reforma tributaria son ejemplo de ello
(olvídese qué es lo que piensa concretamente en relación
a ellas, no hablo de los contenidos).
Antes que usted me diga que no sólo de habladurías vive el hombre,
acepto que bien diferente es el incrementalismo, perversa tradición nacional
de reformar con parches, parcelas y sin tocar viejos intereses amorfos. No es
tiempo aún de evaluar este aspecto, no sería justo. Pero entiendo
preocupante algunas señales: ¿y las cajas para-estatales?
Un claro ejemplo de incrementalismo tiene que ver con la política energética.
El imperio de las circunstancias reclama el abandono del llanto a la Pacha Mama
y demanda medidas enérgicas. ¿Dónde están las declaraciones
que nos prometen evaluar la factibilidad de utilizar energía solar o
eólica? Estimados gobernantes, antes de hablar de sequía habría
que estudiar un poco de geografía y pedirle perdón a la Pacha
Mama por molestarla sin razón.
Otra tradición importante del relato político uruguayo es el
del diálogo y más precisamente, del diálogo desde el llano.
Mientras que en territorios palestinos el Hamas y Al-Fatah se debaten en una
lucha total, de exclusión del rival casi personificando la lucha entre
occidente y el mundo musulmán post 1979, el nuestro, ha sido siempre
un país de acuerdos (buenos y malos) o, más que nada, de no exclusión.
En este sentido se han observado dos señales contradictorias. Por un
lado estamos ya en el límite de la acusación. Se puede entender
que durante el primer año se aclare la situación que le ''dejaron''
al partido que por primera vez en la historia llegó al gobierno. Pero
eso excluye y su función es construir, veremos qué sucede de ahora
en más.
Por otra parte, el gobierno ha sabido incluir a los otros partidos en la defensa
de lo que se considera un interés nacional (conflicto con Argentina)
y ha abierto el debate en otras áreas. Digamos que por el momento la
evaluación es positiva. El gobierno no ha cooptado intereses anulando
pluralismo y no excluye rivales. Si bien las diferencias a la interna del gobierno
evitan tal anulación, los riesgos del ''gobierno solo'' aún
persisten.
Sin embargo, en otro terreno la ''sana costumbre'' no se respeta.
Estamos asistiendo a una reconstrucción peligrosa de la figura del gobernante,
adquiriendo símbolos ajenos como ser la paranoia conspirativa contra
el líder, derivando no sólo en aumentos de la seguridad del mismo
sino en la generación de una simbología que lo rodea. El resultado:
el presidente y los gobernantes se alejan simbólicamente. Los clichés
del gobernante que informa desde una estructura especialmente diseñada
es parte de la supuesta evolución de la Democracia: me refiero a la construcción
de una estrategia de comunicación. Ahora bien, el Uruguay tenía
una propia estructura de comunicación que volvía llana la relación
entre el gobernante y los ciudadanos, me quedan dudas que eso se siga manteniendo.
El 1º de marzo de 2005 cobra así otro significado, dejando ya de
ser una forma de festejar.
Y TAMBIÉN DE PROGRESO
He habado ya de tradiciones, permítaseme ahora colocarme del lado del
''progreso''. Como cambio constante hacia un desarrollo más
humano, sería injusto evaluar hasta aquí las medidas implementadas.
Sí pueden juzgarse procedimientos. Con respecto a la educación,
hasta ahora sólo quedan dudas y pocos saben cómo será implementada
la pretensión reformista. Aquí el gradualismo parece estar dejando
paso al incrementalismo y el cambio puede ser peligroso: ¿tendremos un
nuevo plan de estudios que opere como nuevo parche a las sucesivas reformas?
No abordaré el Plan de Emergencia y las políticas sociales porque
en los últimos números de dosmil30 se ha tratado la temática
con al menos dos miradas encontradas. Por último, el cambio hacia una
nueva visión de la función coercitiva del Estado aparecía
con mayor impulso en el inicio pero poco sabemos de su evolución y poco
más nos queda por decir.
Un cambio sustancial tiene que ver con la pretensión de generar sólidas
instituciones de fiscalización y allí, la aceptación de
mantener al mismo titular en la DGI supuso un mensaje más que positivo:
abonemos políticas de Estado. Pero, han sido pocas, muy pocas.
Dos cuestiones más me gustaría subrayar. Por un lado, el manejo
del pasado reciente y la política en derechos humanos. Como hijo de las
horas más oscuras de nuestra historia, entiendo fundamental avanzar incluso
más decididamente de lo que se está haciendo. Es vital, para la
sociedad y para el futuro de las fuerzas del orden, marcar el rumbo (si es que
nadie está dispuesto a reconvertirlas al estilo Costa Rica). Eso también
es progreso: una sociedad donde sus tiranos queden en el ostracismo.
De progreso hay poco. Habrá crecimiento, habrá menos pobreza
y por supuesto que es fundamental. Pero, recuerde, la evaluación era
otra. No hay cambio de paradigma en la capacidad de emprender, no hay originalidad
en las estrategias.
Más allá de este repaso bi-dimensional, entiendo que poco ha
cambiado en poco tiempo pero entiendo que poco cambiará. Las ideas siguen
siendo viejas, el diálogo y el gradualismo aplicado son correctos pero
nunca puede asumírsele como doctrina universal. Hay cuestiones que demandan
enérgicas propuestas, innovadoras y allí es donde el gobierno
no ha hecho nada nuevo. El país productivo sigue pasando por las mismas
áreas de siempre o aplicando las mismas lógicas de siempre. Nos
acercaremos un poco más a modelos social-demócratas pero bien
de a poquito y sin manosear aquellas cosas que en realidad son la clave de nuestro
atraso: ''el bocho''.
* Fernando Rosenblatt es Licenciado en Ciencia Política |