Por Edmundo Canalda
Un millón de libros

La cultura en nuestro país corre el riesgo de algunos dioses. De tanto considerarlos omnipotentes, ubicuos, lleno de virtudes, devienen en referencias retóricas bien alejadas de las miserias humanas. Y, por lo tanto, para buena parte de sociedad en algo aburrido e inútil. Por cierto, poco agrega a su credibilidad la existencia de una hermosa catedral, mezquita o sinagoga.

En Uruguay todos los que pueden expresarse hablan bien de la cultura los otros limitan su opinión a apretar el encendido del televisor-, de su importancia para el desarrollo, de la calificación del material humano, de sus valores intangibles pero siempre positivos. Por otra parte se ve el esplendoroso desarrollo de algunas actividades: las películas, la música, los libros e indirectamente se extrapola que estamos bien. Extrapolación tan torpe como la de deducir, en el terreno económico, que del gigantesco beneficio de la venta de ganado al exterior derivará automáticamente la eliminación de la pobreza extrema.

Si la tercera parte de los uruguayos es pobre, al menos esa misma cantidad es indigente culturalmente y las carencias en ese terreno, marcarán su vida con tanta fuerza, como la deficiencia en minerales y vitaminas. Ya no en el mundo desarrollado, aquí, en un punto de la parte oculta del orbe, no se puede aspirar a un menos que mediocre empleo si no se maneja aceptablemente la principal herramienta de la cultura: la lengua. Quien no sepa expresar una idea claramente por escrito y verbalmente, está condenado a la marginación.

La escritura y la lectura asidua son imprescindibles en la formación. Naturalmente, se dirá que este tema lo tiene que enfocar la educación: invertir más y mejor en ella. Es cierto. Es imprescindible pero no suficiente para intentar recoger lo que se ha perdido por el camino: los cientos de miles de chiquilines que más allá de asistir a la escuela o al liceo, han quedado con deficiencias reversibles pero acuciantes.

Bueno sería que se hablara también de un plan de emergencia cultural: un plato de comida para un cuerpo hambriento es vital, imprescindible pero de efecto limitado, se agota en el aprovechamiento inmediato de los nutrientes. Una lectura o un estímulo cultural puede tener en la vida de un ser humano, un efecto ilimitado: si el dar un plato de comida es asistencialismo, necesario ya lo hemos dicho, acercar un libro es una inversión de resultados siempre alentadores.

Hay gente capacitada para elaborar un plan de emergencia cultural que evada las redes de la burocracia, que reivindique el trabajo honorario, que use poco de los dineros públicos, que concite la generosidad social y la colaboración empresarial. Me referiré a lo que conozco: el mundo del libro.


LA APUESTA DEL MILLÓN
La propuesta es lograr un millón de libros en manos de los sectores marginados o en riesgo de marginación, en el plazo de dos años.
No hay que asustarse de la cifra. La lectura es una adicción espectacular y positiva: la gente que puede lee y compra libros: en el 2004 se vendieron más de 1.300 000 volúmenes en Uruguay.
La composición de ese millón propuesto se daría por dos fuerzas: la donación por parte de la gente de libros en buen estado, paralizados en las bibliotecas individuales, y por lo tanto muertos, y la edición, dirigida a niños y jóvenes, de 100 títulos especialmente elegidos.

La energía eléctrica sería una prestigiosa entelequia si no sucediera que al accionar un interruptor tenemos luz, encendemos un motor, nos calefaccionamos con ella. Un libro empolvándose en un estante es un prestigioso cadáver: cobra vida en el mismo momento que alguien lo abre para leerlo. No es descabellado pensar que buena parte de los uruguayos estamos dispuestos a desprendernos de medio millón de ejemplares de los muchos millones que están en nuestra poder, para que vivan en las mentes ávidas de los que jamás han visto uno en su casa.

Midiendo con criterios del otro hemisferio, se ha dicho que los uruguayos no somos solidarios: participamos muy poco en sociedades y agrupamientos con esos fines. Esto último es cierto pero también lo es que cada vez que se realiza un llamamiento que ofrezca las garantías mínimas de la buena causa y la integridad de quienes lo realizan, se dice presente. Por lo tanto, no dudamos que se pueda cumplir cabalmente con esa meta.

El otro aporte, medio millón de libros de libros nuevos para niños y jóvenes, con la riqueza de autores especializados con la que contamos, con la buena disposición de empresas públicas y privadas y con una concepción austera de la producción, se puede lograr con menos de un millón de dólares.


REQUISITOS PARA EL PLAN
1- Relevamiento de las instituciones que harán llegar efectivamente el libro a las manos del lector buscado: fundamentalmente las escuelas, liceos y bibliotecas de uso gratuito y público en barrios pobres de todo el país. Existe una buena experiencia: la Cámara Uruguaya del Libro -un estimulante híbrido de corporación empresarial e institución de fomento cultural- ha realizado en los últimos años con apoyo de sus socios, otras empresas y la gente, la donación de decenas de miles de volúmenes con similares criterios. El mecanismo consistió en llamar públicamente a los interesados para la conformación de una lista que fue depurada con un riguroso criterio de necesidad social.
2- La conducción por parte de un equipo honorario y con sentido práctico, de compatriotas prestigiosos que puedan dirigir el proceso (para ver la viabilidad de una experiencia de ese tipo, baste recordar lo que fue capaz de hacer la terna Maggi, Rosencof y Medina con el tema de las bandejas de comida en escuelas carenciadas). En su órbita quedaría la promoción del plan de donaciones del público, la campaña en los medios de comunicación, el recurrir a algunas embajadas (España, por ejemplo, emporio de la industria del libro en nuestra lengua ¿se negaría a conseguir un gran aporte de volúmenes?), la selección de obras a publicar (negociando con las editoriales y los escritores cuando sea necesario), las donaciones empresariales (por ejemplo, de papel) y las contrataciones de impresión en las mejores condiciones, entre otras tareas.
3- El apoyo del estado facilitando comprometidamente las gestiones, por ejemplo en los entes que realizan gastos millonarios en publicidad (en este momento, Ancap, BSE, Antel) consiguiendo que una parte pequeña de esos gastos se dediquen al plan durante su duración (tentativamente dos años)
4- Como en todo el mundo, aquí, siempre nos queda el mal sabor de que los planes asistenciales se desvirtúan pues en buena medida terminan derivando fondos a asistir a técnicos, burocracias o empresas. Ninguna empresa debería beneficiarse económicamente del plan. Éste no sería un ámbito de negocios: en el caso del libro, los negocios hay que hacerlos con la gente que los puede comprar, que por cierto es mucha. También vale una aclaración a los empresarios del libro: el plan, dirigido a gente que no accede a los libros, no afectará negativamente una industria que está en crecimiento en otro sector de la sociedad, es más, a la larga generará nuevos lectores que en la medida del mejoramiento de su situación, se irán integrando activamente al mercado del libro.


RUMBO AL MILLÓN
El plan, pues, tendría dos vertientes:
a) la donación por parte del público de 500.000 volúmenes. Esto conlleva una campaña enérgica de publicidad que tendrá que contar con los medios de comunicación del Estado y, seguramente con el apoyo de los privados. También se tendrá que lograr el apoyo desinteresado de estudiantes de la Escuela de Bibliotecología, del IPA y de Magisterio y de todos aquellos que estén en condiciones de clasificar y asignar los volúmenes donados. Naturalmente que en esta vertiente no serán solo los niños y los jóvenes los beneficiados.
b) La edición de 100 títulos (clásicos y contemporáneos, especialmente uruguayos), con 5.000 ejemplares cada uno en el plazo de dos años (aquí entra el apoyo de empresas privadas y entes; es bueno recordar, por ejemplo, que el BSE edita 100.000 ejemplares de su almanaque , que es desde el punto de vista editorial, un volumen grande y lujoso) que irán a poblar las menguadas bibliotecas de las escuelas y liceos pobres de todo el país, como también alimentarán a las esforzadas instituciones barriales de nuestro territorio.
Y más allá de manifiestos, ideologías e intenciones, tendremos una oportunidad práctica de concitar la iniciativa de nuestros intelectuales y agentes culturales para un trabajo que los necesita y que materializará, en un aporte muy concreto, el siempre renovado compromiso con los desheredados de la tierra.


Edmundo Canalda es director de la editorial Fin de Siglo
4 de febrero de 2005


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