En Uruguay todos los que pueden expresarse hablan bien de la cultura los
otros limitan su opinión a apretar el encendido del televisor-, de su
importancia para el desarrollo, de la calificación del material humano,
de sus valores intangibles pero siempre positivos. Por otra parte se ve el esplendoroso
desarrollo de algunas actividades: las películas, la música, los
libros e indirectamente se extrapola que estamos bien. Extrapolación
tan torpe como la de deducir, en el terreno económico, que del gigantesco
beneficio de la venta de ganado al exterior derivará automáticamente
la eliminación de la pobreza extrema.
Si la tercera parte de los uruguayos es pobre, al menos esa misma cantidad
es indigente culturalmente y las carencias en ese terreno, marcarán su
vida con tanta fuerza, como la deficiencia en minerales y vitaminas. Ya no en
el mundo desarrollado, aquí, en un punto de la parte oculta del orbe,
no se puede aspirar a un menos que mediocre empleo si no se maneja aceptablemente
la principal herramienta de la cultura: la lengua. Quien no sepa expresar una
idea claramente por escrito y verbalmente, está condenado a la marginación.
La escritura y la lectura asidua son imprescindibles en la formación.
Naturalmente, se dirá que este tema lo tiene que enfocar la educación:
invertir más y mejor en ella. Es cierto. Es imprescindible pero no suficiente
para intentar recoger lo que se ha perdido por el camino: los cientos de miles
de chiquilines que más allá de asistir a la escuela o al liceo,
han quedado con deficiencias reversibles pero acuciantes.
Bueno sería que se hablara también de un plan de emergencia cultural:
un plato de comida para un cuerpo hambriento es vital, imprescindible pero de
efecto limitado, se agota en el aprovechamiento inmediato de los nutrientes.
Una lectura o un estímulo cultural puede tener en la vida de un ser humano,
un efecto ilimitado: si el dar un plato de comida es asistencialismo, necesario
ya lo hemos dicho, acercar un libro es una inversión de resultados siempre
alentadores.
Hay gente capacitada para elaborar un plan de emergencia cultural que evada
las redes de la burocracia, que reivindique el trabajo honorario, que use poco
de los dineros públicos, que concite la generosidad social y la colaboración
empresarial. Me referiré a lo que conozco: el mundo del libro.
LA APUESTA DEL MILLÓN
La propuesta es lograr un millón de libros en manos de los sectores marginados
o en riesgo de marginación, en el plazo de dos años.
No hay que asustarse de la cifra. La lectura es una adicción espectacular
y positiva: la gente que puede lee y compra libros: en el 2004 se vendieron
más de 1.300 000 volúmenes en Uruguay.
La composición de ese millón propuesto se daría por dos
fuerzas: la donación por parte de la gente de libros en buen estado,
paralizados en las bibliotecas individuales, y por lo tanto muertos, y la edición,
dirigida a niños y jóvenes, de 100 títulos especialmente
elegidos.
La energía eléctrica sería una prestigiosa entelequia
si no sucediera que al accionar un interruptor tenemos luz, encendemos un motor,
nos calefaccionamos con ella. Un libro empolvándose en un estante es
un prestigioso cadáver: cobra vida en el mismo momento que alguien lo
abre para leerlo. No es descabellado pensar que buena parte de los uruguayos
estamos dispuestos a desprendernos de medio millón de ejemplares de los
muchos millones que están en nuestra poder, para que vivan en las mentes
ávidas de los que jamás han visto uno en su casa.
Midiendo con criterios del otro hemisferio, se ha dicho que los uruguayos no
somos solidarios: participamos muy poco en sociedades y agrupamientos con esos
fines. Esto último es cierto pero también lo es que cada vez que
se realiza un llamamiento que ofrezca las garantías mínimas de
la buena causa y la integridad de quienes lo realizan, se dice presente. Por
lo tanto, no dudamos que se pueda cumplir cabalmente con esa meta.
El otro aporte, medio millón de libros de libros nuevos para niños
y jóvenes, con la riqueza de autores especializados con la que contamos,
con la buena disposición de empresas públicas y privadas y con
una concepción austera de la producción, se puede lograr con menos
de un millón de dólares.
REQUISITOS PARA EL PLAN
1- Relevamiento de las instituciones que harán llegar efectivamente el
libro a las manos del lector buscado: fundamentalmente las escuelas, liceos
y bibliotecas de uso gratuito y público en barrios pobres de todo el
país. Existe una buena experiencia: la Cámara Uruguaya del Libro
-un estimulante híbrido de corporación empresarial e institución
de fomento cultural- ha realizado en los últimos años con apoyo
de sus socios, otras empresas y la gente, la donación de decenas de miles
de volúmenes con similares criterios. El mecanismo consistió en
llamar públicamente a los interesados para la conformación de
una lista que fue depurada con un riguroso criterio de necesidad social.
2- La conducción por parte de un equipo honorario y con sentido práctico,
de compatriotas prestigiosos que puedan dirigir el proceso (para ver la viabilidad
de una experiencia de ese tipo, baste recordar lo que fue capaz de hacer la
terna Maggi, Rosencof y Medina con el tema de las bandejas de comida en escuelas
carenciadas). En su órbita quedaría la promoción del plan
de donaciones del público, la campaña en los medios de comunicación,
el recurrir a algunas embajadas (España, por ejemplo, emporio de la industria
del libro en nuestra lengua ¿se negaría a conseguir un gran aporte
de volúmenes?), la selección de obras a publicar (negociando con
las editoriales y los escritores cuando sea necesario), las donaciones empresariales
(por ejemplo, de papel) y las contrataciones de impresión en las mejores
condiciones, entre otras tareas.
3- El apoyo del estado facilitando comprometidamente las gestiones, por ejemplo
en los entes que realizan gastos millonarios en publicidad (en este momento,
Ancap, BSE, Antel) consiguiendo que una parte pequeña de esos gastos
se dediquen al plan durante su duración (tentativamente dos años)
4- Como en todo el mundo, aquí, siempre nos queda el mal sabor de que
los planes asistenciales se desvirtúan pues en buena medida terminan
derivando fondos a asistir a técnicos, burocracias o empresas.
Ninguna empresa debería beneficiarse económicamente del plan.
Éste no sería un ámbito de negocios: en el caso del libro,
los negocios hay que hacerlos con la gente que los puede comprar, que por cierto
es mucha. También vale una aclaración a los empresarios del libro:
el plan, dirigido a gente que no accede a los libros, no afectará negativamente
una industria que está en crecimiento en otro sector de la sociedad,
es más, a la larga generará nuevos lectores que en la medida del
mejoramiento de su situación, se irán integrando activamente al
mercado del libro.
RUMBO AL MILLÓN
El plan, pues, tendría dos vertientes:
a) la donación por parte del público de 500.000 volúmenes.
Esto conlleva una campaña enérgica de publicidad que tendrá
que contar con los medios de comunicación del Estado y, seguramente con
el apoyo de los privados. También se tendrá que lograr el apoyo
desinteresado de estudiantes de la Escuela de Bibliotecología, del IPA
y de Magisterio y de todos aquellos que estén en condiciones de clasificar
y asignar los volúmenes donados. Naturalmente que en esta vertiente no
serán solo los niños y los jóvenes los beneficiados.
b) La edición de 100 títulos (clásicos y contemporáneos,
especialmente uruguayos), con 5.000 ejemplares cada uno en el plazo de dos años
(aquí entra el apoyo de empresas privadas y entes; es bueno recordar,
por ejemplo, que el BSE edita 100.000 ejemplares de su almanaque ,
que es desde el punto de vista editorial, un volumen grande y lujoso) que irán
a poblar las menguadas bibliotecas de las escuelas y liceos pobres de todo el
país, como también alimentarán a las esforzadas instituciones
barriales de nuestro territorio.
Y más allá de manifiestos, ideologías e intenciones, tendremos
una oportunidad práctica de concitar la iniciativa de nuestros intelectuales
y agentes culturales para un trabajo que los necesita y que materializará,
en un aporte muy concreto, el siempre renovado compromiso con los desheredados
de la tierra.
Edmundo Canalda es director de la editorial Fin de Siglo
4 de febrero de 2005
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