Es así que algunos hablan del nacimiento de una ''nomenclatura
compasiva'', mientras otros refieren a la aparición de ''una
nueva policía lingüística''. Es que todo el tema está
ahí: ¿el lenguaje eufemístico, la comunicación políticamente
correcta constituye una expresión de un creciente espíritu de
tolerancia y respeto hacia los otros, o más bien representa la paulatina
instalación de una nueva dictadura lingüística y comunicacional
de rasgos inquisidores?
ALGUNOS EJEMPLOS
Lo políticamente correcto es ante todo una actitud asumida por aquellas
personas convencidas de que existe una manera justa de hacer las cosas y que
esa forma, esta expresión de justicia en los comportamientos es la que
ellos asumen: tiene un comportamiento sexual políticamente correcto,
gustos artísticos políticamente correctos, maneras de entretenerse
políticamente correctas y formas de hablar, vestirse y escribir también
políticamente correctas. Simplificando, son los buenos.
Si uno se restringe al aspecto lingüístico, se puede decir que
en gran parte el comportamiento políticamente correcto busca, de hecho,
hacer desaparecer del idioma al mal, la tristeza y las desgracias. Porque son
buenos, hasta llegar a límites directamente ridículos.
Es así que no se puede hablar más del ''hombre'' como
genérico, sino que se debe decir ''ser humano''. ''Niños''
es una palabra vetada y reemplazada por ''infancia'' (en la mejor
de las circunstancias), por ''los niños y las niñas''
(cuando ya el asunto se está poniendo espeso) o por ''l@s niñ@s''
(en la cúspide de la carnicería idiomática). El referirse
a un ''viejo'' o a un ''anciano'' es prácticamente
asimilado a un insulto sin perdón: la expresión correcta es ''persona
de la tercera edad'', o mejor aún ''adulto mayor'' o,
todavía más perfecto... ¡''persona más grande''!.
El ''ciego'' es un ''no vidente'', mientras el ''sordo''
tiene una ''deficiencia auditiva''; el ''paralítico'',
un ''discapacitado'' que en el fondo constituye una ''persona
con capacidades diferentes''.
El insultante ''negro'', se transformó hace años ya
en ''una persona de color'', para devenir en la actualidad en un ''afro
descendiente''. Un ''enano'' es una ''persona de estatura
reducida'', una ''ama de casa'' se llama una ''trabajadora
doméstica'' y un ''homosexual'' (antes conocido como ''marica''),
un ''gay''. El aborto es una ''interrupción voluntaria
del embarazo''; los muertos en una guerra constituyen ''daños
colaterales'', mientras el cáncer continúa siendo más
conocido bajo el viejo y querido nombre de una ''larga enfermedad''.
Y como caso emblemático, vale el del muerto que ni siquiera cadáver
puede ser: se trata de una ''persona no viva'' (No es un chiste: en
1988, el New England Journal of Medicine exhortó en efecto a sus lectores
a este cambio de expresiones).
LA INOCENCIA DEL NARCISISMO
Ya nadie discute sobre el hecho que vivimos en sociedades que responden a una
cultura individualista post moderna. Para algunos adeptos a lo políticamente
correcto y al multiculturalismo, por supuesto que el crecimiento exponencial
del hedonismo y del narcisismo no es más que una nueva de las tantas
expresiones de la inexorable decadencia del modelo capitalista etnocentrista
occidental.
Ahora bien, Lipovetsky ya lo dijo una y mil veces: la muerte en Occidente
de los grandes ideales por los cuales se estaba dispuesto a sacrificar la vida,
no constituye en nada un empobrecimiento de las nuevas generaciones frente a
los gloriosos jóvenes de otrora que ''sabían'' lo que
era el compromiso social, la solidaridad y la lucha por los valores supremos
de la justicia social. El creciente descrédito del maniqueísmo
de esas místicas visiones de amaneceres gloriosos en las que creyeron
muchos de nuestros padres (y que terminaron casi siempre teñidos de rojo)
resulta, en realidad, una excelentísima noticia que tiende a salvar a
la sociedad occidental de posibles nuevos totalitarismos y excomulgaciones.
Contrariamente a lo que se puede creer y tal como lo demostró
también Lipovestky en su momento el recogimiento del individuo
sobre la esfera privada supone un fortalecimiento, una creciente legitimación
de la democracia, en cuanto ésta representa valores primordiales para
la sociedad narcisista, como lo son el goce de la libertad y el respeto irrestricto
de la pluralidad. Tal vez los individuos concurren cada vez menos a votar, pero
quieren tener la posibilidad de hacerlo; tal vez son apáticos frente
a la política, pero defienden la existencia de los partidos; y tal vez
leen poco y nada, pero deifican la libertad de expresión.
Este repliegue sobre la vida privada, por contradictorio que pueda parecer,
estimula una cierta identificación con el otro. Lipovetsky nuevamente:
''El individualismo produce dos efectos opuestos y sin embargo complementarios:
la indiferencia hacia el otro y la sensibilidad hacia el dolor ajeno''.
Ello se conjuga armoniosamente con un creciente deseo -de lógica narcisista-
de reconocimiento; un deseo de ser escuchado, aceptado, querido como individuo.
LAS REIVINDICACIONES DE LA AUTOESTIMA
Deseo de ser escuchado, aceptado; derecho a ser escuchado y aceptado; reivindicación
del derecho a ser escuchado y aceptado; deber de escuchar y aceptar; reivindicación
de la posición de víctima no escuchada ni aceptada; victimización
que se impone; delito de ''lesa humanidad''. Esta línea de
razonamiento es la que se aplica con cada vez más liviandad en nuestras
sociedades y por la cual lo que en principio puede llegar a constituir una preocupación
entendible, se transforma en dogmatismo puro y duro.
Las vacas sagradas de la sociedad postmoderna que nos describe Lipovetsky son
el Ego y la autoestima. Ello lleva a un muy fuerte asociacionismo entre pares,
en torno a reivindicaciones de identidad por parte de todo tipo de minorías.
El Ego debe ser mimado: todo aquello que pueda ser sentido como una ofensa tiene
que ser compensado, erradicado.
Y ahí es cuando comienzan los problemas. Las palabras pueden herir,
todos lo saben. En pro de una supuesta coexistencia pacífica, y adecuándose
a los deseos de las minorías heroicas víctimas de la sociedad
se pone en funcionamiento un mecanismo absolutamente perverso por el cual ya
no se trata simplemente de dar rodeos a las palabras para que no sean hirientes,
sino directamente de aplicar con toda rigurosidad la lógica eufemística
de la mentalidad políticamente correcta, cambiando pura y llanamente
el concepto en sí.
A modo de ejemplo, cabe recordar que en Estados Unidos se produjo en su momento
incitada por el extremismo políticamente correcto del feminismo
una verdadera guerra contra la terminación ''man'' (''hombre'',
en inglés), tildada de sexista y discriminatoria. Se buscó por
lo tanto prohibir el uso de todas las palabras que la incluían, como
fue el caso de ''chairman'' (''director'', ''gerente'')
que se quiso reemplazar por la totalmente risible expresión ''chairperson''
o directamente por ''chair'' (que significa ''silla'').
El lenguaje políticamente correcto se transforma así en una verdadera
delicia y fuente inagotable para los ultra conservadores de la peor calaña.
Es tal el peso represivo de la ''eufemismomanía'' reinante,
que poco falta para que llegue el día en que los roles se inviertan:
a la larga, el ''agresor'' (por darle un nombre políticamente
correcto) estará en condiciones de jugar con las mismas armas y presentarse
ante la sociedad como una víctima, una heroica víctima mártir
de la lucha por la libertad de expresión.
Y, entre tanto, ¿se habrá ganado algo? ¿Las discriminaciones
de todo tipo habrán desaparecido? ¿La sociedad será más
tolerante, abierta y pacífica frente a la diversidad?
LA REALIDAD NO ES PURO BLA-BLA
Digan lo que digan, las contorsiones del lenguaje no cambian la realidad. Que
el ''negro'' haya pasado a ser una ''persona de color''
y después un ''afro descendiente'' o un ''afro americano'',
no cambió nada al fenómeno del racismo y de la intolerancia.
La ''nomenclatura compasiva'' -y esto lo confiesan aquellos mismos
que la practican- busca producir un cambio sobre la realidad: que la ''suavización''
de la palabra edulcore las muchas veces duras circunstancias. Ahora bien, el
hecho es que las palabras, por más correctas que parezcan, no cambian
la realidad, porque la discriminación está en la actitud, no en
la palabra. El racista podrá por lo tanto hablar de los ''afro americanos'',
pero seguirá pensando en los ''afro americanos de m...''.
La pregunta entonces se invierte: si los eufemismos no logran cambiar la realidad,
¿no se utilizarán justamente para no cambiarla, pero con la conciencia
limpia, pura y cristalina? Los eufemismos de la cultura políticamente
correcta desvirtúan los conceptos al punto tal no de cambiar la realidad,
como quisieran, sino de falsear su percepción. Dicho de otro modo, evitando
referirse crudamente al hecho éste pasa desapercibido.
Hubo una época en que el anciano era venerado. Hoy en día, el
viejo termina su vida en un hogar (¿un depósito?), muriendo sólo.
Pero, eso sí, tratado como todo un verdadero y pomposo ''adulto
mayor''. ¡Faltaba menos!
Jimena Fernández es socióloga, especialista en políticas
sociales
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