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A nuestra sección dedicada a rememorar los objetos del pasado, llega el mete-pata o bata-bata, que "cuida tu figura".
Todo aquel que haya sido niño alguna vez (y lo expresamos de forma condicional porque, a pesar de las leyes inmutables de la naturaleza, dudamos seriamente que una Margaret Thatcher o un George Bush hayan pasado por esta etapa cándida) sabe que hay episodios vergonzosos que se arrastran de por vida. Cuando uno tiene 7, 8 o 10 años algunos acontecimientos -por insignificantes que puedan parecer a la distancia- adquieren relevancia por atacar directamente la autoestima y el sentido de la vergüenza propia. Algunos ejemplos: sufrir incontinencia en el patio escolar, ser el último al que eligen en la pisadita para armar los cuadros de fútbol o ser eliminado del baile final del Pericón por no lograr coordinar los pasos básicos de tan criolla danza.
Los juguetes que requerían un sentido de la coordinación especial, como el mete-pata, entraban en esa misma zona peligrosa por apelar a la habilidad física del niño. Para quienes hemos quedado afuera de un hito infantil como el Pericón, por simple torpeza, el mete-pata presentaba un desafío particular El sistema era teóricamente sencillo: una cuerda atada a un tobillo mediante un aro, que del otro extremo tiene una bola o peso. Con el tobillo se hacía girar la cuerda en círculos y la gracia consistía en saltar con la otra pierna esquivando el bólido unido a la soga.
Visto de lejos, el jugador de mete-pata parecía efectuar un ritual indígena, un llamado a los poderes ocultos de la naturaleza o tratarse de un paciente psiquiátrico en tratamiento. Para el que se encontraba jugando, sin embargo, era una actividad sumamente divertida y adictiva, una vez dominado el sistema.
Bajo techo, el mete-pata era un artículo peligroso: el entusiasmo trasladaba gradualmente al jugador de lugar hasta que la cuerda se enganchaba en la pata de un mueble, un perro curioso, la mesita de luz con el jarrón Ming de la familia o la muleta del abuelo (con el abuelo aferrado del otro extremo). Como resultado, la cuerda se tensaba y el niño se debatía entre una graciosa coreografía con destino al suelo o un tropezón corto, mucho más digno. Según una lectora, Carina, hay una versión moderna con algunas diferencias notorias. Por ejemplo, el lazo de goma que antes unía el tobillo con la bola es rígido y la bola hace ruidos a medida que se la hace girar, despidiendo luces de colores. "Tres veces más peligroso", asegura.
Cabe aclarar que el juego tiene unas cuantas décadas y recibe muchos nombres en distintas partes. El mete-pata era conocido en nuestro país como bata-bata (o pata-pata a fines de los '60) y fue promocionado con ese nombre, por ejemplo, durante el mundial de México 86. Una de las líneas promocionales era, por ejemplo, "el bata bata cuida tu figura", como si los clientes potenciales fueran gente como Karina Mazzoco o Catherine Fulop, en lugar de escolares.
Para explicar el furor del mete-pata, sin embargo, no tenemos más remedio que volver a mencionar esa fructífera relación publicitaria que mantenían Cacho Bochinche y Fábrica Peñarol. Nombren cualquier objeto lúdico de los últimos treinta años y se darán cuenta que la sombra de Cacho está detrás, generalmente acompañada por ¡Fábrica Peñaroooooool!
Lo importante es que Cacho, ese mecenas de los artículos infantiles, fue responsable de llevar a miles de hogares uruguayos el artilugio, que tuvo el máximo de furor a principios de los '90.
El mete-pata no está muerto y pelea. Andrea Pereira, dueña de Fábrica Peñarol, señaló en una reciente entrevista en Crónicas que se trata del único producto que se vende sin publicidad e incluso fuera de zafra.
Fue comercializado hace poco a través de Aldeas Infantiles SOS, donándose de esa forma parte de la recaudación. Según Pereira, "este juguete ya es un clásico, se vende solo, especialmente al comienzo de clases porque se juega mucho con él en los recreos".
Atención nostálgicos: la fábrica vende los mete-pata online, por lo que pueden encargar el suyo y recapturar el espíritu perdido de la infancia, atándose el aro al tobillo y saltando por el pasillo de la oficina.
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