
La carreta de Melilla
Por la zona de Melilla circula desde hace muchos años una historia que es casi el reverso de un mito infantil muy popular, como el viejo de la bolsa , una leyenda que tiene equivalentes en todo el mundo (por ejemplo, el cuco o the Boogeyman , en países angloparlantes, con características parecidas).
Tras el cuento del viejo de la bolsa se escuda una advertencia admonitoria y un fin educativo incentivado por los propios padres, la misma idea subyacente en la leyenda de la carreta de Melilla. La figura es utilizada para infundir miedo en los niños, como amenaza para inducir una conducta determinada y también para remarcarles desde chicos una máxima preferida por los padres: nunca hables con extraños . La imagen universal es casi invariable: un viejo vagabundo con una bolsa de lona o arpillera a la espalda. La descripción está inspirada probablemente en los pordioseros norteamericanos en épocas de la depresión que, en busca de trabajo, llevaban sus escasas pertenencias en una bolsa.
Dejando de lado las fantasías paternales, el único viejo de la bolsa que hizo méritos para ganar merecidamente esta mítica mala fama fue Albert Fish. Se trataba de un viejito estadounidense con aspecto de mendigo- que fue ejecutado en 1936 tras confesar el asesinato de 100 niños, a los que engañaba entregando las golosinas que llevaba en su bolsa.
En Melilla, hace ya muchos años, circulaba a diario por las calles uno de los tantos viejos de la bolsa a los que Montevideo ha logrado acostumbrarse en los últimos tiempos. De aspecto bondadoso, recorría con su carreta el camino Melilla y hablaba con los niños que encontraba, regalándoles en ocasiones las pocas cosas que hallaba en los tachos de basura.
Cargando el peso de una leyenda con mala reputación sobre sus espaldas, el viejo de la carreta era muy mal visto por los vecinos del lugar, sobre todo por su costumbre de acercarse a los niños. Sin embargo, y contra todos los clichés de este tipo de historias, el protagonista de este cuento era exactamente lo que parecía: un viejo pobre y bondadoso.
En una ocasión, cuando el hombre quiso regalarle a una niña una muñeca maltrecha, ésta se puso a llorar y regresó corriendo junto a su madre. A partir de allí, el rumor corrió como una bola de nieve entre los habitantes del lugar, a tal punto que el incidente de la niña fue exagerándose cada vez más hasta convertirse en un episodio de acoso.
Fue entonces cuando tres o cuatro de los vecinos decidieron darle un susto al viejo, con el objetivo de que no volviera más por el lugar. Un 31 de octubre, al caer la noche, se acercaron a una calle cortada junto al camino Melilla, donde el vagabundo solía dejar su carreta. La rociaron con querosén y la prendieron fuego, esperando que el viejo entendiera el mensaje. Pocos segundos después, al escuchar una serie de gritos, entendieron que algo había salido mal. Entre la montaña de bolsas y trapos no habían visto al anciano, que dormía en la carreta tal cual era su costumbre. El fuego se desperdigó con tanta rapidez entre sus ropas sucias que los hombres, asustados por el espectáculo, no pudieron hacer nada. Atemorizados ante la posible llegada de la policía, se marcharon de lugar helados de espanto, dejando al viejo incinerándose junto a su carreta.
La policía catalogó el hecho como un accidente y archivó el caso, la historia quedó en el olvido rápidamente y los vecinos de Melilla no extrañaron la presencia diaria del viejo de la carreta. Así fue, al menos, hasta que transcurrió un año exacto. El 31 de octubre siguiente, un incendio se produjo en una zona de eucaliptus, lindera con el lugar de la tragedia. Al extinguir el fuego, los bomberos hallaron la causa del siniestro: una carreta vieja y destartalada, la misma que el hombre usaba en sus interminables paseos por Melilla. Desde entonces, los vecinos cuentan que todos los 31 de octubre la carreta aparece en llamas, recordando con puntualidad un asesinato que tuvo como cómplices la indiferencia y la mala reputación.
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