Pacientes silenciosos.

Mágico para algunos e inquietante para otros, el Hospital de Bonecas de Lisboa es el más antiguo en funcionamiento.

Con sus ropas propias de otros tiempos, la mirada perdida y fija a un tiempo y una lividez de porcelana, las muñecas antiguas pueden infundir un cierto desosiego, sensación a la que Hollywood ha sabido sacar partido con filmes como los de la saga Annabelle.

De hecho, el terror a las muñecas no es ninguna novedad, sino una patología de larga data y que ha recibido el nombre de pediofobia.

Para los espíritus más impresionables, el Hospital de Muñecas de Lisboa puede ser un buen lugar donde recoger material para pesadillas, con sus muñecos mutilados y su "banco de prótesis", desde cuyos escaparates una multitud de cabezas sin cuerpos observan al visitante.


Melanie Ventura es guía del Museo y Hospital

Cuando se le pregunta si no le inquieta pasarse las horas en tan silenciosa compañía, Melanie Ventura, guía del hospital, simplemente ríe. Para ella -y para todas las personas vinculadas al original sanatorio- no hay nada terrorífico en el lugar. Por el contrario, se trata de un sitio donde generaciones de artesanos han vertido destreza y cariño para reparar los juguetes favoritos de los niños.

Una larga historia

El Hospital de Bonecas (muñecas en portugués) funciona desde 1830 y es el más antiguo del mundo todavía operativo. Y quizá el único que aún trabaja de la forma artesanal en la que sus "doctores" lo hacen.

"Érase una vez una señora viejita, que hace muchos años (todavía no había automóviles) se sentaba a hacer muñecas de trapo a la puerta de su pequeña tienda de hierbas secas. La tienda estaba junto a un mercado y en ese tiempo los niños andaban siempre con los padres o los abuelos y la ida al mercado era tan divertida como ahora ir al Centro Comercial, o quizás más", se lee en la introducción informativa al museo.

Aquella anciana era doña Carlota, y a los niños de entonces les gustaba acercarse hasta su tienda y observarla trabajar. Mientras cosía, Carlota conversaba con los pequeños acerca de cómo se enfermaban las muñecas, y también las reparaba. Y fue así como surgió el hospital.

Mucha agua pasó bajo los puentes desde entonces. Manuela Cutileiro, actual dueña y directora del establecimiento, conoce el hospital desde pequeña ya que sus abuelos residían en el quinto piso del edificio donde se encuentra, en la céntrica Praça da Figueira

A fines de la década de 1980, el hospital estaba en manos de la última descendiente de Doña Carlota, quien no tenía hijos ni nadie que pudiera continuar con el legado familiar. Fue entonces que Cutileiro, a la sazón maestra de preescolares, compró el comercio que por entonces seguía dedicándose especialmente a las hierbas y el té. Con la nueva propietaria la herboristería siguió existiendo -ocupa la puerta de al lado- pero las muñecas recuperaron el protagonismo.

A diferencia de lo que ocurre con las más famosas atracciones lisboetas -la Torre de Belén, el Castillo de San Jorge o el Elevador de Santa Justa, por nombrar sólo algunas- frente al Hospital de Bonecas no se forman largas filas de turistas ni se detienen los autobuses de las agencias. Sin embargo, recibe un más que razonable flujo de visitantes y -lo que es más importante- de pacientes. Porque incluso en estos tiempos de usar y tirar y de juguetes baratos y descartables, hay gente que continúa reparando sus muñecos.

Ventura cuenta que la mayoría de los pacientes que arriban al hospital lo hacen debido al valor sentimental que tienen para sus dueños, aunque tampoco faltan los coleccionistas que desean revalorizar sus posesiones. Además, no sólo los muñecos de forma humana llegan a consulta. También aparecen osos de peluche, animalitos, e incluso se practica la albañilería, porque las casitas de las muñecas también son bienvenidas.

El hospital cuenta con sala de ingresos, quirófano y sector para dados de alta. Allí todos los enfermos encuentran cura, aunque la guía destaca que en lo que respecta a muñecos antiguos, sus cirujanos trabajan con una premisa de adamantino rigor: la reparación se lleva a cabo siempre y cuando pueda hacerse sin alterar la condición original de la pieza. Si esto no es viable, es preferible no recurrir a chapucerías.

Además, trabajan en restauración de arte sacra y disfraces de carnaval, y confeccionan ropas para todo tipo de muñecas y también para bebés prematuros, estos últimos de carne y hueso.

Para cada niño y cada bolsillo

En el museo del hospital puede verse una verdadera retrospectiva del juguete en Portugal y en el mundo, con piezas de todas las épocas y diversos orígenes y categorías.

Si bien todos conocemos las antiguas muñecas con cara de porcelana, es necesario decir que tan delicados juguetes no estaban al alcance de todos los bolsillos. Por ello, los había también de materiales baratos, recuerda Ventura señalando un viejo y cascado muñeco, debajo de cuya desgastada piel todavía pueden leerse las letras del periódico con el que fue hecho.

Pequeño y ameno, el Hospital de Bonecas ofrece un viaje al mundo de los juguetes de tiempos de nuestros padres y abuelos. Y si bien no cuenta con nada parecido a una Mona Lisa o un Guernica, se las arregla para tocar las emociones de quien lo visita.

Cálido pero también melancólico, es un lugar que merece figurar en la agenda de todo turista que viaje a la capital portuguesa. Pero -y a pesar de lo que diga Ventura- es un sitio en el que el autor de estas líneas no desearía quedarse solo en la noche.

Gerardo Carrasco

Hospital de Bonecas

Praça da Figueira, 7
1100-240 Lisboa
Portugal
[email protected]

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