Por Andrés Torrón.

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Sin casete

Mambo liberador

Sin casete: Jorge Drexler

"Cuando pasó lo del Oscar para mí era muy evidente que uno no sale indemne de una cosa así (...) Tuve la mínima inteligencia para no caer en esa locura, porque eso era incinerarme", cuenta Jorge Drexler en una nueva entrega de "Sin Casete", en la que habla de un disco que revela su fobia a la muerte, de la tristeza del oldie y hasta de cómo Mujica se convirtió en verbo. Por Andrés Torrón.

27.03.2014 09:07

Lectura: 11'

2014-03-27T09:07:00
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La idea del sello discográfico era hacer una ronda de entrevistas en Buenos Aires y Ciudad de México para promocionar la salida de "Bailar en la cueva", el disco número once de Jorge Drexler, que se editó este 25 de marzo. Pero Jorge pidió hacer una parada en Montevideo, donde dio 19 entrevistas en un solo día.

Allí contó su idea de hacer un álbum que apele al movimiento y al baile, una movida en principio inesperada en la propuesta artística del músico uruguayo más conocido en el mundo.

En un momento de esta charla que comenzó en el Hotel Columbia, continuó en mi auto y terminó en el Bar Tasende, Jorge me dice: "En verdad te estoy tratando de explicar el concepto del disco y no me doy mucha cuenta qué fue lo que pasó. Porque no sé qué necesidad había de complicarse la vida al hacer esto y no hacer un disco de canciones de los que supongo a la gente le gusta escuchar."

-Si uno hace una generalización grosera no parece en principio que el público objetivo de tu música esté interesado en escuchar algo bailable.

Tenés razón, fue más una necesidad mía que otra cosa. Quizás haya hasta gente que se sienta ofendida. Pero, aunque es muy difícil hablar del público como una entidad, he ido conociendo gente a lo largo del tiempo que escucha mi música y creo que hay quien prefiere que en vez de recibir lo que estaba esperando, le den otra cosa que lo lleve a otro lado. En el disco el personaje sigo siendo yo pero con una faceta un poco desplazada. No es el más bailable de los discos claro, es el más bailable de mis discos.

Cada uno se toma la madurez como puede. Yo he ido perdiendo la vergüenza, por ejemplo. En algunos aspectos creo que era más viejo cuando tenía 25 años que ahora. Era más prejuicioso, me ataba más a determinadas pertenencias. Antes me hubiera dado mucho pudor hacer un disco como este.

Hoy en día he ampliado mucho mi círculo empático y sigo haciendo música regional. Para mi este es un disco de música de mi región, lo que pasa es que mi concepto de región creció.
Yo creo que todas las identidades son fabricadas. Cuando empecé a hacer música popular uruguaya con mucha convicción, siguiendo a Fernando Cabrera o a Eduardo Mateo, si me pongo a pensar, cuatro años antes estaba escuchando The Police y antes de eso Saturday Night Fever. En los años 70 era un niño y no tenía ni idea de que existía Mateo. Básicamente escuchaba lo que ponían en la radio y grababa en casetes. Esa era mi música, el pop radial de esos años y Los Beatles.

Yo construí varias identidades a lo largo de mi vida. Soy un laboratorio identitario.
Me crié en una familia mixta, mi padre es judío y mi madre no. Fui a la escuela pública, pero a los trece años tuve una formación judía rápida para hacer mi bar mitzvah y a los 14 me fui por un año a Israel. Allí construí una identidad judía y no quería volver a Uruguay. Era época de dictadura y este era un país horrible, gris, opresivo, deprimente, lleno de imágenes militaristas. Pero luego empezó la apertura democrática y yo me volqué a construir otra identidad, participando de ese mundo. Al poco tiempo comencé a escribir canciones.

Y después está mi ida a España donde construyo otra cosa. Me aferré con uñas y dientes a lo uruguayo y comencé con el discurso de rescatar la raíz y llevarla a lo contemporáneo.
Después me di cuenta de que iba perdiendo un montón de identificaciones, nacionales, religiosas, de género. Me fui liberando de un montón de definiciones. Da un poco de miedo y a la vez da mucha libertad. Desde ahí puedo asumir el movimiento y el baile como un derecho y una realización personal.

-Hablabas de identidad y de lo regional. Me da la impresión de que hay mucho menos influencia uruguaya en este disco, ¿lo ves así?

Yo creo que sí hay mucho de música uruguaya en el disco. Lo que pasa es que vos sos la persona menos adecuada para detectar lo uruguayo, porque es como si tuvieras lentes rojos y te pidieran detectar el color rojo, ya tenés el filtro. Varias personas de otras partes, por ejemplo de Argentina, vieron candombe por todos lados incluso en canciones que no son candombe.

De hecho si te fijás "La plegaria del Paparazzo" es un candombe bien explícito. "Organdí" tiene también algo muy uruguayo, aunque no sé bien en que. Y luego "Bailar en la cueva" tiene una figura de tambor chico hecha con un órgano Hammond. Hay varios chistes que cruzan el disco, de manera un poco inevitable porque tengo el pulso uruguayo muy metido. Expresamente intenté no resolver los problemas compositivos con mis herramientas habituales, o sea escribir más texto, agregar más acordes, tirar del candombe, de la milonga o de la zamba, porque quería que el desafío fuera de verdad. Intenté que los textos tuvieran mucha síntesis, una enseñanza que me dio usar Twitter.

-¿No has estado alejado de Uruguay últimamente?

Es una buena pregunta y te voy a responder con sinceridad. Siendo realista no es que me sienta más alejado anímicamente o afectivamente, pero concretamente en relación a lo laboral, a lo profesional, en el acto de hacer discos y todo eso, tenía una presencia mucho más grande antes cuando trabajaba con Juan Campodónico y venía a Montevideo a grabar. La gente todavía no había pasado por un proceso de saturación de mi imagen como se dio luego.

Cuando pasó lo del Oscar para mí era muy evidente que uno no sale indemne de una cosa así. Supe que iba a haber una sobreexposición. Creo que lo manejé bastante bien, evitando todo lo relativo al heroísmo. Por ejemplo había una caravana pensada para que yo entrara a Montevideo con el Oscar como Marco Antonio en Roma después de su victoria. Tuve la mínima inteligencia para no caer en esa locura, porque eso era incinerarme.

También me ofrecieron hacer un libro para repartir gratis en las escuelas con las letras de mis canciones y mi biografía para que los niños vieran a lo que se puede llegar. Tuve la lucidez suficiente para decir que no quería ser odiado por una generación. A pesar de eso no salí indemne.

Hay una cuota de todo esto que es muy lindo. Es muy bonito sentir que representás a un país y todo lo del Oscar tuvo una connotación muy fuerte y con mucha simbología; pero hay un desgaste. La gente se cansa de vos.

En este momento hay quince o veinte ciudades latinoamericanas donde tengo más público que en Montevideo. Hay varias cosas que se juntan también. Una de ellas es la sobreexposición, la otra es que tengo hijos más chicos y desde hace cinco años mi libertad de movimiento es menor. Entonces prefiero grabar en Madrid en vez de venir a Montevideo para ahorrarme el viajar tanto.

Y, a la vez, si hay algo que me gusta mucho, mucho, es tocar por primera vez en algún lugar. Es una sensación irrepetible, como una primera cita. Todos los chistes son nuevos, todo es enamoramiento. Es lo mismo que cuando uno ve como público a un músico admirado por primera vez.

Pero esa distancia de Uruguay de la que hablamos puede ser buena. No hay una aproximación si antes no hay distancia.

-¿Y como ves la moda que existe a nivel internacional sobre el país?

¿Te acordas de aquella campaña "orgullo de ser uruguayo"? Viéndola con perspectiva te das cuenta de que cuando uno tiene que hacer una campaña de ese tipo es porque el orgullo no está. Estás forzando algo. Hoy no existe ninguna campaña de ese tipo. De hecho el país está en una posición que te revela algo: la gente de acá está desconfiando de esa admiración internacional. Sabe que esa buena opinión existe en varios lugares del mundo, entonces está relajada y puede permitirse cierto descrédito que me parece una actitud mucho más cómoda y más linda que el estar empujando una especie de falso orgullo nacional. Las identidades nacionales son como las identidades sexuales, los únicos que las defienden son las que no la tienen clara.

Para mí Uruguay se recostó en la silla cómodamente y disfruta de esa sensación nueva, claro que son cosas tan efímeras como todo lo demás.

Entiendo absolutamente todas las críticas que puede haber y es obvio que hay muchas cosas mejorables y otras que no funcionan bien. Pero en la perspectiva histórica este va a ser recordado como el momento en que Uruguay manejó brillantemente su política exterior.

Yo doy un recital en Brasil y digo que soy de Uruguay, "el país de Mujica", y hay una ovación. En Brasil Mujica es el hombre que se volvió verbo. Escuché de verdad decir en Brasil "Vamos a mujicar", que es fumar marihuana. En España hablan "del Gandhi de América del Sur". Es una exageración, pero no perdamos la perspectiva, la renuncia a lo material no es un símbolo menor. Es muy importante. La gente está acostumbrada a que los políticos se hagan millonarios y eso no está bien. La política es una vocación de servicio.


-Volviendo a tu nuevo disco. Ya te lo han recordado en más de una entrevista, pero no puedo dejar de pensar en la frase "Los músicos no bailamos" de tu canción "Don de fluir"...

Claro, es como el anti leit motiv del disco. Está hecho como pensando en que esa frase caducó. Para mí la sensación de que hay conceptos que caducan es muy liberador en el sentido de que uno a veces piensa que hay cosas que no podés hacer. Yo he tenido varios "caducamientos" a lo largo de la vida. Uno de ellos muy claro fue el uso de las cajas de ritmo. En mi época "naturalista" tenía un muy mal concepto de la música programada. Pero después entendí que la repetición mecánica tiene un atractivo y lo usé en abundancia en Frontera y en Sea. Sin embargo hay gente que sigue manteniendo mi arquetipo de músico acústico con una guitarra, los pies descalzos, tocando en una playa. Si yo alguna vez tuve ese approach musical, lo abandoné hace mucho tiempo. La gente queda atada a un estereotipo.

-Yo creo que la gente queda atada a su juventud, al tiempo en que escuchaba música nueva, cosa que después dejó de hacer...

No hay concepto más triste en la música que el oldie. Está muy bueno entrar en la nostalgia de vez en cuando, pero vivir en la nostalgia me parece un peligro espantoso. Es como haber empezado a morir, el pensar que ya está todo vivido. Yo creo que este esfuerzo mío por hacer cosas nuevas es una especie de fobia muy grande a la muerte. Es un intento -por demás infructuoso claro- de pensar que uno sigue eternamente nuevo. Es un oxímoron. Pero, a la vez, el desafío del cuerpo humano a la entropía, que va en contra de las leyes de la física al mantener ese equilibrio en contra de la desintegración, que es lo que pide el universo es parte de todo esto; del intento de postergar lo que todo el mundo sabe que es inevitable.

La biología es una contradicción inexplicable a la ley de la entropía, todo tiende a un estado de menor orden, a un caos. La biología se para a contracorriente y sostiene un sistema súper complejo manteniéndolo por años hasta que lo suelta en la corriente y se va de vuelta. Si estamos hechos biológicamente de esa manera, lo normal es que nuestros pensamientos estén relacionados con esa manera de operar.

Yo si algo he aprendido es que el presente es lo único que tenés. El esfuerzo por hacer cosas nuevas puede ser una mentira, pero la otra opción que tenés es dejarte llevar, darle un empujoncito a la entropía y desintegrarte en unas semanas en vez de en 80 años. El intento de hacer este disco bailable viene de ahí. Cuanto más evidente una cosa más trata uno de contrapesarla. Cumplí 50 años y los signos de que el cuerpo no es para siempre son evidentes. Es lógico que me den ganas de bailar.

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