Mariana Font llegó a Montevideo a presentar Autoreverse, un libro compuesto por quince relatos y una nouvelle que tardó aproximadamente diez años en tomar su forma definitiva. Escritora, docente y traductora radicada en Barcelona, Font construyó un libro de autoficción en el que los límites entre recuerdo e invención se disuelven a propósito. El resultado es una obra que ella misma define como profundamente uruguaya, aunque buena parte de su vida haya transcurrido al otro lado del océano.
El libro había salido hace dos años en España con una editorial barcelonesa que la contactó luego de leer uno de sus cuentos. Ahora llega a Uruguay, y Font dice que lo hace con más ligereza que ansiedad, aunque reconoce que volver siempre trae consigo algo parecido a rendir cuentas.
Esta es parte de la charla que mantuvo con Montevideo Portal.
Contame de Autoreverse. Primero, el nombre.
El autoreverse es la función del casete: escuchabas una cara y los más modernos automáticamente se daban vuelta y escuchabas la cara siguiente. Ese es el nombre técnico de esa función. Y también es el nombre de la nouvelle que cierra el libro, donde hay un casete presente en la trama. Pero además me pareció un buen título porque tiene ese doble significado: auto, mirarse a uno mismo, y reverse, volver a mirarse. En España lo pronuncian con todas las letras: autoreverse. Y el libro es autoficción, así que el nombre le calzaba bien.
El libro tiene quince relatos y una nouvelle. Este es un género precioso pero no muy elegido. ¿Cómo llegaste a esa forma?
Empecé probando con fragmentos de escenas para ver si podía armar un relato completo, y no podía parar de escribir. La novela es más ambiciosa y tiene "relleno" porque necesita dejar respirar al lector; no puede haber acción todo el tiempo. La nouvelle se lee de un aliento o de dos alientos, ponele. Para contar algo que era una cosa chiquita, que no me interesaba como varias historias que se cruzan, fue el formato más adecuado.
¿Y los relatos los tenías o los escribiste para el libro?
Los relatos son posteriores a la nouvelle; la nouvelle fue lo primero escrito. Los relatos los escribí para el libro, pero de manera interconectada, no obviamente, sino de manera subterránea. Hay un hilo conductor que no salta a la vista pero que está.
Lo que está por ahí abajo sos vos también, ¿no?
Sí, el hilo conductor subterráneo entre los relatos soy yo misma. Pero quiero aclarar que no son unas memorias disfrazadas. Hay mucha imaginación, cosas que parecen recuerdos y no lo son, cosas de otras personas mezcladas con las propias. El libro está atravesado conscientemente por la persona que soy, y eso se nota. Se muestran las costuras de la confección del relato.
¿El libro tiene que ver con tus viajes, con tu lugar, con dónde vivís y no vivís?
Hay un vaivén inevitable entre Uruguay y Cataluña, y también aparece México. No como referencias buscadas, sino porque ahí me lleva la memoria y ahí se construyó mi imaginario. Pero lo considero un libro más uruguayo que cualquier otra cosa. Es un libro uruguayo de alguien que estuvo un tiempo largo al otro lado. Eso se nota en la manera de contar, en la descripción y en la lengua. Yo nunca me fui del país, en el sentido subjetivo e identitario.
¿Y mirás mucho para atrás?
Sí, yo miro bastante para atrás. El libro tiene que ver con una época: la del casete, la de grabar, la de creer que ciertas cosas van a pasar a determinada edad y después pasan otras. Siempre uno queda mirando el primer y fuerte amor. García Márquez, por ejemplo, con El amor en los tiempos del cólera y el personaje de Florentino Ariza: ¿cuántas obras de literatura tienen romantizado e idealizado el primer amor y vuelven a él? La metáfora del autoreverse funciona así: llega un momento que estás como en la mitad de la vida y de repente como que se te pone el autoreverse y empezás a mirar para atrás.
¿Cómo a los diecisiete pediste una beca y te fuiste?
Estaba haciendo sexto humanístico. Era buena estudiante, pero había empezado a faltar a clases. Estaba haciendo cursos de cine y lenguaje cinematográfico. Escuché en la radio que había una convocatoria de becas para hacer bachillerato en la isla de Vancouver, Canadá, y me presenté. Se presentó poca gente, según mi percepción. Pasé todo el proceso y me fui. Ya entonces tenía una cierta búsqueda, un cierto desasosiego que no acababa de llenar, aunque reconozco que eso lo tienen en mayor o menor medida la mayoría de los adolescentes. En aquella época no había internet; compré un fax para comunicarme con la biblioteca del colegio. Estuve dos años, volví con diecinueve.
Al volver, ¿qué pasó?
Al volver empecé a trabajar, estudié filosofía, hice un año de geografía, empecé traducción, no me terminaba de encontrar, estaba medio descolocada. Me fui de viaje a México y me quedé casi un año. Volví otra vez sin saber qué hacer. Finalmente me fui a Barcelona porque tenía nacionalidad italiana y eso me permitía trabajar y estudiar allá sin inconvenientes. Fui a estudiar traducción y me radiqué.
¿Y la relación con la escritura de dónde viene?
—Viene de la lectura: siempre fui muy lectora. En mi casa también eran muy lectores. Mi madre nos leía en voz alta poesía. Ella es química farmacéutica, no viene de las letras, pero hay un gusto por otras artes. La familia iba mucho a exposiciones, al teatro y a la Cinemateca. La Cinemateca aparece en el libro; fue un puntal para la gente de mi generación, al menos para esa clase media intelectual de Montevideo. Siempre escribí: diarios, inicios de relatos, diálogos, cosas sueltas. Nunca me lo planteé como un proyecto ni para sacar de mis libretas. El punto de inflexión fue cuando vivía en el Pirineo, con mi hija mayor que era un bebé, y necesité cambiar de aires. Empecé a ir a Barcelona una vez a la semana a hacer un máster en creación literaria. Lo busqué como vínculo con la ciudad y con la ebullición cultural. Ahí empecé a escribir como loca y con ganas de armar un proyecto. Entré en contacto con otra gente que escribía y me sentí validada. Una tiene que tener la seguridad en sí misma porque no viene de ningún otro lado. Pero cuando te valida el otro hay una cosa de reafirmación. Hicieron una antología con relatos de alumnos del máster y me propusieron participar: fue el momento de "¡Ah, mirá!". Empecé a mandar relatos a revistas y fueron saliendo cosas.
¿Y cómo lo convertiste en profesión?
No considero que la escritura sea mi profesión principal. No es un hobby; la defino como un oficio. Me defino principalmente como docente y traductora. Empecé a considerarlo profesional cuando empecé a publicar y a ver interés y devolución positiva. Fue gradual.
¿Cómo te preparaste para venir a presentarlo en Montevideo? ¿Tenías miedo, dudas, nervios?
Justo antes de venir estaba leyendo un libro que cita a Lorgine, que dice aproximadamente: los que vivimos lejos, ya sea cosechando triunfos o ganándose el pan con esfuerzo, siempre que volvés a tu casa hay una sensación de rendir cuentas. Lo subrayé y pensé: "Ay, esto es así". Sin embargo, llegué con ligereza y comodidad. Lo atribuyo a la edad y a sentirme más segura de mí misma. Y también valoro que el libro esté saliendo ahora y no cuando fue recién concebido: la distancia temporal me afirma en que está bueno, tiene su valor, no se cae con el tiempo.
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El libro
Autoreverse
Es Autoreverse el excepcional espacio donde la urgencia de narrar encuentra insólito acomodo. Con una prosa a un tiempo diáfana e inquietante, Font aborda situaciones cotidianas en las que de golpe se insinúa lo Otro y un insólito doblez altera el destino. Estos cuentos tratan de lo que sucede mientras otras cosas suceden, “entre la vida y el relato de la vida”. Reflexión sobre la fragilidad física y emocional, las manías, las frustraciones y el inagotable enigma de tener seres queridos, esta obra es un viaje sutil y apasionado al país de la memoria, donde los hechos dependen menos de sí mismos que de la forma en que son recordados.
Juan Villoro
Mariana Font tiene una voz que vibra. Grave, aguda, trémula, seductora, estremecedora, a menudo sísmica: abre grietas en los amores de adolescencia y en las muertes cotidianas, en las niñas que sufren en hospitales y en los amantes a la luz de las ambulancias, en sus historias uruguayas y catalanas que migran continuamente de un lado al otro del océano Atlántico. Sus personajes agrietados son tan memorables como las estructuras narrativas que idea para darles vida. Nieta de Levrero, habitante de los Pirineos y lectora compulsiva de todo cuanto cae en sus manos, es, en fin, esencialmente escritora.
Jorge Carrión