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Antes de partir

Publican nota que uruguaya le dejó a su marido, en julio de 1974, antes de ser llevada por los militares

“Me vinieron a buscar las Fuerzas Conjuntas: hay comida en la heladera”, escribió una mujer a su marido, en julio de 1974, antes de ser llevada por militares.

26.06.2015 14:46

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2015-06-26T14:46:00
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Montevideo Portal

La protagonista de esta historia es Graziella Formoso, una mujer que hace más de cuarenta años le escribió a su marido una nota en la que le avisaba lo que le estaba sucediendo con la intención de darle tranquilidad: "Luis, me vinieron a buscar las Fuerzas Conjuntas: hay comida en la heladera", escribió Formoso a su marido.

Formoso vivía en la localidad de Pando, en Canelones, y era estudiante en la Facultad de Agronomía en Montevideo. La mañana en la que los militares fueron a buscarla, estaba esperando que su padre la llevara a la Facultad desde Pando. Ese día, el 9 de julio de 1974, le tocaba la clase de Edafología 2.

Esta historia salió a la luz en los últimos días, cuando uno de los hijos de esta mujer, Pablo, publicó en Facebook una fotografía de la nota que su madre escribió.

Formoso recuerda que se encontraba recogiendo sus apuntes para irse a la facultad y Blanquita, la lavandera del barrio, desplegaba la ropa en la calle. En ese momento, vio a un grupo de militares que se acercaba por la vereda: "Están viniendo para acá", recuerda haber pensado. Los hombres llamaron a la puerta y entraron sin decir nada. En la mesa del comedor había papeles desparramados y un adorno con los versos de "Caminante no hay camino" de Antonio Machado. Eso miraba fijo Graziella cuando se animó a preguntarles quiénes eran.

Uno de los hombres se presentó como el capitán Aguirre. Eran las Fuerzas Conjuntas. Le preguntaron su nombre y tras su respuesta, le dijeron que tenía que irse con ellos.

Graziella solo pudo pensar en su marido, Luis. Sacó una hoja y una lapicera del bolso de la Facultad y escribió: "Luis: me vinieron a buscar las Fuerzas Conjuntas. Hay comida en la heladera". En aquel entonces, Formoso tenía 21 años.

Recuerda que no veía nada a causa de la capucha que tenía en la cabeza, pero en el camión percibió las piernas largas de Adriana, una compañera de la Unión de Juventudes Comunistas (UJC). Cuando las bajaron se dio cuenta que estaban cerca de una estación de tren.

El mayor Mario Aguerre era el encargado del operativo. El capitán Eduardo Caussi hacía los interrogatorios. Años después, Graziella sabría que estaban en un cuartel de San Ramón, al norte del departamento de Canelones y que el jefe allí era el teniente coronel Juan Carlos Geymonat.

La hicieron pasar a una sala sanitaria, donde un médico le preguntó si padecía alguna enfermedad y si tomaba alguna medicación. Después de tomarle los datos, el médico le pregunto a quién debía avisarle en caso de que ella falleciese. Graziella les dio la dirección de sus padres y la volvieron a subir al camión. Pudo destaparse un poco la cara y así consiguió ver a Adriana y a Alicia, otra compañera.

Estuvo largo rato pensando intranquila en sus padres y su marido. Si estaba metida en esa situación debería de ser por haber participado de unas pintadas para denunciar la muerte de la estudiante Nibia Sabalsagaray, asesinada mientras la torturaban.

Recordaba la última vez que la había visto viva: la había visto sentada sobre una mesa junto a un montón de folletos, con una polera amarilla y una pollera negra. Y sonreía.

Una vez anunciada su muerte, la autopsia de Nibia la hizo Marcos Carámbula, quien llegaría a ser intendente de Canelones. Su familia había pedido una autopsia porque los militares decían que se había suicidado.

Los días se pasaban lentos e iguales. Las mantenían paradas desde las seis de la mañana hasta las diez de la noche. Cada tanto las dejaban ir al baño. Primero interrogaron a Alicia, quien se quebró y la liberaron; años después se transformaría en la maestra de su primer hijo. A Adriana la llevaron para hacerle submarino y después la encerraron en una celda.

Hasta que llegó su momento. El teniente Caussi le preguntó sobre los comunistas. Ella respondió que había asistido a un colegio católico, por lo que no tenía ninguna relación con los comunistas.

Desde el otro cuarto escuchaba cómo hablaban de los itinerarios de pintadas de militantes de la Federación de Estudiantes Universitarios de Uruguay (FEUU). Entre los mencionados, Graziella escuchó su nombre. Y se quedó sin aire, como si le estuvieran comprimiendo el pecho. Los habían delatado y esperaban que ella hiciera lo mismo. Pero se calló la boca, explica Formoso al portal argentino InfoJus.

El 18 de julio la volvieron a subir al camión. Grazziela pensó que la llevaban a otro chupadero, pero la bajaron en una esquina de Pando. Desde ese momento, volvió a estar libre: no podía creerlo. Lo primero que hizo fue ir a una iglesia y agradecerle a la Virgen.

No quería volver a su casa. Tenía miedo y tampoco tenía plata para pagar el boleto hasta lo de sus padres. Fue hasta la casa de la madre de Adriana y de allí la llevaron a la granja donde se reencontró con su familia. A Luis lo vio varios días después.

"Después de estas experiencias hay cosas en ti que cambian. Empecé a apreciar la suerte de tener un hogar con Luis, a mis padres, a mi cuñado. Empecé a valorar el poder moverme con libertad, sin cuerdas en las manos y sin capuchas", dice Graziella a Infojus Noticias.

Tuvo que dejar la facultad porque perdió el semestre. Y empezó a ayudar a sus padres en la granja. Despicaba pollos, los vacunaba, clasificaba los huevos. Luis trabajaba como profesor de matemáticas en un secundario hasta que lo destituyeron en 1976. Antes de eso, volvieron a allanar su hogar dos veces más. Los llevaban a la fuerza de choque de Canelones en vagones de ferrocarril.

Con la llegada de la democracia, en 1985, restituyeron en el cargo a Luis, quien falleció de muerte súbita en 1999. Graziella se quedó sola criando a sus hijos Luis Humberto y Pablo.
Pablo, que se está por recibir de abogado, fue quien publicó en Facebook la nota que su madre le dejó a su padre 41 años atrás. La carta había sido guardada por su abuela en una Biblia; esta se la legó como un tesoro cuando falleció.

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