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ENTREVISTA A IVETTE TROCHON

Vocación por investigar

Estuvo 10 años investigando para publicar dos libros relacionados con la prostitución en Uruguay y el proxenetismo a nivel regional Argentina, Brasil y Uruguay- de 1880 a 1932. Recorrió archivos policiales y judiciales, médicos, diarios, revistas para llegar a editar hoy un pormenorizado y deleitable informe dividido en dos partes: Las mercenarias del amor y Las rutas de Eros. Tan cálida como exigente, Yvette Trochon nos cedió parte de su tiempo para contarnos un poco de historia.

¿Cómo surge la inquietud de hacer este libro?
Se me ocurrió hace unos cuantos años. No entré directamente en la temática de la prostitución, sino que me interesé, primeramente, por la trata de blancas; a veces la investigación nos conduce por caminos que no son exactamente los que uno se había planteado en un primer momento. Al iniciar el estudio sobre el tráfico de mujeres me encontré con el hecho de que la prostitución no había sido estudiada en el Uruguay, lo que implicó que trabajara, simultáneamente, sobre dos ejes: por un lado, la prostitución y, por otro, la trata de blancas.

Sin embargo, el excesivo tamaño que tomó el producto final hacía imposible su publicación, y fueron estas razones editoriales las que me llevaron a elaborar la idea de separarlos. Por eso la estructura de Mercenarias tiene algunas características que pueden llamar la atención por su diseño, porque en la segunda parte del libro hago un abordaje regional. Ese capítulo quedó como nexo, articulando un libro con el otro.


¿Cuánto tiempo le llevó la parte de relevamiento e investigación?
Empecé a fichar en marzo de 1993.


¿Todo ese largo proceso fue fantástico o agobiante?
La investigación tiene sus luces y sus sombras. Es una tarea que da muchas satisfacciones y también sinsabores. Investigar siempre es descubrir, traer a la memoria colectiva un pedacito del pasado, pues como la ha dicho Agnes Héller, es pasado histórico no lo que está olvidado sino lo que puede ser recordado. La emoción del descubrimiento es algo muy gratificante. No obstante, la investigación se desarrolla en un territorio que tiene lugares desérticos, donde muchas veces puedes pasar horas o días en la biblioteca o en los archivos sin encontrar nada Entonces, te inunda un profundo desaliento. Sin embargo, repentinamente, florece una selva tropical y es tal la exhuberancia que uno no sabe ni por dónde se va abrir un camino.


Sumado a que revisar los archivos de la policía no debe ser fácil...
Es una tarea abrumadora. El asunto es que los prontuarios policiales son consecutivos, no están guardados por delitos y, por lo tanto, tienes que revisarlos uno por uno. Era tedioso y no tedioso, porque a veces se me iban los ojos por la cantidad de asuntos de distinta índole que aparecían.

Además hay prontuarios que sólo sirven a los efectos de un relevamiento cuantitativo, porque tienen los nombres y filiaciones de las prostitutas, que sirvieron, sin embargo, para elaborar las gráficas que aparecen publicadas en el libro.

Pero, a veces, en algunos otros, encontraba historias que se continuaban: mujeres que aparecían en 1920 y después en el 22, 24 o más adelante, con sus entradas y sus trayectorias. También, de tanto en tanto, aparecían cartas escritas por ellas o por los proxenetas. Ahí te acercabas a una dimensión diferente, cualitativa, que siempre es más impactante y emotiva, y que te permitía escapar a la generalización.


En el texto usted maneja bastante el criterio de otredad, ¿por qué?
Es algo que me apasiona, y sobre todo porque está en la esencia del propio objeto de estudio. La prostituta es un ser marginado en la sociedad, es el otro , el extraño, y lo mismo ocurre con los proxenetas. Inicialmente, me atrapó el caso particular de la red de traficantes judíos, que fue muy importante en el Río de la Plata durante el período estudiado. Lo que me entusiasmaba y me conmovía era ver, como en un juego de cajas chinas, a los diferentes dentro de los diferentes, es decir, los proxenetas judíos marginados de su propia colectividad. Ver cómo fueron rechazados no solo por la sociedad global sino por su propia comunidad de origen y cómo, a pesar de ello, reivindicaron, porfiadamente, su etnicidad y sus creencias religiosas. Una religiosidad que los llevó a tener sus propias sinagogas y cementerios, y a luchar por construir sus espacios de sociabilidad.


¿En 10 años nunca se frustró, nunca pensó que no lo iba a poder terminar?
Pensé que tal vez no lo pudiera publicar. Yo no tengo una adscripción institucional, universitaria, un marco de apoyo. Soy una investigadora libre con todos los riesgos y ventajas que eso implica. Ser libre en este medio es a veces difícil; igualmente, siempre encontré mucha receptividad entre mis colegas. Y, además, debo mucho al instituto que me formó como investigadora, el Centro Latinoamericano de Economía Humana (CLAEH) donde hice, en la época de la dictadura, un curso de formación de investigadores y ahí fue que prendió en mí, hasta el momento una docente convencida, el bichito de la investigación.

En algún momento temí no poder terminar la investigación, me llevó mucho tiempo. Además, a veces las presiones son muy grandes, uno recibe comentarios como "¿todavía seguís?" y otros por el estilo. No por parte de mi marido que siempre me apoyó y demostró una gran paciencia a lo largo de este, a momentos, inacabable proyecto. Uno de mis hijos con la impaciencia propia de la juventud- me dijo una vez algo que me hizo pensar mamá "¿cuándo te vas a poner a escribir?" Y allí me dí cuenta que podía tener razón, que a veces el historiador dilata, por temor, el momento de la escritura porque son dinámicas muy diferentes: una cosa es investigar y otra escribir. Y, muchas veces, la escritura pone en crisis alguno de los presupuestos que nos han guiado en la investigación. La escritura es un momento desafiante, crítico, porque aquí el historiador debe lidiar con la palabra escrita, con sus resistencias, tratando de componer una urdimbre con sentido.

Es notorio que llega un momento que hay que parar, y uno no puede tener el sindrome de la perfección y de la investigación acabada porque eso no existe, y se debe tener bien claro que las investigaciones y los tópicos, por suerte, son constantemente reelaborados por los historiadores desde las particularidades de su propio presente.


En el momento de la escritura, ¿pesó la opinión y la receptividad de los lectores?
Mi aspiración era que el libro se leyera, que el trabajo llegara a la mayor cantidad de puertos posibles. No solamente a mis colegas y mis pares -que me importan mucho porque son mi espejo- sino también compartirlo con el lector común, apostando a su sensibilidad e inteligencia. Por eso traté de evadirme en algo y en algún momento- de las constricciones más pesadas de mi profesión, y darme ciertas libertados, jugando por ejemplo en los recuadros agrisados- con una narración más descontracturada y liberada del núcleo central del trabajo.

El diseño editorial me permitió, además, establecer una sintonía entre lo textual y lo visual, buscando integrar ambas perspectivas. Las caricaturas, las fotos, las letras de tango, los poemas, conforman una especie de hipertexto que busca que el lector pueda tener la libertad de componer su propio relato. Ahora, que el libro ya está en la calle veo la forma en que el lector entra en contacto con el libro; primero, como un objeto, lo mira, lo recorre, contempla las fotos, lee los textos independientes, los recuadros, observa y estudia las gráficas y así, poco a poco, va entrando en el clima del libro, emprendiendo su lectura.


Volvamos un poco a esos paraísos que aparecían dentro del desierto, ¿cuál fue el primero?, ¿cuándo sintió que tenía ganas de festejar?
Bueno, en varias oportunidades; es difícil determinar cuál fue el primero. A veces me daban ganas de festejar cuando encontraba, suculentas campañas en la prensa hablando días y días sobre la trata de blancas, el Bajo , o acerca de reglamentar o no la prostitución. Los diarios de distintas tiendas político-partidarias- desplegaban sus particulares concepciones ideológicas que se enfrentaban o complementaban con otras. Encontrar ese material fue muy reconfortante. También el hurgar en los archivos, como el de Paulina Luisi o el de Horacio Quiroga.

Pero sobre todo me alegraba encontrar esas campañas desplegadas en la prensa, que emergían de un conservadurismo más o menos radical o de un izquierdismo de diferentes inflexiones. También rescatar las reivindicaciones feministas en la materia y poder así reconstruir su discurso. Ver, por ejemplo, que si bien la prédica feminista tuvo un papel clave a la hora de dejar al descubierto los problemas e inconsecuencias que implicaba apostar por la reglamentación de la prostitución -confiando en que de esta forma se cuidaba la moral y la higiene de la sociedad-, esas combativas mujeres no estaban tan descuajadas de ciertos prejuicios que operaban en la época, ni de la mojigatería dominante.


¿Algo similar pasaba con la izquierda?
Es cierto. Y esto se ve con claridad en los anarquistas. Por ejemplo, es muy reveladora de su mentalidad la polémica que tiene alguno de ellos con Roberto de las Carreras, porque allí se ve la moralina y pacatería que los informaba. Tradicionalmente se piensa que en la izquierda se encontraban las posiciones más progresistas desde el punto de vista de las costumbres y, sin embargo, cuando se analiza su discurso e, incluso, sus prácticas, se ve que no era así. En la época y en estos aspectos- eran mucho más radicales los sectores rabiosos del batllismo, que postulaban cambios avanzados en la sociedad, intentando sacudir los prejuicios que la inmovilizaban. Las categorías de izquierda y derecha cambian, rotan en aquel escenario y, por ello, las posturas y filiaciones no están tan claramente predeterminadas.


El libro no refleja una posición maniqueísta ni sobre las prostitutas ni sobre los proxenetas, ¿por qué?
Las relaciones entre las mujeres y sus proxenetas no pueden ser abordadas de un modo simple. Uno a veces las piensa en blanco y negro, de un lado están los buenos, del otro los malos; el lugar de las víctimas y el de los verdugos. Pero no es así. Cualquiera de nosotros somos, a lo largo de nuestra vida, buenos y malos, víctimas y verdugos, y eso se ve también en la relación entablada entre las prostitutas y los proxenetas entre los que había, es importante tenerlo presente, no son sólo hombres sino mujeres. Y muchas de ellas eran tan violentas y despóticas con las prostitutas que explotaban como lo eran los hombres, asumiendo, de este modo, las pautas que, supuestamente, definían su rol.

Lo que intento mostrar en el libro es que son las circunstancias en las que a uno le toca vivir las que marcan el territorio a recorrer, cómo se va a proceder, qué papel y qué rol vamos a ocupar en la vida: es decir las circunstancias son las que, en un grado muy importante, nos hacen, nos moldean. Es una mirada bastante ecléctica, en la que trato de desprenderme de los clichés que impregnan las fuentes y, también, una parte de la bibliografía utilizada.


¿Por qué mercenarias?
El título del libro está tomado de una de las denominaciones que aparecen en algunas de las fuentes manejadas. Así como en la guerra los mercenarios venden sus destrezas militares a un poder extranjero, el término, por extensión, hace referencia a la mercantilización que hacen las prostitutas de sus conocimientos en las lides del sexo.

Sin embargo, me resisto a ver la prostituta como una categoría. Me niego a pensar en ellas como trabajadoras del sexo ; no estoy de acuerdo con esa denominación. Tal vez, si yo fuera prostituta reivindicaría mi carácter de trabajadora sexual, ya que de alguna forma plantear ese rol alude a una función imprescindible en la sociedad, y por lo tanto, hay un reconocimiento profesional y colectivo: "bueno yo soy necesaria y cumplo un trabajo si no ¿quién lo va a cumplir?" Pero no podemos quedarnos en eso. Lo simbólico que está tan adosado al fenómeno de la prostitución juega un papel clave. No son trabajadoras como las demás. No es lo mismo decir me voy a trabajar a Ta - Ta , que me voy a Bulevar a hacer el yiro . Y no es lo mismo, porque hay una carga estigmatizante, más atemperada hoy que ayer, es cierto, pero todavía la hay.


Sin hacer una apología de la prostitución las gráficas indicaban que en ese tiempo la diferencia de remuneración era muy notoria...

Así es. Pero no es el único factor que lleva a las mujeres a prostituirse. Ejercer la prostitución fue y continúa siendo- una actividad bien remunerada que se ofrece a las mujeres. En aquellos años el meretricio era mejor pago que otros trabajos al que podían acceder las mujeres pobres en el servicio doméstico, en las fábricas, en el comercio.Ahora bien, si el factor económico fuera el determinante podríamos decir -¡casi parece un silogismo!-, que todas las mujeres pobres se volcarían a la prostitución . Si soy una mujer pobre y racional, diría bueno no voy a ser lavandera o a trabajar en una fábrica de fósforos ganado la tercera parte si la prostitución me permite vivir mucho mejor . Sin embargo, el traspaso de las mujeres pobres al meretricio no se dá de ese modo tan lineal y automático, porque, repito, esa actividad estaba impregnada sobre todo en aquel período histórico de predominio de la doble moral sexual- de un fuerte estigma social que operaba inhabilitando esa opción en muchas mujeres.


También está el tema de las enfermedades...
El tema de las enfermedades venéreas era terrible. Cualquier prostituta por su propia actividad corría el riesgo de contagiarse de blenorragia o de sífilis, e , incluso, en una perspectiva no tan dramática sufría de inflamaciones vaginales constantes y de sufrimientos ginecológicos provocados por la propia actividad. Si bien en muchos discursos se presentaba a las meretrices como mujeres fatales , transmisoras de todo tipo de dolencias sexuales, en realidad, eran muchos los hombres que las infectaban. Paradojalmente, las prostitutas y las mujeres virtuosas las reinas del hogar - estaban unidas en una cadena de enfermedad. Muchas mujeres decentes y los hijos que procreaban -porque se trasmitía hereditariamente- eran, también, contagiados por los maridos y padres sifilíticos.

La sífilis, en su carácter de pandemia, vinculada a los llamados pecados de la carne tiene muchos puntos de contacto con lo ocurrido, actualmente, con el SIDA.


Muy relacionado a una mala conducta.
Exacto. La sífilis era una enfermedad vergonzante que se ocultaba, asociada a malos hábitos sexuales y fue ese carácter el que retrasó, también, su proceso de medicalización. Fue terrible hasta que comenzó a aplicarse la penicilina después de la Segunda Guerra Mundial; la posibilidad de contraer sífilis constituyó una espada de Damocles que pendía peligrosamente sobre los hogares uruguayos.


¿Sigue las reivindicaciones actuales de las prostitutas?
Más o menos. Pero me han llamado la atención algunos puntos contenidos en sus proyectos como lo son sus reclamos para la asignación de una zona donde ejercer el meretricio, o las referencias descalificadoras desde una perspectiva del orden y de la salud- a las mujeres que ejercen la prostitución en las casas de masajes (por su ausencia de controles médicos), o la reprobación a la temprana iniciación de jovencitas en esa actividad. Se percibe que allí aparecen contradicciones. Por un lado, levantan su estandarte como trabajadoras sexuales, y por otro, asumen, de modo inconsciente los discursos, prejuicios y estigmas que pesan sobre ellas.


¿Eran un grupo homogéneo o tenían sus rivalidades?
Yo no pude descubrir muchos enfrentamientos entre ellas, pero sí los había. A veces me planteo que, tal vez, tan fuertes no eran. Y este fenómeno lo vinculo no solo a la solidaridad presente en todo grupo marginado, sino, principalmente, a la trashumancia inherente a su actividad en el Uruguay moderno, ya que un número importante de mujeres pasaban de ser clandestinas a reglamentadas, y a la inversa. Ese ir y venir, las hacía funcionar en ambos lugares, desdibujando las fronteras que pudieran existir. Ellas eran prostitutas; clandestinas o reglamentadas era una clasificación creada por los poderes médico y policial.


No había diferencias pero tampoco una gran unidad
No encontré momentos de gran solidaridad.. Uno de los más notorios fue cuando las prostitutas que ejercían su actividad en los burdeles del "Bajo" se aliaron a fin de que los poderes públicos contemplaran su situación, y concurrieron a la prensa para dar a conocer sus reclamos. La solidaridad se plantea en algunos momentos específicos, pero es posible que el nomadismo que las caracterizaba les impidiera entablar relaciones duraderas con sus compañeras, o que la competencia establecida entre ellas para conseguir clientes conspiraran para enraizarla. Tal vez había más solidaridad en aquellos burdeles del siglo XIX, donde las mujeres eran verdaderas reclusas del sexo, cuya vida discurría en el prostíbulo, compartiendo largos años de alegrías y sinsabores con sus camaradas. Claro que también en este ambiente de familia sustituta se generaban, previsiblemente, tensiones y violencias de todo tipo.

¿Quedó contenta con el primer libro?
No sé si contenta. Contenta voy a estar cuando la gente lo lea. Me gustaron los primeros comentarios que recibí en los que las personas me dicen que les interesó, que no los aburrió, y eso ya es muy gratificante. Lo que me interesa como historiadora es poder saltar la barrera del gueto académico y lograr un elemento vital para cualquier investigador: que los trabajos que realizamos lleguen a la gente. Todavía me queda escuchar el comentario de las integrantes de AMEPU (Asociación de Meretrices Profesionales del Uruguay); eso sería para mí muy interesante.


Nota: las fotografías que ilustran esta nota pertenecen al libro Las mercenarias del amor