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ANÁLISIS DEL ECONOMISTA JORGE CAUMONT

Lo necesario es posible

El economista Jorge Caumont en un excelente análisis de la agravante situación que vive nuestro país y las reales posibilidades que tiene el gobierno de mejorar la misma.

Por JORGE CAUMONT

La confianza en la conducción económica es fundamental para su éxito. A la confianza la fortalecen, entre otros factores, la estabilidad de precios, la estabilidad cambiaria, bajas tasas de interés y el respeto por las obligaciones crediticias, aún en circunstancias en que se sufran choques adversos desde el interior y del exterior. Todo programa económico debe tener su punto de partida en una buena administración fiscal o en un plan de recuperación del equilibrio de las cuentas públicas. En la base de los problemas macroeconómicos que sufre Uruguay y que deterioran la confianza de los agentes económicos e impiden la reactivación de la economía, está el inquietante e indisimulable desequilibrio entre los ingresos y los egresos del sector público global. No es sostenible, como se ha reconocido sobre todo por los propios conductores de la economía, una situación en la que los ingresos fiscales no pueden cubrir a los egresos al punto que, para poder pagar los intereses de la deuda pública la administración deba endeudar al Estado de manera creciente, perder reservas internacionales e inclusive, acercarse a la posibilidad de tener que emitir dinero con el consiguiente peligro para el mantenimiento de la política cambiaria. Recuperar el equilibrio fiscal en un plazo tolerable para las partes --para quienes deberán dejar de gastar y para quienes financien el déficit que subsista por un tiempo-- es clave para evitar que se produzca un ajuste natural y automático de las cuentas públicas que llevaría mayor dolor que el que provocaría el esfuerzo por lograrlo voluntariamente, políticamente.

Déficit Insostenible.
El déficit de la gestión financiera del sector público ronda los 900 millones de dólares. Bajo cualquier hipótesis razonable, es imposible de extender por más tiempo, sobre todo cuando, como lo reconocieran las autoridades económicas, el país no cuenta con el crédito privado voluntario del mercado financiero local ni del internacional. La situación, por lo insostenible ya en el corto plazo, requiere de un esfuerzo que no solo no puede postergarse sino que debe ser ahora profundo al haberse perdido las oportunidades de hacerlo que hubo en el pasado reciente y no tan reciente. Hoy la baja del gasto público y la redistribución parcial del remanente para atenuar situaciones especiales, son requisitos necesarios para evitar una inestabilidad difícil de calificar pero que de todos modos se puede anticipar que puede llegar a ser incalculable por sus efectos crediticios, cambiarios, inflacionarios y de bajas de nivel de actividad.

Es prácticamente imposible intentar un abatimiento y la redistribución del gasto público para llegar en pocos meses a un ritmo de déficit cero. Ello no quiere decir que no intentemos por todos los medios, plantearnos un cronograma --como ocurriera en otros países como Estados Unidos en la versión reciente más recordada-- para llegar al déficit cero o a un superávit moderado en algunos años. Para ello es que se puede contar con los préstamos voluntarios y de apoyo de los organismos multilaterales de crédito y no usarlos para simplemente postergar, por algunos meses, un desenlace que nos condenará a reconocer que sólo se puede gastar lo que ingresa.

El de la Rendición de Cuentas es el lapso en el que se debe elaborar ese programa. Los políticos, que son los protagonistas de dicha instancia, deberán asumir el rol del buen administrador y proceder a un significativo corte y redistribución del gasto fiscal. En la Rendición de Cuentas debería haber un recorte de gastos de por lo menos 250 millones de dólares, casi 6.5% del gasto público que estimo para este año en función de la permanencia de la política cambiaria en vigencia y de la inflación y el aumento de salarios del sector público esperados para el 2002.

Para los próximos dos años, se deberían bajar otros 250 millones en la administración central, BPS y empresas públicas de modo de llegar al 2005 con un resultado financiero decoroso de las cuentas del Estado: equilibrio o cuasi nivelación fiscal.

Metas Posibles.
Parece imposible alcanzar esas metas pero lo necesario es siempre posible. Podremos discutir la necesidad de la baja del gasto pero lo que no podemos discutir es si es necesario, entonces la reducción en cronograma tiene que ser posible. Y es entonces en esta etapa que debemos preguntarnos seria y responsablemente si nuestro país puede, en los próximos tiempos, mantenerse con un déficit que llega ya a un nivel del orden del 6% del PBI, o al 25-28% de los ingresos tributarios como es el caso de la administración central. La respuesta no puede ser otra: es imposible. Si a ello agregamos que hay deuda que pagar, entonces la respuesta no ya del economista sino del político y del propio hombre común, reconocería la inviabilidad en el tiempo de una situación de esta naturaleza.

Si se reconociese necesaria la baja del gasto público entonces el esfuerzo pasará por analizar los conceptos que pueden y deben ser reducidos. En el caso de la administración central es inevitable una baja de los montos que se erogan por retribuciones personales (que han sido el 20% del total gastado en el lapso enero-abril), por previsión social (que han llegado al 45% del total del gasto del gobierno central y que requieren 40% más de recursos de lo que se recauda por IVA), por transferencias y subsidios a Pluna, AFE, Administración de Correos, etc. (que han sido en estos primeros cuatro meses del año el 4.3% del gasto total), por gastos propiamente dichos (que son el 15% del gasto global) y por inversiones (que llegaron al 7% del total de las erogaciones). Son intocables, para evitar males mayores, los gastos por pagos de intereses de deuda que ya, en el lapso enero-abril, solo a nivel del gobierno central, representan el 9.6% del gasto total.

Pero también, y aquí le corresponde a la administración que como tiene mayor grado de libertad para administrar lo viene haciendo, es necesario un recorte profundo del gasto en las empresas públicas por todo concepto. Si bien transitoriamente esos ahorros deben reflejarse en mayores transferencias al gobierno central, el fin último debe ser el abaratamiento de las tarifas de los servicios que prestan y de los bienes que ellas venden de modo de reflejarse a la baja en los costos de los usuarios para aumentar su competitividad o para mejorar su capacidad de compra del resto de los bienes y servicios.

Gasto y Competitividad.
Uruguay es un país que todos reconocemos pequeño. Por su mercado, fundamentalmente. Es un país que reconocemos todos que es caro. Por sus altos impuestos y tarifas de servicios y bienes provistos por las empresas públicas, que también todos reconocemos. Proyectar al país al exterior es hoy muy difícil y muchos aluden a que el tipo de cambio o que la política cambiaria no es la adecuada, aunque son más los que opinan que el gasto público y la presión impositiva y cuasi fiscal son la causa de la relativamente baja competitividad. Es el momento de darle a estos últimos una respuesta. Y no compensar ni con devaluaciones compensatorias --más impuestos a importadores y más subsidios a exportadores-- ni con devaluaciones. Lisa y llanamente porque lo primero es imposible concretarlo por la situación fiscal y porque no ha funcionado nunca, y cuando lo segundo no "mata" las causas fundamentales de la baja competitividad. Por ello es hoy necesario, en estas semanas que restan para presentar el proyecto de ley de Rendición de Cuentas y en los meses que llevará su discusión hasta su aprobación, que se ataque el problema del gasto público. Hacerlo nos ayudará a recuperar competitividad --y más si se complementa con baja de tributos-- pero, sobre todo, nos ayudará a recuperar la estabilidad y con ella la confianza. Estos atributos de una economía que busca recuperarse con orden fiscal, serán la clave para que la reactivación finalmente ocurra de la mano de la inversión privada y de un mayor consumo privado, hoy reprimido al máximo por muchas cosas pero, en especial, por la desconfianza en el futuro fiscal.

Maquiavelo aconsejaba a Giuliano de Medici diciéndole, entre muchas otras cosas sabias relativas al poder, basadas en su experiencia en la administración y en su gran capacidad de observación de los acontecimientos en su Florencia y en general en toda Europa, que un príncipe "debe estar dispuesto a cambiar de acuerdo con lo que dicten los vientos de la fortuna y los cambios en las circunstancias. Debe ajustarse a lo bueno mientras pueda pero si es empujado por la necesidad, él debe estar listo para tomar el camino de lo malo". Si bajar el gasto es considerado malo pues se afectan salarios y pasividades, igualmente hay que hacerlo porque es necesario. Y como lo recomienda un misterioso filósofo y guerrero chino luego recogido enteramente por Sun Tzu, para hacerlo --antes que el problema desborde-- "hay que ser rápido como el trueno que retumba antes que nos hayamos podido tapar los oídos y veloz como el relámpago, que relumbra antes que podamos pestañar". A nadie le gusta votar bajas en el gasto público, porque incluso se supone que ello es recesivo, lo cual solamente es compartible en escenarios estáticos y en los que no cambia nada más que una variable con las demás constantes. Hoy ha pasado a ser necesario bajar el gasto por su falta de financiamiento en el corto plazo y porque ello generaría serios problemas de inestabilidad general. Y si eso es necesario, entonces, como todo lo necesario, bajar el gasto debe ser posible.