A los tres años a Joaquín le gustaba todo lo que habitaba en el mundo de las niñas: el pelo largo, los colores brillantes, los vestidos, las uñas pintadas.

En la historia resumida, su madre, Fernanda Fossati, notó estos comportamientos y hubo dos episodios que por lo menos le llamaron la atención. Tras algunas charlas, decidieron ampararse en la ley que garantiza los derechos para las personas transgénero y Joaquín comenzó su camino para ser Joaquina. 

Pero en la historia extendida, Fernanda cuenta que el proceso para lograr el cambio de datos en la cédula de identidad, así como en la partida de nacimiento, es extenso. La madre lo define, además, como un trayecto cuidado en el que varios profesionales intervienen para, en su caso, el niño se encuentre arropado. 

Uno de los primeros pasos fue llenar un formulario, que alcanza solo con la firma de uno de los progenitores del menor. Luego siguieron una serie de informes tantos psicológicos y pedagógicos con el fin de abarcar diferentes ámbitos de la vida del niño.

Al tener tan solo tres años —la edad que tenía Joaquina cuando comenzó el proceso—, la información que le pidieron a Fernanda era variada. Uno de los últimos pasos marcados por la ley fue una entrevista con varios profesionales, quienes luego emitieron un informe. 

Con los datos previamente presentados por los adultos y el documento de los expertos, las autoridades deciden si aprueban o no el cambio en los documentos que identificaban a Joaquín con, justamente, un varón.

Cuando todo quedó aprobado, en la partida de nacimiento —en el campo que dice “sexo”— dejó de decir “masculino” y pasó a “femenino”. Además, se modificó el nombre: de Joaquín a Joaquina. 

Todo esto no queda labrado en piedra, porque la ley habilita que dentro de cinco años, desde que se aprobó el cambio, Joaquina junto a su madre decidan nuevamente volver a los datos originales de su nacimiento