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Escribe Gerardo Sotelo

Opinión | Vahos peligrosos

Si bien la difusión de terapias e información falsa puede exponernos a daños, mayores son los que causa la censura.

17.04.2020 13:46

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2020-04-17T13:46:00
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Según una encuesta realizada por el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) de España, dos de tres españoles cree que "en estos momentos habría que prohibir la difusión de bulos e informaciones engañosas y poco fundamentadas por las redes y los medios de comunicación social, remitiendo toda la información sobre la pandemia a fuentes oficiales".

El centro es un organismo dependiente de la presidencia del gobierno español y su director, José Félix Tezanos, un viejo militante del PSOE, por lo que no debería sorprender que la respuesta vaya en consonancia con ciertas tentaciones oficialistas. Lo sorprendente, además de la respuesta, es que la pregunta naturalice el atropello contra la libertad de expresión, verdadera piedra angular del Estado de Derecho, como si fuera una opción real de gobierno.

La censura, pretextada en velar los superiores intereses de la sociedad, es un virus que ha estado presente en todas las tiranías modernas y que circula por países diversos, como la España del binomio sociocomunista Sánchez/Iglesias, la Hungría del ultranacionalista Viktor Orbán, que gobierna por decreto bajo un estado de emergencia, o la Argentina del populista de izquierda Alberto Fernández, con su cuarentena obligatoria y su ciberpatrullaje.

Hay buenas razones para pensar que las terapias promovidas por disidentes de la globalización y escépticos de la industria farmacéutica, como los vahos de agua, el dióxido de cloro o la alcalinización del cuerpo con ingestas repetidas de jugo de limón, no nos van a traer la cura para el Covid-19.

Pero si bien la difusión de terapias e información falsa puede exponernos a daños, mayores son los que causa la censura, en la medida que soterra las teorías equivocadas sobre asuntos de interés colectivo (por lo tanto, la posibilidad de refutarlas), impulsa verdades oficiales y enseñorea un elenco de tiranos, por lo general más preocupados en ocultar su ineficiencia que en velar por la salud de la gente.

La aceptación de la censura es también un indicador preocupante de la pérdida de valores democráticos. ¿Quién habría de establecer qué se puede decir y qué no? ¿El gobierno? ¿Y quién estaría en condiciones de sancionar y cómo? ¿La Justicia y la Policía, aplicando una suerte de índex de datos e ideas correctas?

Es exactamente al revés: son los gobernantes y los funcionarios públicos quienes están sometidos a limitaciones (incluyendo su libertad de expresión en el cumplimiento de sus funciones) y no los particulares que, a excepción de aquellas conductas delictivas, gozan de la mayor libertad para decir lo oportuno y lo inoportuno, en procura de su bienestar.

En todo caso, hay que agradecer a las redes sociales que hayan hecho emerger la tentación autoritaria, como hicieron antes con la estupidez y la intolerancia, de modo de poder percibir su potencial destructivo y combatirlo adecuadamente.

Contra los bulos y las noticias falsas no se conoce mejor terapéutica que la educación de las personas y la información de calidad, las que sólo son posibles si se puede buscar, procesar y difundir datos, ideas y reflexiones en libertad.

Como decía John Milton hace casi tres siglos, "el Estado será mi gobernante, pero no mi crítico".

ESCRIBE

Gerardo Sotelo

Con más de treinta años de trabajo como periodista, se destaca como conductor e informativista de radio y televisión.

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