El otro plano se despliega con anterioridad lógica respecto del primero,
ya que en él se identifican las posibilidades del sujeto de que se trate
(en nuestro caso, esta República Oriental), las categorías de
la acción que está a su alcance, sus problemas más abstractos
y constantes de capacidades y exigencias, potencial y desafíos.
En el caso de Uruguay, resulta indispensable establecer claramente un rasgo
preliminar y condicionante de debilitamiento y pérdida de algunos de
sus recursos y oportunidades.
En las estructuras internacionales del mundo contemporáneo, la pequeña
dimensión pesa cada vez más en contra, aunque ofrezca ciertas
ventajas junto a bastantes inconvenientes. Nuestro país es pequeño
en cuanto a la combinación de territorio, población e ingreso.
Por pequeño entendemos también vulnerable, en su economía
y en la seguridad de su independencia y de su patrimonio cultural e institucional.
Los que comprenden se fortalecen, por el mero hecho de comprender. El país
pequeño descubre, por ejemplo, que debe administrar peculiarmente su
''dentro'' y su ''fuera'', aquello de que intrínsecamente
dispone (que en su caso es poco) y aquello a que puede acceder sin apropiarlo
o asimilarlo. El débil mantiene autonomía y gana potencial si
entra en redes, que a veces él mismo crea o promueve. No lo consigue
si se incorpora a bloques o alianzas férreamente encabezadas por alguna
(super)potencia. Menos aún si aplaude fervorosamente desde la tribuna
o si cultiva pautas de seguidismo u oportunismo.
LA RED Y EL BLOQUE
La diferencia entre una red y un bloque o coalición férrea consiste
en que aquella funciona satisfactoriamente por el concurso, simultáneo
o no, de todos sus componentes. Si sus componentes son sujetos, el concurso
de cada uno de ellos supone decisión de concurrir. En el bloque no hay
concurso sino integración pasiva, un estar allí repetitivo. En
la red, y no en el bloque o sus análogos, el componente más débil
condiciona alguna vez el funcionamiento del conjunto y el mantenimiento eficaz
del entramado, de la malla.
Las redes pueden institucionalizarse, en muy diversos grados. Según
el criterio ya expuesto, del concurso o la agregación pasiva, cabe reconocer
una red en una institución (como las Naciones Unidas, la OTAN o la Unión
Europea) o sin institucionalización alguna (como en el caso de la cooperación
militar y política incondicionalmente prioritaria de Estados Unidos e
Israel).
Las instituciones suelen oscilar entre los funcionamientos en red y los funcionamientos
en bloque, cuando no despliegan una combinación de ambos en diferentes
escenarios o ante diferentes problemas. El análisis de las relaciones
internacionales contemporáneas depende en sus aciertos, de que se discierna
en relación a tales funcionamientos, de que no se deduzca un patrón
de conducta, reticular o bloquista, de los grados de institucionalización
de una entidad o un agrupamiento.
LA INSERCIÓN DEL URUGUAY POR REDES.
Esa sencilla percepción permite pasar al segundo plano, el consabido
de la política exterior, visualizado en términos realistas o normativos,
y toda la gama intermedia.
¿Qué redes se ofrecen ya a nuestro país? ¿Qué
redes podría promover? ¿O sólo tiene ante sí bloques
(''no cabe la neutralidad en la guerra al terrorismo'', se ha dicho
recientemente) y alianzas asimétricas como la que invadió Iraq?
¿Y no resulta inquietante ese ''bloque sudamericano con Brasil como
líder'' al que se alude últimamente y que en ocasiones han
reclamado los que se supuso secularmente que lo rechazaban y contrapesaban?
No hay razón para perder la calma, si bien una discreta insatisfacción
y un prudente ejercicio de la capacidad de censura definen el mejor talante
para una inserción activa en el mundo hoy previsible.
Está claro que no existe una coalición político-militar
laxa, imbuida de los valores personalistas y democráticos que nos son
irrenunciables, apta para arbitrar en el íntegro ámbito de la
humanidad y para garantizar al menos algunas de las condiciones del progreso
económico-social. ''Occidente'' no es un agrupamiento de tal
carácter y menos lo es el liderazgo de Estados Unidos, ausente con Clinton
y volcado a la alianza férrea o al bloquismo con Bush.
Tampoco existe, notoriamente, un gobierno mundial y si se registran algunos
aparatos sueltos que podrían en algún momento integrarse en una
estructura gubernamental de ese alcance esos aparatos no se articulan en la
Organización de las Naciones Unidas, por más que algunos de ellos
puedan haber derivado de convocatorias de esta institución. Nos inclinamos,
ahora, a creer que la ONU no sucumbirá a la conducta de Washington y
Londres en relación a Iraq, pero nos resulta innegable que se ha debilitado
(por culpas ajenas y propias) y no gravitará en los procesos relevantes,
en todo el futuro que podemos prever.
Sin alianzas, redes o gobiernos mundiales, el escenario en que debe actuar
el Uruguay depara la acelerada continuidad de la globalización y la lenta,
precaria construcción de instituciones adecuadas. Con todas las cautelas
del caso, la Corte Penal Internacional pone de manifiesto lo factible: poco
y valioso, mejor que nada. En tal escenario, las redes accesibles sólo
podrán llegar a sostener acción acotada pero significativa, regional
o sectorial pero válida.
SISTEMA INTERAMERICANO Y MERCOSUR
Dos redes se ofrecen inmediatamente a nuestra política externa, el Sistema
Interamericano y el MERCOSUR. A ambas es preciso atender, prioritariamente,
aunque con expectativas disímiles.
El primero de ellos, como es obvio, gira en torno a Estados Unidos y siempre
está amenazado de funcionar como bloque, como comparsa seguidista o en
virtud del oportunismo que tienta a sus otros miembros. Ello no obstante, tiene
la ventaja de que incluye a la superpotencia mencionada. Su riesgo y su ventaja
radican en una misma circunstancia; no se trata por cierto de la primera esfera
de atención o de preferencia de parte de Washington, pese a lo cual representa
una vía de acceso a los Estados Unidos.
Sirve para negociar y presionar algunos entendimientos económicos y
políticos, aunque con los inconvenientes y asimetrías que todos
conocemos. Si no la tuviéramos, las perspectivas uruguayas y de los demás
países latinoamericanos empeorarían. Todo el proceso del ALCA
lo acredita. Son posibles un ALCA que nos lesione y someta tanto como un ALCA
beneficioso en la medida en que nos abra un poco el gran mercado estadounidense
y canadiense.
Washington llegó a buscar la primera. Se rechazó esa pretensión,
en lo que fue decisiva la actuación unificada del MERCOSUR, a lo largo
de varios años, y ahora la alternativa que se abre opone el fracaso de
las negociaciones a un ALCA mínimo pero no empobrecedor. No cabe esperar
un ALCA amplio, sabio y generoso de parte estadounidense y sin embargo las expectativas
de obtener cierto acceso a las economías desarrolladas del norte del
hemisferio constituyen una oportunidad casi única de escapar a una marginalidad
continental.
En lo político, el Sistema Interamericano abriga un patrimonio ambiguo,
de obsecuencia y también de dignidad latinoamericanas. No lo deberíamos
perder, por su segunda veta, que ha redundado en una aceptable institucionalización
del diálogo con la superpotencia y la cooperación democrática
entre todos los países pactantes. De los logros de la dignidad se desprende
el carácter de red que ha adoptado el Sistema después de sus últimas
reformas. Si se mueven con sagacidad y persistencia, los miembros débiles
(y con mayor razón sus agrupamientos) pueden condicionar al conjunto
en ciertos terrenos y participar de tareas estimables.
El MERCOSUR ha demostrado más de una vez que sólo funciona satisfactoriamente
si lo hace como una red. Sus palmarias asimetrías no lo preparan para
operar como una alianza férrea, porque aún sus componentes más
débiles poseen capacidad de veto, no sólo jurídica sino
política e inclusive económica. Hoy en día sólo
es legítimo prever y calcular desde el corazón de la crisis que
afecta al MERCOSUR. Las esperanzas de que evolucionaría rápidamente
hacia el mercado común y la personería política estable
(unificada en algunos escenarios) se han disipado. A pesar de lo cual puede
todavía revigorizarse el proceso si se cumplen estas tres labores:
a) Se ratifica la Zona de Libre Comercio, se la sanea de lo que la desvirtúa
y se revalora explícitamente el mercado de gran magnitud;
b) Se ratifica y pone en ejecución la Unión Aduanera, como instrumento
de una política comercial común y de un proyecto de integración
abierta, para insertarnos en los intercambios mundiales y no para sustraernos
a las exigencias de esa escala;
c) Se comienza a armonizar seriamente las políticas macroeconómicas
y los marcos de la inversión, en todas sus modalidades.
El MERCOSUR, señalábamos, autoriza a sostener expectativas diferentes
a las que corresponden al Sistema Interamericano. Los progresos que se hagan
en la construcción de aquel permitirán a los países que
lo integran participar con cierta influencia en las negociaciones de la Organización
Mundial del Comercio, en las que se encuentran comprometidos tantos intereses
del Uruguay y sus socios. También podría un MERCOSUR prestigioso
establecer con la Unión Europea un diálogo político con
modestos pero estimables contenidos y acaso una negociación acotada de
acceso a mercados y cooperación económica.
Los mapas de ese MERCOSUR dibujan un vago triángulo atlántico
(Unión Europea-Tratado de Libre Comercio de América del Norte-MERCOSUR)
respecto del cual la autocomprensión de los débiles podría
ensayar algunas acciones eficaces en el eje del desarrollo tecnológico
y económico. |