Por Raúl Gadea
Los problemas de la única superpotencia

En su artículo del N°6 de 2030, de enero de 2004, sobre ''El nuevo orden mundial'', Juan Grompone formula ciertos ''recuerdos del futuro'' sobre la actual situación internacional. Su principal conclusión es que el poder absoluto de Estados Unidos, como única superpotencia superviviente tras la caída de la URSS, no es tan fiero ni tan durable como lo pintan.

Su potencia presente tenderá a equipararse en pocas décadas con la de otras grandes regiones, mucho más pobladas, de desarrollo capitalista exitoso. Aunque comparto ese criterio, hay otros aspectos importantes.

Grompone analiza episodios ya lejanos, entre otros el famoso discurso de despedida de Eisenhower, en 1961, al abandonar la presidencia de Estados Unidos, sobre lo que él mismo bautizara en aquel momento como el ''complejo militar-industrial''. Era una colusión de intereses medio clandestina entre el ejército y la industria armamentística, que Eisenhower percibía ya entonces como algo fuera de control. ''El crecimiento desastroso de esta potencia fuera de lugar'', dice literalmente en un pasaje, puede ''poner en peligro las libertades democráticas''. Grompone usa estos antecedentes, su conocida evolución posterior y el impulso actual de difusión de la tecnología, en lo cual es un experto, para imaginar el futuro internacional que a su entender nos espera. Quiero agregar elementos de juicio que entiendo importantes.


BUSH Y EL MERCOSUR

Cuando la Secretaria de Estado del Presidente Clinton, Madeleine Albright, fue interrogada en la Comisión de Asuntos Internacionales del Senado por la actitud pasiva de su gobierno ante el MERCOSUR, que acababa de establecer negociaciones para un acuerdo con la Comunidad Europea, contestó en dos palabras y con franqueza: ''Estábamos distraídos''. Estados Unidos ya no se distrae. La política internacional de Lula ha sido seguida de cerca tanto desde el Departamento de Estado como desde los principales centros de estudio que monitorean el acontecer regional sudamericano.

Y lo que nosotros hemos percibido ellos ya lo han analizado en detalle. Lula pareció al principio un líder regional económicamente ortodoxo que respetaría la relación tradicionalmente subordinada de Brasil hacia Estados Unidos. Pronto quedó en evidencia que él y su equipo de intelectuales izquierdistas no eran de fiar. Aparte de resistir el ALCA (que poco le interesa a Washington, por el momento) con un empecinamiento exagerado, Lula empezó una serie de viajes, contactos y consultas fuera de la región que deben haber hecho sonar timbres de alarma en el norte.

Como representante del país líder de América del Sur ha procurado asociar la política exterior de grandes naciones tercermundistas como China, India o Sudáfrica con la de Brasil, para llegar a reivindicaciones conjuntas frente a Estados Unidos y Europa. La Comunidad Europea carece por ahora de pretensiones hegemónicas pero Estados Unidos, en cambio, ya se ha mostrado molesto con las veleidades brasileñas. Cierta fundación oficialista de Washington dejó escapar su malhumor pronosticando que dentro de veinte años Brasil seguiría siendo como ahora o como veinte años atrás: un país incapaz de transformar sus pretensiones en realidades.

Pero la actitud objetiva del gobierno fue la de empezar a cuidarse de Brasil, aislándolo preventivamente de sus vecinos. Bush invitó a Kirchner a la Casa Blanca y lo estimuló a negociar duro con el F.M.I. Posteriormente lo apoyó consciente de que con ello sentaba un precedente peligroso. Parece claro que su actitud ante un gobierno del Frente Amplio continuará con esta línea: quitar cualquier pretexto a Uruguay para ''soldarse'' exageradamente con Brasil. Desde mejores condiciones en la deuda hasta apertura comercial compensatoria frente a intentos de ''seducción'' brasileños (de esos que nunca se han concretado hasta ahora) entran en el probable instrumental de medidas yanquis. No todas tienen porqué ser pálidas, al fin y al cabo, para la izquierda uruguaya.

EL RADICALISMO REACCIONARIO DEL COMPLEJO MILITAR - INDUSTRIAL
El gobierno actual de Estados Unidos y el equipo intelectual del complejo militar-industrial que está detrás de él tienen una batalla ideológica, o conceptual, trabada con los medios de comunicación del mundo entero, que aún no se ha resuelto. En ella acompañan al gobierno yanqui las ''repúblicas bananeras'' de Europa que han surgido sorpresivamente, bajo regímenes como los de Aznar y Berlusconi. Si bien estos últimos responden a fuerzas políticas inestables, y desautorizadas en este asunto por sus propias opiniones públicas nacionales (el gobierno de Aznar ya fue hecho saltar en las recientes elecciones españolas) no por eso dejan de hacer preocupante el tema, para nada banal, de la unidad europea.

Esa ofensiva conceptual en desarrollo consiste en hacer aceptar a la opinión pública mundial que, ya que existe una intervención supuestamente bien intencionada (diz que ''democratizante'') de Estados Unidos en Irak, el único problema real es uno práctico: cómo hacerla más aceptable institucionalmente con una cobertura de Naciones Unidas que suavice apenas el dominio militar y económico yanqui de ese país.

Hay que hacer democrático a Irak por la fuerza porque Estados Unidos lo decidió, al margen del resto del mundo y en violación del principio de no intervención, mientras el ejército y las voraces compañías reconstructoras de esa procedencia se ocupan de los aspectos ''materiales'' del asunto. El papel de Naciones Unidas, como el de las ''muestras gratis sin valor'' que son las tropas de otros países traídas por Estados Unidos hasta Irak, representan un intento por santificar el operativo estadounidense para los ingenuos. Lo que interesa es inhibir, mediante la saturación de los medios con estos enfoques, que alguien llegue a reclamar el simple retiro de las tropas y las compañías comerciales yanquis, y reclame el establecimiento en Irak de un estado de derecho garantizado, por ejemplo, por tropas neutrales o regionales ajenas a la superpotencia agresora.

La conclusión más amplia que se lucha por imponer tácitamente a la opinión pública con esta ofensiva de criterios interpretativos distorsionados, es que Estados Unidos tiene derecho a intervenir para imponer la democracia donde se le de la gana, porque en realidad no existe una legalidad internacional que se lo impida. Si esto se acepta hoy con respecto a Irak (como se lo hizo aceptar ya, por debilidad política internacional, con respecto a Afganistán) quedará tácitamente aceptado para todos los otros casos en que a Estados Unidos se le ocurra intervenir en algún país por ''buenas razones''.

Imponer tal criterio representaría hacer retroceder la situación internacional alrededor de tres cuartos de siglo, a la época en que Hitler y Mussolini también tenían buenas razones para pasar por encima de la Liga de las Naciones e invadir Abisinia, Libia, Austria o Checoslovaquia. Se trata de una operación integralmente reaccionaria que nadie, creo, ha denunciado todavía, como corresponde, por los grandes medios de comunicación, hacia el conjunto de la opinión pública mundial.

Uno de los que ha llegado cerca de ello es Zbigniew Brzezinski, que en New Perspectives Quaterly del invierno de 2004, observa que si la mayor potencia del planeta pasa a actuar internacionalmente con un estilo paranoico, es tiempo de alarmarse en serio. No es aceptable que EEUU base sus amistades y enemistades en que ''los que no están con nosotros, entonces están contra nosotros'', una formulación que, según Brzesinski, pertenecía a Lenin en su enfrentamiento con los socialdemócratas y que ni los leninistas actuales, en su mayoría, sostendrían incambiada.

El manejo intencionalmente pervertido de los medios de comunicación, que presentan como indiscutibles lo que en realidad son premisas falsas, es lo único que explica el elevado apoyo de opinión pública estadounidense que hizo posible esta guerra (contra la opinión mayoritaria en contra existente en todos los demás países).

Son premisas falsas que el terrorismo pueda dar motivo legítimo a ''guerras preventivas'' de Estados Unidos contra cualquier país, sin tener que exhibir pruebas convincentes de que el país acusado sea efectivamente agresor. Es falso, también, que la existencia de ''armas de destrucción masiva'' justifique sin más un ataque preventivo. Las armas atribuidas a Irak, por ejemplo, eran una amenaza risible para Estados Unidos y su uso, por lo demás, hubiera representado una actitud de suicidio del propio Irak, según sostuvo antes de la guerra el ex presidente Jimmy Carter, sin poder ganar más que un espacio microscópico en el maremágnum mediático de entonces.

La legalidad internacional moderna se ha basado siempre en dos pilares que son la soberanía nacional y la no intervención. No hay motivo válido para desconocerlos hoy con carácter general. Sembrar la confusión popular con respecto a estas premisas ha pasado a ser el objetivo esencial de los medios de comunicación manipulados por el equipo político del complejo militar-industrial.


DEFENSA DEL TERRORISMO (O ''DE ESO NO SE HABLA'')
¿Porqué el actual gobierno estadounidense ha querido, y podido, arrasar con la legalidad internacional a vista y paciencia de todo el mundo, invadiendo un país como Irak que no estaba agrediendo ni planeando agredir a otro, e incluso arrastrando en la aventura (si bien es cierto que medio a disgusto) a otros países menores? Por la acción del terrorismo, nos dirán, algo tan feo, inhumano y absolutamente condenable que nadie podría animarse a dejar de verlo como el gran enemigo de la humanidad moderna. Todos contra el terrorismo. No debe dársele tregua hasta arrancarlo de cuajo de la sociedad. No hace falta pensar en hipotéticas razones ''buenas'' del terrorismo porque los terroristas no pueden tener razón en nada mientras sean terroristas.

''Así es la cosa'' es el tono machacón de quienes ocupan, en inmensa mayoría, los medios de comunicación masivos del planeta. Poco a poco van convenciendo a los distraídos, que toman entonces como puntos de partida esas premisas. ''El terrorismo es satánico, siempre'' parece ser el lema.

Es claro que Israel no existiría sin el terrorismo judío de los años cuarenta contra los ingleses (tan duro como el actual de los árabes). Sólo que eso está prohibido recordarlo. Tampoco debe hablarse, hay que suponer, del terrorismo de Michael Collins, que hizo nacer la República de Irlanda en los años veinte. Y menos, quizá, debería hablarse de la etapa del Terror en la Revolución Francesa, que salvó la libertad de ser ahogada en sangre por la coalición de las monarquías europeas en su contra. Sabemos, los uruguayos, que Artigas era un terrorista tan sanguinario como hoy Bin Laden para los unitarios porteños de entonces. Y así se podría seguir.

Históricamente, el terrorismo ha servido para dar voz, en circunstancias desesperadas, a los que no querían ser escuchados de ninguna manera por los poderosos. Siempre ha sido condenado con alarma en su momento, pero frecuentemente ha sido justificado después. El antiterrorismo histérico que hoy se pretende montar de modo global no se sostiene racionalmente, pero resulta aún más repudiable cuando el terrorismo de estado de signo contrario se pasa por alto, quizá porque él no ha sido ''el que empezó'' lo cual casi nunca es cierto.

El terrorismo de los palestinos, por ejemplo, integra el legítimo derecho de resistencia a la opresión de todo pueblo. Y como agrega Brzezinski, incluso la actual resistencia en Irak forma parte, no de una nueva Guerra de Vietnam, sino de una nueva Batalla de Argelia.


DIVISIÓN EN SECTORES DEL EMPRESARIADO ESTADOUNIDENSE
Aunque el complejo militar-industrial y su equipo hayan accedido a un control súbito, audaz y casi absoluto del gobierno de la única superpotencia mundial, lo cierto es que representan solo el 4 o 5% del producto bruto interno estadounidense. Más del 90% del poder económico de ese país se reparte entre otros sectores.

El tradicional capitalismo industrial fordista de producción masiva para la sociedad civil (tipo General Electric o General Motors) es un sector económico todavía principal pero comenzando su declinación. Dentro de Estados Unidos ya no puede crecer rápida y sostenidamente como en el pasado porque el mercado interno prácticamente está saturado. Es un sector que debe resignarse a una economía de reposición y de obsolescencia planificada que, entre otros inconvenientes, va agotando psicológicamente a los consumidores. Su crecimiento hacia afuera es de difícil penetración en Europa y encuentra rivales serios en Japón y los tigres asiáticos. Los capitales estadounidenses vienen emigrando desde hace tiempo desde esos sectores de industria tradicional hacia la economía de servicios en globalización (Coca Cola, Mac Donald s, industrias culturales, software, etc.) donde la competencia contra Estados Unidos, en el plano internacional, todavía no es fuerte. Las exportaciones de audiovisuales por ejemplo (cine y TV) representan desde hace años el primer rubro de generación de divisas en la compleja economía de la única superpotencia mundial.

Grompone hace hincapié en la nueva economía basada, hasta ahora, en las tecnologías de la información. Más que una nueva economía me parece que es una nueva base tecnológica que opera aumentando la productividad de muy diversos sectores económicos, automatizándolos, revolucionando sus técnicas de contabilidad, etc. Pero necesita siempre encontrar motivos concretos de aplicación en proyectos productivos de bienes y servicios que mejoren la calidad de vida, ya no de elites restringidas como en el pasado, sino de grandes mayorías sociales. La computadora personal, el teléfono celular, el turismo socialmente universalizado, la educación masiva a distancia, la atención médica preventiva, las nuevas formas de cultura popular son algunos de los campos de aplicación productiva concreta de las nuevas tecnologías.

Algunos de esos proyectos se están investigando, lanzando, experimentando, expandiendo. La mayoría, dentro de Estados Unidos. Pero todos, después de cierto tiempo de experimentación en el gran banco de pruebas del mercado interno, se proyectan hacia afuera en busca de la escala máxima del mercado mundial.

La parte mayor y más activa de la economía estadounidense está, más o menos, aplicada a estos asuntos. Aspira, para ello, a una relación amistosa y tolerante con el resto del mundo porque eso es bueno para sus negocios. Sólo la alarma por los atentados árabes (cuyos motivos, en la histeria resultante, nadie con acceso a los grandes medios pudo investigar y explicar) llevó al empresariado a aceptar, en forma coyuntural, la política exterior guerrerista del equipo de Bush, que ahora va camino de enemistar duraderamente a Estados Unidos con el resto del mundo.

''Pero esto es malo para nuestras compañías'' está empezando a concluir ahora la mayoría del empresariado yanqui. ''Nosotros deseamos hacer buenos negocios y acumular ganancias mejorando la calidad de vida de las grandes mayorías de la población planetaria, vendiéndoles hamburguesas, refrescos y películas. ¿Qué necesidad hay de hacerles además la guerra para imponerles la democracia? ¿Porqué no los dejan que vivan como quieran, ya que refrescos y hamburguesas consumirán igual con democracia o sin ella? ¿Vale la pena que nos apedreen, nos disparen y pongan bombas en nuestros hoteles, para que las compañías del presidente y el vicepresidente obtengan buenos contratos por allá? ¿No será tiempo de cambiar de presidente y vicepresidente? Por ahí viene un candidato que fue héroe en Vietnam y no quiere estas locuras. Podría ser el hombre que estamos necesitando.''

Este soliloquio imaginario no es, en verdad, disparatado. Desde George Soros hasta Bill Gates, muchos de los grandes ''capitanes de empresa'' de hoy han dejado saber que no comparten el reaccionarismo radical, históricamente dañino para ellos, de esta administración estadounidense.

Posible resultado: aunque a Bush le sobren recursos para comprar minutos y más minutos de publicidad en televisión, es probable que en poco tiempo a Kerry tampoco le falten. El capitalismo estadounidense no es en la actualidad un frente unido homogéneo sino, en mucho mayor medida, un enfrentamiento sin piedad entre dos sectores que la política exterior de este gobierno ha vuelto incompatibles. Tras la batalla electoral, parecería que sólo uno de esos sectores va a quedar en pie.


EL RITMO DE LOS YANQUIS
El pueblo estadounidense es algo lento en entender. Asimilar el macarthismo, o Vietnam, le llevó tiempo. Al día siguiente del asesinato del presidente Kennedy, o al día siguiente del asesinato de su hermano Robert, todo el resto del mundo sabía que eran conspiraciones, pero el pueblo de Estados Unidos no se animaba a admitirlo. Eso no es malo, necesariamente. Es gente que demora pero que es muy firme cuando se decide. Y tampoco demora tanto: de lo contrario Clinton no se habría retirado de la presidencia con más del setenta por ciento de la opinión pública a su favor. Hoy ese pueblo está ante una oportunidad, o una necesidad, de entender y decidir sin demora cual será el camino a recorrer por su nación durante las próximas décadas. Creo que hay buenas razones para confiar en que, al decidir, al fin, no se equivoque.


Revista Dosmil30.
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