En un apretado balance de claroscuros, parece evidente que los dos países
están perdiendo más de lo que ganan con esta discordia, aunque
el lado positivo lo encontremos en la legítima demanda ciudadana por
el cuidado del medio ambiente, y en la necesidad de un control público
responsable, técnicamente competente y políticamente efectivo
de procesos productivos que entrañan un riesgo ecológico.
En este sentido, vamos aprendiendo juntos que es preciso otorgar un lugar central
en la agenda pública a la problemática del desarrollo sustentable,
una cuestión que tanto a nivel nacional como regional amerita una discusión
seria, realista y alejada de extremos simplificadores.
Pero el lado negativo del entuerto ha inclinado hasta ahora el fiel de la balanza.
Sin la pretensión de agotar en breves líneas las múltiples
aristas de la cuestión, tanto en sus aspectos ''sustantivos''
como en la ''forma'' en que se ha venido desplegando, hay un punto
que no quisiera perder de vista: todas las negociaciones que llegan a buen puerto
las llevan adelante los moderados, no los maximalistas de uno y otro costado.
Con un agravante: decisiones radicalizadas de un sector suelen alimentar posiciones
radicalizadas al otro lado del río.
En particular, y como argentino, me preocupan las actitudes cerradas que ciertos
sectores de mis compatriotas han manifestado sobre el tema de la instalación
de las fábricas en territorio uruguayo. Algo que tal vez pueda acentuarse
después de la negativa determinación de la empresa finlandesa.
Esas camisetas que dicen ''No, no y no'' a las papeleras sintetizan
algo más que una consigna de ocasión: parecen simbolizar una posición
refractaria a todo debate racional, una decisión inamovible en tanto
algunos voceros han declarado que ni siquiera aceptarían un informe técnico
que mostrara que el nivel de contaminación emanado de las fábricas
no es nocivo, o se ubica en niveles internacionales aceptables. Creo que la
actitud de estos sectores, movidos quizá por respetables convicciones
ecológicas, implica o bien una notoria ingenuidad, o bien un sentimiento
de escasa cooperación social que debería llamarnos a la reflexión.
Afortunadamente, entiendo que esos sectores son minoritarios entre quienes protestan
y han llevado adelante los cortes de los pasos internacionales; y en cualquier
caso, no representan el sentir de todos los entrerrianos, como lo han probado
hasta ahora los vecinos de Colón y Concordia.
El perogrullesco resumen de mi argumento es simple: vivir en sociedad acarrea
costos y beneficios, y es el positivo equilibrio entre ambos lo que permite
a las personas progresar en un marco de reglas comunes. Todos perdemos algo
de una hipotética libertad ''natural'' viviendo en sociedad,
pero ganamos mucho más como fruto de la cooperación social. Para
predicar con el ejemplo basten tres historias banales.
COSTOS Y BENEFICIOS
La primera historia dice que vivo en la Ciudad de La Plata, conocida entre otras
cosas por la cercana presencia de empresas petroquímicas, que a la vez
que contaminan parcialmente el aire (un costo directo), ofrecen trabajo a mucha
gente de la zona (un beneficio también directo), y a su vez benefician
con sus productos a una amplia gama de ciudadanos de todo el país que
no pagan ningún costo ambiental directo, ya que las emanaciones de gas
de esas empresas no son respiradas por salteños, misioneros o puntanos.
La segunda historia dice que soy nacido y criado en Necochea. Quienes viven
o han vivido cerca del Puerto de Necochea-Quequén padecen los problemas
de la cercanía de todo puerto: derrames de petróleo en las aguas
y arena, mal olor en el procesamiento del pescado, enjambres de moscas durante
los períodos de calor, proliferación de ratas en cercanías
de los silos cerealeros, etc. A cambio de ello, los necochenses se benefician
al obtener trabajo en estas actividades, y también benefician (sin ningún
costo ambiental adicional) a numerosos cordobeses, santafesinos y porteños
que pueden disfrutar de tanto en tanto unos deliciosos cornalitos.
La tercera historia dice que durante un tiempo trabajé en Lanús,
más precisamente en Valentín Alsina, pegadito al Riachuelo. Todos
conocen el desastre ecológico histórico que es el Riachuelo, y
la persistencia de mal olor y emisiones contaminantes en la zona. Pero otra
vez, y para tomar un ejemplo cualquiera, el mal olor que nos llega de las curtiembres
también permite que habitantes del conurbano trabajen en esas fábricas
(generalmente pequeñas y medianas empresas), y posibilita que un gran
número de chaqueños, formoseños o chubutenses que
no respiran ese mal olor- se ajusten los pantalones con el cuero curtido en
dichas fábricas.
Estas historias no tienen mayor mérito, pero me parece que hay que estar
en los zapatos de quien consume habitualmente algún tipo de contaminación
para hablar de igual a igual con algunos amigos entrerrianos. Sin duda, los
salteños, misioneros y puntanos, los cordobeses, santafesinos y porteños,
o los chaqueños, formoseños y chubutenses que cité antes,
entre muchos otros argentinos, padecen habitualmente otras formas de contaminación
que soportan a cambio de beneficios análogos a los ya apuntados, y que
a nosotros nos reportan beneficios cuyos costos ambientales no ''pagamos''.
RACIONALIDAD, POR FAVOR
Ciertamente, no estoy diciendo que debamos sufrir por toda la eternidad las
negativas consecuencias de un entorno ambiental degradado; por el contrario,
entre todos debemos cuidar y mejorar progresivamente nuestro medio ambiente,
e instrumentar los mecanismos para un estricto cumplimiento de normas en la
materia. Pero también tenemos que generar más trabajo, erradicar
la indigencia y la pobreza, estimular las inversiones, y aceptar que en el actual
grado de desarrollo tecnológico al que podemos aspirar, siempre tendremos
que hacer elecciones difíciles entre opciones que no serán óptimas:
algo de contaminación a cambio de más empleo, un poco más
de ruido para estar más cerca de la parada de un colectivo, un aire menos
puro a cambio de más ingresos.
En este contexto de restricciones y de intercambios desiguales en el que ineludiblemente
nos movemos por vivir en sociedad, ¿qué posición defienden
los sectores extremos de la protesta contra las papeleras? Si el conflicto se
llevara hasta las últimas consecuencias, ¿dejarían los
entrerrianos de consumir papel o pañales? O en cambio pretenden seguir
consumiendo papel pero producido en fábricas asentadas en otros lugares
de la república. Al fin y al cabo, se nos recuerda que hay una decena
de papeleras en nuestro país, ¿habría que mantenerlas abiertas
para que se contaminen los habitantes cercanos, mientras cómodamente
siguen consumiendo papel los ciudadanos argentinos lejanos? ¿Habría
que cerrarlas? En este último caso, ¿Dónde irían
a trabajar sus empleados? ¿El voluble Gobernador Busti les daría
trabajo en Gualeguaychú?
Pero aunque respondiéramos de manera satisfactoria estas preguntas,
¿qué pasaría con cientos de otros productos que se elaboran
en el país bajo formas que ''externalizan'' algún nivel
de contaminación? De vuelta, nadie sostiene que hay que resignarse a
absorber niveles de contaminación intolerables, ni mucho menos, pero
si un informe técnico serio mostrara que la instalación de las
papeleras acarrea un perjuicio ambiental mínimo a estándares internacionales,
¿qué razones de peso habría para oponerse a continuar con
su construcción? ¿Con qué argumentos obstaculizaríamos
la instalación de plantas análogas a las ya existentes en España,
Finlandia u otros países desarrollados?
Sin la protesta de los entrerrianos posiblemente las papeleras hubieran sido
menos cuidadosas en lo que atañe al riesgo ecológico; sin un gesto
conciliatorio por parte de las empresas parece difícil que el conflicto
se reencauce, e incluso es probable que se agudice. Invertir un par de meses
para ganar tranquilidad durante varios lustros no es un mal negocio para las
fábricas. Mientras tanto, estamos perdiendo una oportunidad para que
argentinos y uruguayos hagamos de esa zona un polo dinámico de desarrollo
regional, con más inversiones, con más empleo, con mejores expectativas
de progreso conjunto. Hay que cuidar el río y el aire puro, pero también
el trabajo y el derecho de nuestros vecinos a circular libremente. Apostemos
a que el diálogo y la negociación racional nos permitan encontrar
puntos de equilibrio alejados de posiciones extremas e insostenibles.
* Antonio Camou es Director del Departamento de Sociología de la
Universidad Nacional de La Plata, Argentina
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