Pedro
Bordaberry
 

Abogado y político, fue ministro de Turismo y de Industria en el gobierno de Jorge Batlle y candidato a la Intendencia de Montevideo por el Partido Colorado en 2005. Líder de "Vamos Uruguay", fue electo senador en las últimas elecciones y es el presidente del CEN colorado.

 
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13.09.2007

Amigos interesados

Durante las guerras napoleónicas los habitantes de West Hartlepol, en la costa inglesa, temían ser invadidos por los franceses. Una mañana de 1810 un barco de la flota de Napoleón encalló y se hundió frente al pueblo. Los pobladores se lanzaron a la costa a apresar cualquier sobreviviente.

Pero el único que llegó fue un mono. Cuenta la historia que el mico fue detenido e interrogado. Ante su negativa a declarar, lo juzgaron y condenaron a morir en la horca. La pena se cumplió de inmediato. Al poco tiempo un viajero llegó al pueblo y preguntó que hacía un mono colgado en la plaza. Le respondieron que no era un simio sino un francés. El cuento circuló por toda Inglaterra y se hizo famoso el poco conocimiento de los extranjeros que tenían quienes confundieron un mono con un galo.

La semana pasada recordé esta historia cuando leí las declaraciones del canciller Gargano en el seminario "De qué hablamos cuando hablamos de Inserción Internacional".

Afirmó que Uruguay siempre debe preferir a los países pobres y cercanos. También que el proyecto de integración debe ser hacia la región puesto que ello es "liberador en el plano económico y político". Llamó la atención que sostuviera que el ingreso de Venezuela al Mercosur "es una garantía de fortalecimiento democrático en la región".

Cuánta confusión.

Es loable la intención de atender la situación de los países pobres. De ayudarlos. Pero la caridad bien entendida empieza por casa. ¿No tenemos mucho por solucionar en el Uruguay en lo social para preocuparnos primero por la situación de otros?

Parece más lógico tratar de crecer colocando nuestros productos a los países con mayor poderío económico. Es notorio que estos son el destino actual de la mayoría de nuestras exportaciones. Sostener hoy que la integración a la región es "liberador en lo económico y político" parece una tomada de pelo. Brasil se opone a que celebremos Tratados de libre comercio, detiene camiones con arroz en la frontera a cada rato y no impide la violación del Tratado de Asunción por parte de Argentina.

La integración con ésta no parece muy liberadora. El corte de los puentes, el desconocimiento continúo del derecho internacional, son pruebas diarias del proceder de modernos Sarrateas. La fuerza de esa violación del derecho hace olvidar los subsidios ilegales a las provincias de San Juan, San Luis, Catamarca y La Rioja. Ni que hablar que el 30% de detracciones a la soja argentina permite que se levante un polo aceitero en Rosario y no en Nueva Palmira. Competencia desleal que se hace palpable cuando se draga el Canal Mitre y no el Martín García.

Considerar la llegada de Venezuela al Mercosur como un fortalecimiento democrático choca con el sentido común. Para darse cuenta alcanza con ver al Comandante Chávez abrazarse con el Presidente de Irán (que quiere poner en funcionamiento un programa nuclear) o tomar partido por Hezbolah en su conflicto con Israel. Ni que hablar de las valijas con 800 mil dólares, los pedidos de envíos gratis de balas en un barco de la Armada, o los continuos intentos de prorrogar los mandatos presidenciales en el tiempo.

Existe en materia de negociación internacional un principio básico: los países no tienen amigos sino intereses. Eso lo aprendimos de la peor manera con Argentina. Creyó nuestro gobierno que debido a que el matrimonio Kirchner es de su misma orientación política, no existirían problemas diplomáticos entre los países.

La realidad demostró lo contrario.

Lo mismo sucederá cuando Venezuela nos presione con cobrar el petróleo que hoy nos fía o con su inversión en una institución financiera de plaza.

Tomar nota de esto y encarar la política exterior de manera pragmática es lo mismo que no confundir a un mono con un francés.


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