Diez mil pesos de propina: la viuda que pagó una fortuna por el panteón más lujoso
El Monumento a Perpetuidad, en Paysandú, alberga uno de los mausoleos más opulentos tallados por artesanos italianos y es único en Uruguay.
Por Pedro Dutour
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El lugar donde yacen los muertos no tendría por qué estar privado de imaginación, de buen gusto, de arte. Hay un sitio que combina en todo su esplendor esas prerrogativas, con talento italiano, toneladas de mármol de Carrara y la belleza artística del siglo XIX. Ese enclave existe en nuestro país y se llama Monumento a Perpetuidad, ubicado en Paysandú, y durante algún tiempo fue conocido en la ciudad como el “cementerio viejo”. Una necrópolis encantadora en su amplio sentido de la palabra, con panteones de película, simbologías profundas, en un entorno colmado de diferentes tipos de árboles y de un trazado de caminos y canteros bien pensado.
La historia relata que Manuel Stirling, hijo de Alejandro Stirling, y Nicolasa Argois, oriundos de Mercedes, formaban uno de los matrimonios con más alcurnia de los alrededores. Se trasladaron a Paysandú y se instalaron en la estancia llamada Rincón de Lencina. En el Monumento a Perpetuidad ocupan el mausoleo más imponente y bonito del lugar.
Cuenta con 12 metros de altura y lleva 50 toneladas de puro mármol de Carrara, confeccionado por el escultor italiano Giovanni del Vecchio. Lo mandó hacer Nicolasa en 1898, ocho años después del fallecimiento de su esposo, y pagó por él 60.000 pesos de la época (en realidad le costó 50.000, pero dejó 10.000 más de propina porque quedó encantada con el trabajo).
El mausoleo de Manuel Stirling y Nicolasa Argois y la entrada del museo. Foto: Pedro Dutour.
El amplio espacio que ocupa el monumento, encerrado por balaustradas, es dominado en lo alto por las figuras de la pareja, él sentado en actitud patriarcal y ella de pie en sentido servicial, señalando hacia abajo donde hay una niña y un niño en pose de ruego o adoración ofreciendo flores. Se cree que eran los ahijados de Manuel, aunque hay leyendas que aseguran -aunque desmentido por familiares- que el niño sería un hijo de él con otra mujer y que ella, desde lo alto, le estaría reprochando para que se hiciera cargo del chico.
Dos ángeles coronan el panteón y un tercero custodia la entrada, el ángel Muriel de la justicia, espada en mano apuntando al suelo —un símbolo masón significativo— con gesto arrogante y soberbio. Dentro, hay un altar y, debajo, la tumba, donde descansan los restos de Manuel y Nicolasa en dos urnas de mármol. Además, a la estructura la rodean ocho columnas de color rosillo, en honor a las ocho yeguas rosillas de Manuel Stirling. La Sociedad de Arquitectos del Uruguay colocó una plaqueta con una mención para destacar una de las obras arquitectónicas más impresionantes del país.
Producto del desarrollo
Este cementerio tomó vida, valga la contradicción, de la mano de las transformaciones de la ciudad de Paysandú en el siglo XIX. Al incrementarse la población y la zona urbana, las autoridades observaron la necesidad de dejar de usar un cementerio que funcionaba cerca del centro. Se trataba de una cuestión de higiene. Es ahí cuando comenzaron a colocar a los muertos en la zona donde hoy se encuentra el Monumento a Perpetuidad, un predio —el doble respecto a la actualidad— donado por la familia Galán y Rocha.
La figura de Galán y Rocha corona su propia tumba. Foto: Pedro Dutour.
Las primeras obras funerarias datan de 1840, cuando se colocaron a los que pasaron a mejor vida en los nichos del ala sur y norte. A partir de 1851 hasta 1855 empezaron a verse cambios importantes que hicieron que ese lugar se convirtiera en cementerio público. Uno de los dueños del lugar, Luis Galán y Rocha (hoy el hospital público de la ciudad lleva su nombre), que había vivido en Argentina y Europa, regresó para hacerse cargo de algunos bienes familiares, entre ellos este sitio, sobre el que decidió reconvertirlo.
En 1852, iniciaron las obras del perímetro del lugar, algo que costó alrededor de 1.870 pesos uruguayos de la época. Luego, en 1854, se hizo el osario común, una fosa de dos metros de profundidad ubicada al lado de la capilla y que supo albergar los restos de Leandro Gómez, el prócer de la Defensa de Paysandú de 1864-1865. El objetivo del osario apuntaba a colocar a los NN, pero, claro, el héroe de la Heroica no podía seguir allí y sus restos fueron rescatados más tarde por el doctor Vicente Monrell, único médico que atendió durante el asedio brasileño.
En 1854, también se colocó el pórtico de hierro de la fachada y, en 1859, se levantó la capilla —donde se celebraban los velatorios y funerales antes del enterramiento—, una construcción conducida por los mismos arquitectos de la basílica (los hermanos Poncini) y que resultó clave para que Paysandú fuera declarada ciudad en 1863 de la mano del jefe político Basilio Pinilla.
Una mujer, rosario en mano, en actitud sufriente. Foto: Pedro Dutour.
El toque de glamour del cementerio arribó con la influencia de los inmigrantes italianos, grandes propulsores de la economía y del comercio sanduceros que, además, llevaron a que la muerte ya no fuera un asunto tabú y que, en torno a ella, se montara una especie de ritual a través de monumentos y panteones. En 1858, se montó el primer monumento con mármol de Carrara, que correspondió a la familia de Santiago Lasarga, fallecido el 15 de abril de ese año a los 51 años menos cinco días, de acuerdo a su epitafio.
Con este cementerio sucedió lo mismo que con el primero: la ciudad lo envolvió y lo hizo inviable. Así, en 1881, bajo la Ley 1555, se lo declaró Monumento Departamental a Perpetuidad. Bajo esa ley se prohibió realizar enterramientos en el lugar y también trasladar algún tipo de restos. Sí estuvo permitido, hasta alrededor de 1920, que aquellas familias que ya tenían monumento, nicho, panteón o parcela comprada pudieran traer restos reducidos en urnas desde otro cementerio, siguiendo ciertas normas. Si hubiera fallecido por causas naturales, tenía que estar cinco años enterrado en otro cementerio; y si era por epidemia o enfermedad infecciosa, entre 10 a 15 años de enterramiento.
En 1887, Luis Galán y Rocha contrató a un agrimensor de apellido Guerrín y decidió transformar el cementerio en lo que es hoy en día: una necrópolis, un cementerio ciudad, con caminos estilo afrancesado, con árboles traídos en su mayoría de otros continentes, como la magnolia, el ciprés o diferentes tipos de pinos, en conjunción con nativos como el timbó o el jacarandá. La idea era reducir el impacto negativo y los malos sentimientos al visitar un cementerio.
El dueño al centro
El valor patrimonial, escultural y arquitectónico se realza en este caso con el sentido simbólico: cada animal, flor, antorcha o ángel no están colocados al azar. Son símbolos que hablan de la personalidad, de lo que pensaban las familias, de la ostentación que hacían —está claro que era un cementerio, sobre todo, que utilizaba la clase alta—, sobre qué sentían acerca de la muerte y la vida, qué tanta influencia había de la masonería y del cristianismo.
Tumbas en el también conocido cementerio viejo. Foto: Pedro Dutour.
Uno de los mausoleos más particulares es el del propio Galán y Rocha, erigido sobre donde se cree habían enterrado a su madre, Luisa González —emparentada con Manuel Belgrano— varios años antes, pero cuyos restos no fueron encontrados cuando construyeron el cementerio. La madre de Luis falleció al darlo a luz. El dueño del predio, cuando vendió y distribuyó las parcelas, se encargó de que su monumento quedara en el centro y que todos los caminos del lugar confluyeran a él.
El monumento posee una escalera de granito y en su parte superior, en mármol, se luce una figura femenina con un niño en brazos —que sería el propio Luis— y dos niños al lado, que se supone son los hermanos Ladislao y Lizardo. Más abajo, sobre los costados, hay un busto de Galán y Rocha y otro de su tía, la que lo crió cuando pasó su infancia en Buenos Aires. En la zona baja, esculpidas delicadamente, flores unidas por cintas, mirando al suelo, marchitas, expresando tristeza. Se observan rosas, símbolo de pureza y amor, flor de lis, en representación de la alta cuna a la que pertenecían, y amapolas cerradas, en reconocimiento hacia la muerte.
Esta obra también pertenece a Del Vecchio, pero hay otras del marmolista genovés Juan Azzarini, Santo Sacommano y José Livi, el mismo que edificó la estatua de La Paz en la plaza Cagancha, en Montevideo. Usualmente, se encargaban los modelos a través de catálogos y luego el escultor se reunía con la familia para determinar los detalles. El trabajo demoraba entre uno y dos años, era traído en barcos y descargado en el puerto sanducero, desde donde lo montaban en carretas tiradas por bueyes hasta el cementerio.
Convertido en lugar de paseo. Foto: Pedro Dutour.
El Monumento a Perpetuidad alberga, a su vez, los restos de la hermana de Juan Antonio Lavalleja, Josefina, que estaba casada con un comerciante de Paysandú de apellido Iglesias y que murió en 1850. Yace Felipe Argentó, militar destacado que cayó en la defensa de la ciudad en 1865, en un mausoleo tallado con laureles, símbolo de gloria y victoria, y por un ancla y una cruz, significando la esperanza y la fe. El doctor Monrell, masón, también tiene su homenaje en el cementerio, con un panteón de columnas y figuras geométricas —pero no se sabe si sus restos están verdaderamente allí debajo—, al igual que los caídos en la revolución del Quebracho y al soldado desconocido.
Patrimonio nacional
Durante buena parte del siglo XX, el Monumento a Perpetuidad careció de los cuidados necesarios para este tipo de lugares. Escasa atención en el cuidado de los mausoleos y las tumbas, del entorno, sin visitas guiadas, sin un manejo de las colecciones y de la conservación, y visto por mucha gente como un lugar oscuro.
Hasta que el 29 de enero de 2004, la historia comenzó a cambiar para este sitio emblemático: fue declarado Monumento Histórico Nacional. Y dos años más tarde, este predio de 80 por 100 metros y con más de 80 monumentos y tumbas pasó a integrar la dinámica de los museos al ser erigido el primer cementerio museo de Uruguay.
Detalle de la tumba de la familia de Miguel Horta. Foto: Pedro Dutour.
Así se generó un espacio de visitas guiadas, con guías cada día, y un programa educativo. El lugar luce impecable y luminoso. El equipo forma parte de la Red Nacional de Cementerios que a su vez integra la Red Iberoamericana de Cementerios Patrimoniales avalada por la Unesco.
Todo ha servido para recuperar y ahora sostener este lugar lleno de magia y magnetismo. Porque la muerte también puede significar vida.
Por Pedro Dutour
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