Nací en París el 30 de Octubre de 1976. Mi madre es francesa, mi padre uruguayo. El estaba en París, en el exilio, estudiando sociología, y allí se conocieron. Por otra parte, mis abuelos maternos eran campesinos italianos exiliados de la segunda guerra mundial. Y para completar el panorama, cuando yo nací vivíamos en un barrio parisino de inmigrantes llamado La Goute d´Or (La gota de oro), donde la mayoría de mis vecinos eran africanos. Como decía, para mí siempre fue natural la mezcla de culturas. Cuando tenía cuatro años nos mudamos a México. En mi clase era el único rubio, me decían “güero”. De esa época recuerdo mi primer instrumento musical. Era una especie de batería que había armado con cacerolas. Prendía la radio y tocaba arriba de las canciones, pero en vez de seguir el ritmo, intuitivamente me concentraba en la parte armónica. Si en la canción había un cambio en la rítmica de los instrumentos, yo tocaba otras cacerolas. Era una pequeña orquesta de cacerolas. Debería volver a intentarlo, sonaba interesante aquello. El piano siempre estuvo ahí, hasta esa especie de batería de cacerolas la pensaba más como un piano que como batería. Veía un piano y me sentaba a tocar, así de inmediato. Pero pasó bastante tiempo antes de que tuviera uno. Primero me las arreglaba con un Casiotone, aquellos organitos de juguete, donde tocaba “El Golpe”, “Carros de fuego”, ese tipo de cosas. Mi primer piano lo tuve cuando me mudé a Uruguay, me lo regalo mi tía en un arranque de generosidad. Esos años fueron muy lindos. Vivíamos en casa en el Prado, y me pasaba todo el día jugando al fútbol con mis amigos en la calle. Después de haber vivido en el DF, aquello era un paraíso de seguridad. Yo digo que tuve una infancia ideal. Después del piano vendría mi primer teclado, que lo tuve a los 15 años. Tenía sequencer, gran cosa, porque me permitía componer por pistas. En esa época me gustaba mucho Prince, Mano Negra, el hip-hop francés, Chick Corea, alguna cosa de jazz; digamos que empezaba a tener un acercamiento pseudos – intelectual a la música, el virtuosismo que uno suele admitir cuando es adolescente. Pero también escuchaba Charly García, especialmente el disco “Piano Bar”, que a pesar que estaba lleno de sintetizadores por todos lados, la composición funcionaba como una pequeña orquesta. Ahí comenzaba a entender el piano como un instrumento más dentro de la paleta. Por esa época conocí a Gabriel Casacuberta. Para los músicos que recién empezábamos, él era una especie de mito, un pendejo super bocho que se tocaba todo. Lo conocí por casualidad. Resulta que el tenía el mismo modelo de teclado que yo me acababa de comprar, un Roland D-20. Entonces un día tenía una duda sobre una cuestión super técnica del funcionamiento del teclado. Conseguí su número de teléfono y lo llamé. La pregunta seguramente era sobre algunas función del teclado medio rara y oculta, que solo podía conocer alguien que había dedicado mucho tiempo a estudiarlo. Por eso Gabriel se sorprendió mucho de que yo supiera ese dato y… digamos que ese conocimiento fue como una prueba de aptitud para ser amigos. Nuestra amistad y colaboración musical dura hasta hoy, pasando por nuestra aventura “hiphopera” en Plátano Macho, luego Bajofondo Tangoclub y también tocando en mi disco y mis conciertos. De la época del famoso Roland D-20 hasta el día de hoy, siempre hemos estado tocando juntos. Presente Y no tanto. En el 2001 me fui a Francia a estudiar piano y composiciones. Pasé todo el año encerrado componiendo. De esa época son la mayoría de las canciones de mi primer disco. También empecé a trabajar con Jorge Drexler, haciendo arreglos de sus últimos tres discos y tocando en los conciertos. Después vendría el proyecto de BajofondoTangoClub, con Juan Campodónico y Gustavo Santaolalla. Luego se editó mi disco “Supervielle”, que ahora estoy presentando acá, en Argentina, Brasil, Colombia, Europa y anda a saber dónde más. Estoy muy contento con todo lo que está pasando.
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