En las costas de Rocha, doscientos sesenta kilómetros al este de Montevideo, una punta de tierra entra al océano más allá que cualquier otra. Es un cabo, un jirón de continente cercado por el mar, lugar de cielos abiertos y cambiantes donde el viento nunca cesa.

No es improbable que el nombre le venga de un capitán Joseph Polloni cuya nave llegó a sus costas para morir el verano de 1753, averiada en las restingas rocosas que protegen el cabo del lado del mar. Para los navegantes de siglos pasados, el paraje señalado por ese extremo de dunas incomparables fue un lugar maldito. Allí los naufragios se repetían y en sus playas brillaban, por las noches, luces inexplicables, malas.