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"Temporada de pathos", nuevo libro de Ignacio Alcuri
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Torpe Introducción

"¡Temporada de Patos!", gritó Lucas, y Elmer jaló del gatillo. La escopeta disparó directamente a la cabeza del pájaro negro, que cayó al piso desfigurado y con claras muestras de dolor. No lo sabíamos, pero con cada perdigonazo se moría un poco de nuestra infancia. Habíamos descubierto el poder de las armas de fuego y la maldad del ser humano. Sólo restaba entender que en la vida real las heridas no se curaban acomodándose el pico.

Biografía

Ignacio Alcuri (Montevideo, 1980) es autor de Sobredosis Pop (2003), Combo 2 (2004), Problema Mío (2006) y Huraño Enriquecido (2008). Participó en las antologías El Arca (2007), El Futuro no es nuestro (2008) y Esto no es una antología (2008). Fue guionista de radio en Justicia Infinita y Vulgaria. Es conductor y guionista de Reporte Descomunal, integra el equipo de prensa de Montevideo Portal, escribe en Los Informantes (Diario) de La Diaria y es columnista del suplemento Domingo de El País. Realiza stand-up en De Pie con textos de su autoría. Desde 2004 mantiene su blog http://hijodechucknorris.blogspot.com.

2 Cuentos:

Una noche en el Solís

El teatro estaba repleto y no era para menos: el famoso clarinetista polaco Yupansky visitaba nuestro país por primera vez en más de una década. La productora había tenido que agregar una segunda función, para la que sólo quedaban un puñado de entradas.

Diez minutos después del horario programado para comenzar, el maestro salió a escena y provocó una explosión de papel picado, cánticos y hasta una bengala. Esto último me pareció de mal gusto y le respondí con silbidos.

Cuando todo se silenció, Yupansky se dirigió a nosotros en perfecto castellano. Explicó que su manager de toda la vida había muerto de un ataque al corazón en los camerinos, hacía pocos minutos, pero que realizaría el concierto en honor a su memoria. Le respondimos con una ovación de pie.

Comenzó tocando su famosa «Suite n.º 13», un reggaetón escrito en la mencionada habitación de un conocido hotel de Miami, y siguió con dos temas de su último disco. La cuarta interpretación fue un cover de Mozart.

Promediando el show, un hombre de gabardina beige pidió el micrófono a Yupansky para hacer un anuncio. Se identificó como un detective de homicidios y reveló que el manager en realidad había muerto envenenado, y que todos éramos sospechosos. Aclaró que los interrogatorios recién comenzarían cuando finalizara el concierto, lo que aplaudimos con gratitud.

La segunda mitad del repertorio del polaco cayó en varios lugares comunes, como la sonata «Mate del Pastor» en cuatro movimientos y un tema de Eduardo Mateo, cuyo apellido Yupansky pronunció erróneamente «Matthews».

Después del último tema, los presentes mantuvimos las palmas, cumpliendo nuestra parte del contrato tácito que garantiza dos o tres bises, pero Yupansky no aparecía. Quien sí lo hizo fue el detective de homicidios. Explicó que el análisis de las huellas digitales en el frasco de veneno condenaba al músico, quien se había enterado del amorío entre el manager
y la señora Yupansky.

No volvimos a ver al virtuoso, quien fue conducido por la policía por la puerta trasera del teatro hasta la comisaría más cercana. Dejamos la sala de forma ordenada, comentando por lo bajo lo sucedido.

La información todavía no había llegado al exterior, y los que habían comprado entradas para la función de segunda hora hacían fila en la puerta del Solís. Nos miraban de reojo, buscando apenas un indicio de cuán disfrutable había sido el espectáculo. Yo no pude con mi genio, y dije en voz alta:
—El asesino es Yupansky.

 


Un disgusto

Se salvó porque lo detectaron a tiempo, otros no fueron tan afortunados como él. En el transcurso de una semana el médico le diagnosticó cáncer de buen gusto, se lo operaron y volvió a su ritmo de vida normal. Claro que no todo volvió a ser como antes porque, para evitar una reaparición, decidieron extirparle el buen gusto por completo.

Ahora nos da bastante vergüenza salir con él. Se pone unos vestidos de terciopelo que mandó traer desde el exterior, y varía los colores según el día de la semana. El de los lunes es verde agua, el de los martes, violeta, los miércoles usa uno que simula la piel de un leopardo, el de los jueves tiene rayas horizontales en rosado y amarillo, para los viernes tiene uno con la palabra viernes bordada en la espalda, los sábados usa uno blanco con detalles en marfil, y los domingos vuelve a usar el que dice viernes.

La experiencia cercana a la muerte lo volvió más espiritual y filosófico, lo que lo transformó en interlocutor de peso en cada mesa de bar. Pero hay que tolerar que llegue a cada una de esas mesas usando una vincha con antenitas, lentes de falso culo de botella y un collar luminoso que funciona con tres pilas de botón. Y si lo criticás se ofende, porque él no lo hace de gracioso, sino porque no le queda un solo gramo de buen gusto en el cuerpo.

Nosotros, como amigos, tratamos de ayudarlo. Pero él siempre fue terco y, si antes no se bancaba que le dijeras que su camisa hubiera ido mejor con otra corbata, hoy no hay forma de convencerlo de que es feo caer a un velorio con una remera de Floripa y los testículos al aire.

Su madre hace un esfuerzo enorme para pagarle la combinoterapia. Gracias a eso, ya empezó a usar cordones de zapatos del mismo color. Ahora va a tratar de usar un zapato izquierdo y uno derecho.

Lo que le está haciendo mucho bien es reunirse con personas que pasaron por lo mismo. El otro día lo llevé hasta una cena de gala que organizaron en el Club Banco República. Aquello parecía el Cirque du Soleil.

 
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