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| ¿Estás entre esas personas que piantan un lagrimón cada vez que ven un Atari, una botella de leche de vidrio o se encuentran en el altillo con los restos del Simon? En nuestro espacio clásico de Qué es de la Vida, abrimos una sección destinada a recordar y repasar la historia de los objetos que marcaron parte de nuestras vidas y desaparecieron con los años. |
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| Fábrica de los Pitufos | ||||
| Los veías por la tele y los creaste en tu casa. Recordamos la fábrica de los Pitufos, así como la historia de los hombrecitos azules.
Nos acompañaban durante las tardes, nos enseñaban sus valores y hasta nos cantaban. No, no eran nuestros padres. Ellos estaban trabajando para ganarse el pan. Nos referimos a los Pitufos. Nacidos de la pluma del dibujante belga Peyo, sus historietas se hicieron famosas en Europa y llegaron hasta nuestras tierras, pero la mayoría los recuerda por la serie de dibujos animados que se transmitieran en nuestro país. Allí contemplábamos la vida de esas alegres criaturitas azules, que vivían en el medio del bosque, utilizando hongos como viviendas y alimentándose de las hojas de zarzaparrilla. Sus aventuras eran interrumpidas por el malvado hechicero Gárgamel y su gato Azrael, quien quería transformarlos en oro. Los Pitufos fueron un éxito a nivel mundial, generando merchandising en los rubros más diversos que uno pueda imaginar. Pero uno de ellos tuvo tanta repercusión en nuestro país, que muchos lo recuerdan y se preguntan qué fue de la vida de él. Nos referimos, lógicamente, a la Fábrica de los Pitufos. Publicitada con ingenio durante la tanda de los dibujos animados, se presentaba la manera perfecta de contar con el batallón propio de estos diminutos engendros. La fábrica traía diferentes moldes, con los cuales se podía crear la anatomía del sabio Papá Pitufo, la coqueta Pitufina y los miles de pitufos genéricos que pululaban en la aldea. Se llenaba el molde con cerámica sin horno y se cerraba. Con una pequeña espátula se retiraba el excedente de material y se esperaba a que endureciera. Luego se pintaba para que quedara azul cielo, como distingue a los Pitufos. Para caracterizar a cada uno de los pitufos de poca monta, algunas ediciones de la fábrica traía accesorios plásticos. Pegándole una trompeta se creaba al Pitufo Músico, con unos espejitos se creaba al Pitufo Vanidoso y con un gorrito de visera se creaba al Pitufo Plancha. No fue la única fábrica que se popularizó en esa época. El Topo Gigio también quiso perpetuarse en los hogares infantiles con la multiplicación de sus figurines de cerámica, así como My Little Pony. Con el tiempo desapareció para dar lugar a entretenimientos con cartuchos y joysticks, y toda la manualidad que tienen los muchachos es la de modificar el 3 de un carnet para que parezca un 8. En la actualidad este elemento nostálgico puede encontrarse, como tantos otros de su calaña, en los sitios de remate por internet. Allí, quienes tenían una madre que al entrar en la adolescencia tiró a la basura todos los objetos de su niñez, se dan cuenta de la fortuna que dejaron escapar entre sus dedos. En el viejo continente, los álbumes de historietas de Peyo (y sus sucesores, ya que falleció en 1992) continúan agotando ediciones. Por nuestras costas, tan solo alimentan la nostalgia de quienes alguna vez se sintieron, con propiedad, fabricantes de Pitufos. ![]() |
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