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CIUDAD VIEJA A POCAS HORAS DE LA CUMBRE

Calles encumbradas

Si uno viene desde la Plaza Independencia hacia la puerta de la Ciudadela se encuentra con un vallado que le impide continuar por la peatonal.

La XVI Cumbre Iberoamericana y el Día de los difuntos conspiraron para que la Ciudad Vieja sea un desierto urbano. Se escuchan fuerte los pasos de los peatones que deambulan por allí, en su mayoría policías, e integrantes del cuerpo de seguridad de las delegaciones extranjeras.

Si uno viene desde la Plaza Independencia hacia la puerta de la Ciudadela se encuentra con un vallado que le impide continuar por la peatonal. Las opciones son, seguir hasta Buenos Aires y entrar por Bacacay o hacer atajo por una de las galerías que salen a esa calle. El pasaje por la puerta de Montevideo, está cortado por una especie de tribuna y un vallado. La seguridad de la ciudad es un pieza letal a su salud estética.

El quiosquero de enfrente a la puerta de la Ciudad Vieja no se queja ''Hay que tomarlo como un feriado, no hay que hacerse mala sangre''. La situación no es la misma para los artesanos de la peatonal Sarandí que aspiran a vender sus piezas con más facilidad. ''Pésimo, estos días han sido pésimos'' dijo Elizabeth, una chilena de unos 25 años que ofrecía un pequeño libro artesanal.

''La Cumbre no está para comprarnos, está para sacarnos'' afirmó otro de los artesanos que trabajan allí, coincidiendo con sus compañeros que desde la preparación de la Cumbre las ventas bajaron.

Con más filosofía, en el mal sentido de la palabra, se lo tomaron Daniel y Micaela, de unos 8 y 10 años que llegaron a la plaza Independencia para vender flores en la Cumbre. ''Nosotros pasamos porque somos amigo del policía'', advirtió Micaela con plena autoridad, mientras acomodaba la flores que terminarían siendo compradas por la voluntad de algún acompañado.

Alejandro, más temprano que tarde, decidió poner en la puerta de su ferretería un puesto de banderas y quedarse ahí, al acecho de cualquier nacionalismo repentino.

Por las conversaciones pasean las palabras ''bomba'', ''Bin Laden'', ''terrorista'' ''milico'' y ''todo trancado''. ''Fijate que si yo estoy parado allí con una bomba, dijo una desconocida señalando el Teatro Solís, no tienen manera de impedir que llegue corriendo hasta el Hotel, no pueden hacer nada'', comentó a su familia indignada por la eventual falla de seguridad.

Entre risotadas y burlas los policías disfrutan de la tarde recostados sobre los patrulleros, sentados en los bancos o apoyados en las paredes de la ciudad con cara de estar haciendo algo nuevo.

¿Pero qué están haciendo? Están garantizando la seguridad, protegiendo las condiciones requeridas para que delegaciones de 22 países puedan sentarse un rato a charlar sobre el futuro bienestar de los países miembros.

El lunes la zona volverá a la normalidad, excepto por el recuerdo de un fin de semana de primavera disfrutado entre himnos, discurso y protocolo.

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