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18.11.2009 14:04
La que avisa no traiciona "En política nunca se puede decir nunca", contestó la senadora Lucía Topolansky cuando en una entrevista concedida a la agencia EFE, le preguntaron si hoy justifica el uso de las armas para defender ideas políticas. Posteriormente, en declaraciones para Radio El Espectador, Topolansky ratificó sus dichos e hizo referencia al contexto histórico en el cual actuó la guerrilla tupamara que ella integró: "No se pueden descontextualizar las decisiones políticas, sean buenas o malas", expresó.
Nadie podría negarle a la senadora Topolansky el mérito de la sinceridad. Pocos días después del caso Feldman y pocos días antes de la elección presidencial, la esposa de José Mujica pudo haber disimulado su pensamiento, pero no lo hizo. Dijo lo que piensa con total claridad. Si en contra de lo que la propia Topolansky recomienda, hiciéramos abstracción del contexto de sus declaraciones y las considerásemos en un plano de absoluta generalidad, quizás podríamos coincidir con ellas. Después de todo, el derecho de resistencia a la opresión fue proclamado ya en la Revolución Francesa. Contra un invasor extranjero, o contra una dictadura que desconociese la soberanía de la nación y los derechos individuales, se justificaría ciertamente el empleo de la violencia. Pero Topolansky no consideró necesario formular esas precisiones, ni en la entrevista para EFE ni posteriormente, en las declaraciones para El Espectador. Su "nunca digas nunca" es de una ominosa amplitud; parece un comodín, que puede jugarse en cualquier momento. La referencia al contexto histórico que hace Topolansky no ayuda nada. Los tupamaros comenzaron a recorrer el sangriento camino de la lucha armada a comienzos de los años 60, cuando el hasta entonces pacífico Uruguay era gobernado por un Consejo Nacional de Gobierno al que se le reprochaba falta de ejecutividad, pero no autoritarismo. Evocar aquellos años sin asumir la correspondiente autocrítica –"en el acierto o en el error", dice evasivamente la senadora cuando alude a los hechos de entonces-, deja margen para suponer que sigue considerando justificada la apelación a las armas, aun en plena vigencia de la Constitución. El contexto actual ayuda todavía menos que el contexto histórico. La "fuerza política" de la senadora tiene y tendrá mayoría en el Parlamento; su esposo puede ser el próximo presidente y ella, como primera senadora del Frente Amplio, sería en ese caso la segunda ciudadana en la línea de la sucesión presidencial. De quien en cualquier caso tendrá mucho poder, la ciudadanía tiene derecho a esperar un compromiso claro e inequívoco de lealtad a las instituciones republicanas. Pero no es eso lo que estamos recibiendo de la senadora Topolansky. Alguien podría decir que es absurdo pensar que puedan recurrir a la lucha armada, quienes están muy cerca de lograr la presidencia de la república por libérrima decisión del Cuerpo Electoral. Evidentemente, así es. Lo que a esta altura me preocupa a mí, y seguramente a muchos otros, no es cómo piensan acceder al poder los tupamaros, sino cómo han de ejercerlo en caso de que Mujica sea elegido presidente. Como ciudadano, quisiera escuchar que se comprometen a ajustarse estrictamente a la Constitución y a las leyes, en cualquier circunstancia o "contexto", y que van a respetar los derechos de todas las personas, aunque se trate de alguien a quien ellos consideren reaccionario, oligarca o "cajetilla de Pocitos". Pero no es eso lo que dicen. Mujica hace equilibrio en el pretil; un día se refiere a la guerrilla tupamara de los años sesenta como a "un movimiento político en armas", y otro día, arrinconado por el interrogatorio de Emiliano Cotelo, dice escuetamente que está arrepentido de lo hecho en aquellos años, sin explicaciones. Topolansky no anda con vueltas y dice, francamente, "nunca se puede decir nunca". El Poder Ejecutivo tiene mucho poder; dispone de muchos medios para afectar la vida y los derechos fundamentales de las personas. Contra los eventuales abusos del poder administrador se puede protestar y se puede recurrir, pero normalmente no se puede evitar que el daño se produzca. Cuando "la lucha por el derecho" es una lucha contra el Estado, las más de las veces termina siendo una lucha por la reparación meramente económica y tardía, de perjuicios ya causados e irreversibles. Por eso es tan importante que el presidente y quienes lo rodean sean personas de claras y firmes convicciones republicanas. De derecha o de izquierda, reformistas o conservadores, más partidarios del Estado o más partidarios del mercado: todo eso es secundario. Lo realmente importante es que estén íntimamente convencidos de que el fin no justifica los medios y que no es lícito apartarse de los caminos del Derecho, para llegar antes a la meta que se quiere alcanzar. Para Mujica quizás todo esto sea "pacatería institucional" (ver entrevista en Brecha del pasado 29 de Mayo). Para nosotros son las formas de la libertad: es la república. Nadie podrá decir, el lunes 30 de Noviembre, que el día anterior debió elegir a ciegas. Mujica ha hablado mucho; la senadora Topolansky ha dicho lo suficiente. El que tenga oídos para oír, que oiga. Y el que no quiera oír, después, que no se queje. %%Noticias_asociadas_INI%%
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