¿Es correcto utilizar el concepto de bipartidismo con este mapa político?
¿Cuáles son los criterios que deben tomarse en cuenta para caracterizar
al sistema de partidos? ¿Supone esto un equilibrio o debemos esperar
cambios en el corto plazo? En estos breves apuntes intentaré responder
a estas preguntas, valiéndome de la acumulación académica
en esta materia y también de algunos conceptos de la Ciencia Política
moderna.
EL SISTEMA DE PARTIDOS EN URUGUAY
Giovanni Sartori (1980) clasificó a los sistemas de partidos a partir
de dos propiedades: el número de partidos y la forma de competencia.
El número de partidos refiere a la cantidad de partidos relevantes que
conviven en un sistema (todos los que pueden ser parte de una coalición
y todos los que cuenten con posibilidad de chantajear al gobierno). El tipo
de competencia refiere a la orientación predominante en el sistema: si
compite hacia el centro centrípeta- o si se compite hacia los
extremos del espectro político -centrífuga-. La clasificación
de Sartori establece siete categorías de sistemas de partido. Tres de
ellas parecen muy útiles para el estudio del caso uruguayo: el sistema
de partido predominante, el sistema bipartidista y el sistema de pluralismo
limitado.
Según Sartori, un sistema bipartidista es aquel donde: a) dos partidos
se encuentran en condiciones de competir por la mayoría absoluta de votos,
b) uno de ellos logra conquistar la mayoría en la cámara, c) en
virtud de esto el ganador está dispuesto a gobernar sólo, d) el
partido que pierde la elección mantiene la expectativa de ganar y generar
una alternancia en el poder. Un sistema de pluralismo limitado es el que cuenta
con: a) por lo menos tres partidos relevantes, b) donde ninguno alcanza la mayoría
absoluta de la cámara, c) por lo cual se ven obligados a gobernar bajo
un formato de coalición. Su estructura de funcionamiento es bipolar y
lo distintivo es la existencia de coaliciones alternativas. Finalmente, un sistema
de partido predominante es aquel donde un partido consigue una mayoría
absoluta en la cámara durante al menos cuatro elecciones consecutivas.
La sabiduría convencional considera que en Uruguay ha existido un sistema
bipartidista al menos hasta 1971. Posteriormente se entiende que el sistema
ha sido multipartidista. Esta percepción es razonable, pero cuando se
profundiza en el análisis la evaluación se vuelve algo más
compleja. Por ejemplo, Sartori afirmó que Uruguay tuvo un sistema de
partidos predominante entre 1868 y 1967 ya que el PC contó con una mayoría
en el Parlamento. Luis E. González (1993) señaló en cambio
que Uruguay tuvo hasta 1971 un sistema bipartidista con la excepción
del período 1943-1958 cuando el PC fue un partido predominante. Luego
de 1971 el sistema fue de ''dos partidos y medio'' (Blondel, 1968)
y a partir de 1989 evolucinó hacia un formato de pluralismo limitado.
La lectura de González fue criticada por Pablo Mieres (1992), quien señaló
que Uruguay contó con un sistema bipartidista hasta 1971, y posteriormente
con un sistema de pluralismo limitado. En grandes líneas, la discusión
académica se concentró en torno a la caracterización del
sistema de partidos previo a 1971 y en la etapa de transformación 1971-1989.
Nadie en cambio ha discutido la idea de que Uruguay contó entre 1989
y 2004 con un sistema de pluralismo limitado.
EL SISTEMA A PARTIR DE 2004
La tipología de Sartori es utilizada en la actualidad con una modificación.
Los criterios para determinar cuáles partidos son relevantes fueron sustituidos
por la fórmula aritmética de Laakso y Taagepera (1979) que permite
calcular el número efectivo de partidos (NEP). Esta medición estima
cuántos partidos existen en un sistema, ponderándolos según
su peso electoral (o legislativo) específico. Si dos partidos se reparten
equitativamente la totalidad de votos, el NEP será 2. Si uno de ellos
es mayor que el otro, el NEP será menor a 2. Cuando el NEP se mueve entre
2 y 2,5 tendremos un sistema con dos grandes partidos y un tercero pequeño.
Cuando el NEP oscila entre 2,5 y 3,0, tendremos un sistema con dos partidos
grandes y uno intermedio o dos o más partidos pequeños.
La evolución del NEP en Uruguay confirma alguna de las ideas manejadas
por González y Mieres. Entre 1942 y 1971 existió un sistema bipartidista,
pese a la existencia de un puñado de partidos menores. La división
del PN y la buena votación de algunos partidos menores elevó el
NEP en 1946, pero en la elección inmediata el mismo vuelve a indicarnos
la existencia de un formato bipartidista que se mantendría sin cambio
hasta 1971. Ese año se inicia un proceso de aumento de la fragmentación
y por tanto de transformación del sistema de partidos: en 1971 el NEP
(2,7) nos indica la existencia de dos partidos grandes y uno intermedio; en
1984 el NEP (2,9) nos muestra un escenario con casi tres partidos relevantes;
y en 1989 esa tendencia se consolida con un NEP de 3,3. Durante los noventa,
Uruguay contó con un sistema de pluralismo limitado con tres grandes
partidos y un cuarto más pequeño.
Pero en 2004, el NEP baja drásticamente a 2,5, lo cual supone el movimiento
más espectacular observado en la historia del sistema de partidos. Esto
nos indica que tenemos un sistema bipartidista con dos partidos relevantes,
un tercero pequeño y un cuarto al borde de la extinción. (ver
gráfico).
El NEP del 2004 nos obliga entonces a caracterizar al actual sistema como bipartidista.
Ni siquiera podríamos considerarlo como un sistema de ''dos partidos
y medio'', en el sentido de Blondel, pues los dos partidos mayores sumados
superan el 80% de los votos. Además si consideramos los criterios de
Sartori, podemos observar que todos se cumplen a la perfección: el FA
alcanzó la mayoría absoluta de votos, está en condiciones
de gobernar sólo, y el PN tiene la expectativa de ganar la elección
en el 2009 y alternar en el gobierno.
Por tanto, parece razonable afirmar que el sistema de partidos uruguayo se
ha vuelto bipartidista. Ello nos obliga a preguntarnos qué sucederá
con este formato en el futuro inmediato y si este formato representa un punto
de equilibrio. Para responder necesariamente debemos considerar al conjunto
de reglas que regula la contienda entre los partidos y proyectar al mismo tiempo
escenarios futuros de competencia.
LAS REGLAS DE JUEGO Y EL FUTURO
Las reglas electorales generan estímulos y restricciones sobre el comportamiento
de los actores políticos. En un régimen presidencialista, la forma
de elección del jefe del ejecutivo es la regla que más influye
sobre la fragmentación del sistema de partidos, particularmente, si la
elección del presidente se realiza en forma simultánea con la
de elección parlamentaria.
Los principales estudios comparativos muestran que cuando el presidente es electo
por mayoría simple de votos la competencia tiende a polarizarse entre
dos grandes opciones. Esta dinámica empuja al sistema hacia la conformación
o el mantenimiento de un sistema bipartidista. En cambio, cuando el presidente
es electo por mayoría absoluta la competencia tiende a fragmentarse,
favoreciendo así el aumento o el mantenimiento de un sistema multipartidista.
Obviamente, estos hallazgos empíricos no pueden ser considerados leyes
universales, pues sólo representan tendencias generales que funcionan
bajo ciertas condiciones específicas.
Uruguay eligió a sus presidentes por mayoría simple de votos
hasta la reforma constitucional de 1996 que introdujo la elección por
mayoría absoluta de votos o balotaje. El sistema de partidos se comportó
de acuerdo a lo esperado en términos teóricos hasta 1971. Con
el nacimiento del FA el sistema de partidos comenzó a transformarse,
abriendo una incógnita sobre su futuro. En tanto el partido desafiante
crecía elección tras elección, el espacio de los otros
dos partidos se veía disminuido en una misma proporción. Esta
tendencia permitía avizorar un resultado final del proceso de cambio
del sistema de partidos. El FA terminaría por desplazar a alguno de los
dos partidos tradicionales y se conformaría así un nuevo bipartidismo.
En el Reino Unido sucedió precisamente eso entre 1918 y 1931. El Partido
Laborista reemplazó en ese período al Partido Liberal y constituyó
un nuevo bipartidismo junto al Partido Conservador. Si bien numerosos factores
influyeron en ese proceso, suele considerarse a la mayoría simple utilizada
en las circunscripciones uninominales como el elemento determinante de ese proceso.
Si Uruguay no hubiese incorporado el balotaje muy probablemente el reemplazo
se habría producido en la elección de 1999 o en la de 2004.
Si se hubiese mantenido la mayoría simple, en 1999 Jorge Batlle habría
ganado igualmente la elección presidencial, el FA se habría constituido
en la segunda fuerza, y el PN habría quedado relegado en un lejano tercer
lugar. La elección municipal de Canelones en mayo de 2000, nos mostró
precisamente lo que podría haber acontecido con el sistema de partidos.
El FA tenía gran chance de conquistar el triunfo y ante ello, un conjunto
de dirigentes nacionalistas decidió apoyar al principal candidato colorado.
Al mismo tiempo, un número importantísimo de votantes blancos
se inclinó por el PC para evitar el triunfo de la izquierda. El resultado
final arrojó un formato bipartidista, con el PN empequeñecido
al mínimo.
La incorporación del balotaje en 1996 abortó por completo este
proceso de cambio. La dinámica que impone esta forma de elección
permite a los perdedores revertir situaciones electorales críticas en
períodos cortos de tiempo. El PN votó muy mal en 1999, pero cinco
años más tarde pudo recomponerse y votar admirablemente bien.
Con mayoría simple, en 1999 hubiese votado todavía peor y difícilmente
se hubiera recuperado como efectivamente lo hizo. En esta elección el
PC tuvo el peor desempeño electoral de su historia. Sin embargo, este
partido puede revertir en un período no muy largo la dramática
situación que hoy vive. Con mayoría simple, la suerte del PC sería
muy distinta. En otras palabras, con el sistema de elección presidencial
anterior, deberíamos estar dándole la razón a los analistas
que profetizaron la ''extinción'' del PC.
Desde este modo, el balotaje puede ser considerado como un ''seguro de
vida'' para los partidos tradicionales. Por un lado, evitó que el
proceso de transformación llegara a su fin y fuera reemplazado alguno
de los dos viejos partidos. Por otro, abre una continua esperanza de recuperación
para los que sufren graves reveses electorales debido a la dinámica de
competencia que el sistema impone.
RESURGIMIENTO O MUERTE DEL PC
Por tanto, debe subrayarse que el bipartidismo actual no representa un punto
de equilibrio en la evolución del sistema de partidos. Apenas representa
una resultante de un proceso determinado por la llegada del FA al gobierno.
En la próxima elección, las cosas podrían ser bien distintas.
El resultado perfectamente podría llegar a determinar un formato partidista
más parecido al de los años noventa que al que hoy tenemos. Si
durante el 2009, ninguno de los grandes actores (FA y PN) sobrepasa con holgura
el 40% de la intención de voto, y si la ciudadanía toma conciencia
de ello, la competencia de primera vuelta abrirá oportunidades inmejorables
para el tercer partido -e incluso para el cuarto-.
No obstante, parece imposible ser categórico respecto a este punto,
pues todo dependerá de cómo le vaya al FA en el gobierno, de cómo
actúe el PN en la oposición, y de cómo los propios colorados
procesen la renovación pendiente. Si el FA y el PN hacen bien las cosas,
el PC no tendrá chance de recuperación, pero si el FA o el PN
cometen errores, tal vez el viejo partido de la defensa cuente con una oportunidad
de resurgimiento. De todas maneras, la suerte del PC depende también
de cómo procese su postergada renovación y de cómo influyan
ciertos factores cuya evolución escapa a nuestra imaginación (el
rol de los líderes históricos, la actitud de los dirigentes más
jóvenes, las cuotas de poder institucional que mantenga el partido, etc.).
En suma, Uruguay cuenta a partir del 31 de octubre con un sistema bipartidista.
Este formato es incompatible con las reglas que ordenan el juego político.
De no modificarse la principal regla -forma de elección del presidente-
este formato partidario podría llegar a variar antes de lo imaginado.
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