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El guardia de Suárez
En la residencia presidencial, ubicada en Suárez
y 19 de abril, quedaron grabadas las historias de decenas
de personas que habitaron o recorrieron el lugar. Fiel
ejemplar de las fincas señoriales del siglo XIX,
que fueron erigidas en el entorno rural del Prado, sus
orígenes se remontan a 1832, cuando los terrenos
fueron adquiridos por Juan Sánchez, su primer
propietario. Después de pasar por varias familias
ilustres, como los Viana, los Bayley o los Bonifacino,
en 1907 se levantó un edificio de tres pisos
de aspecto opulento, rodeado por un extenso campo. En
1920, Matilde Ibáñez (la madre del ex
presidente Jorge Batlle) conoció a quien sería
su marido, Luis Batlle Berres, en la esquina de esta
casa; veintisiete años después, cuando
Batlle Berres se convirtió en presidente y el
Ejecutivo buscaba una residencia adecuada, el recuerdo
de dicho encuentro llevó a que Matilde insistiera
en comprar aquella (por entonces no tanto) antigua casona.
Con la llegada de la comitiva presidencial, la casa
se fue ampliando para recibir a un personal amplio,
que incluía tanto al servicio doméstico
como la seguridad. Con el fin de custodiar la casa y
sus terrenos, el gobierno decidió erigir un muro
y colocar garitas en los rincones del perímetro,
destinando una guardia permanente por turnos. Las torretas
edificadas eran pequeñas y tenían lugar
para una sola persona, por lo que los soldados se veían
obligados a realizar una prolongada vigilia en soledad,
a la espera de un compañero que viniera a relevarlos.
Poco tiempo después de cumplirse el mandato de
Andrés Martínez Trueba, entró al
regimiento de Blandengues (los oficiales encargados
de la seguridad externa de Suárez) un hombre
muy callado e introvertido, al que le correspondía
hacer la guardia nocturna en una de las garitas del
perímetro. Como su comunicación con el
resto de sus compañeros era muy escasa, pocos
podían prever lo que ocurriría pocos meses
después de su ingreso: de naturaleza taciturna
y depresiva, quizá alimentada por las largas
horas de vigilancia solitaria y el entorno melancólico
del Prado, el joven guardia se quitó la vida
en la garita, usando su propia arma de reglamento.
Según cuenta la leyenda, mucho tiempo después
del trágico suicidio del soldado la residencia
de Suárez comenzó a ser testigo de fenómenos
extraños. Una noche, mientras el oficial a cargo
de los Blandengues formaba la guardia encargada de relevar
a los que estaban apostados, apareció uno de
los soldados de las garitas antes del relevo correspondiente.
Consultado por el sargento, el hombre explicó
que un blandengue nuevo había sido el encargado
de sustituirlo en sus tareas. No supo decir su nombre,
pero lo describió como un tipo extraño,
vestido con cierta antigüedad pero que se trataba
claramente de uno de los guardias del recinto, ya que
estaba familiarizado con los horarios y algunos detalles
de la residencia. Comprobando con extrañeza que
todos los soldados asignados estaban presentes, el sargento
le pidió detalles más específicos
de su apariencia y se puso pálido al recibir
el reporte; cuando fueron hasta la garita correspondiente
y verificaron que estaba vacía, el oficial no
tuvo dudas. Cada tanto, y al cumplirse la hora del comienzo
del relevo nocturno, la figura del guardia muerto años
atrás aparecía para seguir cumpliendo
sus tareas con puntualidad, completando una ronda que
culmina en el lugar donde apretara el gatillo de su
arma. La silueta de esta aparición fantasmal
suele surgir en las noches de abril, el mismo mes en
el que se quitó la vida, espantando a los soldados
a pesar de su tranquilidad inofensiva y su mueca impávida;
se lo ve pulcramente uniformado, a tal punto de que
los ocasionales transeúntes no sospechan, al
pasar, que una presencia intangible custodia el hogar
del presidente.
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