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Fantasmas de ruta 2
Llega la segunda entrega de nuestra edición de
Fantasmas de ruta, que en la edición anterior
incluía las leyendas de “la curva de la
muerte”, “el mendigo de 8 de octubre”
y “el andante”. En esta ocasión continuamos
con una serie de relatos cortos, que tienen relación
no sólo con las rutas sino también con
los rieles que cruzan el país.
La dama del puente
A fines de los años ’40, la localidad
de Vergara, ubicada entre Treinta y Tres y Cerro Largo,
distaba mucho de ser el centro arrocero de exportación
en que se convertiría luego; por aquella época,
era más un pueblo que una ciudad, con unos cuantos
cientos de habitantes. La población se había
originado a orillas del Parao, un arroyo – o más
bien un río de llanura- agreste y con muchos
bañados. Quiso el infortunio que culminando la
década del ’40 el Parao fuera testigo de
una desgracia que sacudió al pueblo: una mujer,
que paseaba sobre el puente ferroviario que cruzaba
las aguas, fue atropellada por un tren que hacía
su ruta a un horario desacostumbrado.
Al tiempo de este suceso, los pobladores que vivían
cerca del puente comenzaron a escucharen forma cíclica
los ruidos de la tragedia. Todas las noches, a la distancia,
se repetían los ecos amortiguados de los sonidos
de aquella noche: el traqueteo del tren, los gritos,
el murmullo de la gente y la ambulancia improvisada.
Durante años, a través de la repetición
sonora del accidente, los habitantes de la zona debieron
revivir el impacto de la tragedia que había conmocionado
a la tranquila población de Vergara. Aunque en
la noche no pudiera percibirse un solo movimiento, la
mujer del puente recordaba su propia desgracia a través
de la recreación de los sonidos que precedieron
y continuaron a su propia muerte.
Las tragedias ocurridas en puentes, muy comunes en
el interior del país, dejan de tanto en tanto
sus propias historias de fantasmas y regresos. El relato
del espectro femenino que recorre el lugar donde perdió
la vida se repite en más de una localidad. En
el puente de la Barra de Santa Lucía, a altas
horas de la madrugada, el ocasional peatón podrá
sentir la presencia de otros transeúntes caminando
a su lado, una pequeña multitud conformada por
quienes fallecieron en los accidentes de la zona.
Estas entidades no se visualizan jamás, excepto
por la aparición de una mujer joven con un vestido
ligero. Con el rostro desenfocado, ligeramente borroso,
la dama de Santa Lucía acompaña a quien
cruza el puente de punta a punta y a una prudente distancia.
Una vez cumplido el objetivo, la figura se desvanece,
como si su tarea fuera oficiar de custodio a quienes
cruzan el puente a horas poco seguras, las mismas en
que la joven encontró la muerte.
(Gracias Keni y Javier)
Los zapatos cambiados
En una plaza céntrica de Montevideo, hace algunas
décadas, ocurrió un accidente que terminó
con la vida de un joven de buena posición económica.
El hombre regresaba de una fiesta, con unas copas de
más, y estrelló el auto al tomar una curva
demasiado pronunciada, muriendo en el acto.
El lugar comenzó a llenarse de curiosos rápidamente,
por lo que la policía, intentando mantener el
control, realizó un vallado de seguridad, salió
en busca del forense y dejó a un agente a cargo
del cuerpo. El policía, que era de origen humilde,
vio las ropas carísimas del finado y no tuvo
mejor idea que realizar un cambiazo de zapatos. Le quitó
al joven muerto sus finísimos mocasines y los
sustituyó por su calzado, consistente en un par
de gastadísimos y maltratados zapatos viejos.
Al regresar, los demás agentes se sorprendieron
al ver al conductor del coche con una ropa tan refinada
y un calzado tan estrafalario, completamente roto, pese
a lo cual decidieron no mencionar el caso. Las operaciones
de rutina culminaron, el asunto quedó en la interna
y el policía pudo volver al hogar con sus zapatos
lustrosos y recién adquiridos.
Ese mismo día, guardó el calzado en el
ropero y se fue a dormir, pasando una noche intranquila.
A la mañana siguiente, cuando el agente abrió
la puerta del placard con el objetivo de ponerse sus
zapatos nuevos, vio algo que jamás hubiera imaginado:
donde antes estaban los relucientes mocasines del finado
se encontraban los zapatos viejos, gastados y rotos
que el día anterior había puesto en los
pies del joven fallecido. La historia va más
allá de este final de tuerca, agregando que el
policía sufrió un shock y terminó
sus días hospitalizado en un manicomio.
El relato del muerto que regresa por la noche a recuperar
lo que le fue robado, que circula en formato ADUA desde
hace un tiempo, cambia ligeramente los detalles y las
características del accidente pero no olvida
mencionar nunca el par de zapatos recuperado desde la
tumba.
(Gracias Allison y Martín)
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