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EL FANTASMA DEL IPOLL
Desde Salto, Juan Mario,
lector del portal, va tras los pasos del fantasma del
Ipoll, el liceo más popular de esa ciudad. Crónica.
El IPOLL, es decir, el Instituto Politécnico
Osimani & Llerena, es el liceo más antiguo
de la ciudad de Salto, de paredes robustas, con una
acogedora biblioteca perdida en su decorado en los finales
del siglo XIX, y un frío y solitario observatorio
astronómico.
Desde su fachada pueden divisarse claramente dos secciones:
el ala izquierda de gruesas paredes azules y blancas
y el ala derecha, que al igual que el centro posee grandes
ventanales de vidrios verdosos y celestes. El edificio
consta de tres pisos (más el observatorio ya
mencionado que se halla sobre la terraza del tercero).
Por encontrarse en un profundo desnivel con respecto
a la vereda, la entrada principal se halla en el segundo
piso, que nos conduce a un gran hall donde es posible
acceder al salón de actos, bedelía, sala
de profesores, escalera hacia la biblioteca o bajar
unos escalones hacia la cantina. Toda la sección
izquierda es el área administrativa y a la derecha
están todos los salones de clases. En el primer
piso, se hallan los laboratorios de física, química
y biología, junto a más aulas, construidas
con gradas al estilo anfiteatro. Y es justamente en
uno de los laboratorios donde sucedió lo que
se relata de boca en boca por nuestra ciudad.
Cuentan que a mediados de los ochenta hubo una serie
de robos o, más bien, travesuras de algunos gurises
que durante la noche, aprovechando el poco presupuesto
para reparar correctamente los grandes ventanales, entraban
al liceo franqueando fácilmente las tapas de
madera compensada, a veces sólo apoyadas contra
el ventanal y respaldadas con algún pesado mueble.
Prueba de ello era la serie de tubos de ensayo y diverso
material de laboratorio destrozado, que solía
hallarse esparcido por el piso de los laboratorios.
Para mitigar esto, se dispuso una guardia policial.
La misma consistía en tres policías que
patrullaban los alrededores del edificio. Merced a la
guardia policial, los gurises dejaron de merodear el
lugar y cesaron los destrozos. Con el tiempo, se pensó
que era exagerado disponer de dos oficiales para una
tarea tan obsoleta. Se dispuso que fuese uno solo el
encargado de dicha tarea, con la intención de
que con el tiempo el incidente se olvidase y ya no fuera
necesario montar guardia toda la noche. El policía
de turno cumplía con sus habituales rondas en
solitario todas las noches, pero al comenzar el invierno,
pidió hacer las mismas desde dentro del edificio
y ya no por la periferia. El pedido le fue concedido.
Un día, el oficial de turno escuchó ruidos
que provenían del primer piso, mientras él
se hallaba en el segundo. Baja hacia el lugar y conforme
se acerca al pasillo de los laboratorios, los ruidos
se escuchan con más fuerza. Al llegar al de biología,
halla la puerta abierta. Pregunta en voz alta y autoritaria
quién se encuentra allí. Muda respuesta.
Entra con sigilo desenfundando el arma. Apenas cruza
el umbral, escucha el violento cerrar de la puerta a
sus espaldas y observa atónito como comienzan
a volar tubos de ensayo, vasos de bohemia, mecheros,
carteles y todo lo que pudiese ser lanzado. Se agachó
y buscó refugio bajo una de las mesadas revestidas
de azulejos blancos. Una vez allí, con los ojos
cerrados soportó el ruido ensordecedor hasta
que todo cesó. En ese momento, se levantó,
corrió hacia la puerta, la abrió y huyó
del lugar al tiempo que llamaba a la policía.
Esperó en la entrada la respuesta a su llamado.
El patrullero que llegó al lugar encontró
al oficial aterrado en un ataque de nervios, por lo
que llamaron a otro patrullero para que lo acercaran
al hospital.
A la llegada del segundo patrullero uno de los oficiales
se decide bajar para constatar lo sucedido. A sabiendas
de lo relatado por su compañero, lo hizo con
temor; vio la puerta del laboratorio abierta, el destrozo
y también algo más, algo que lo hizo huir
raudamente del lugar y no desear regresar por nada del
mundo. Subió y le comentó esto a su compañero
de patrulla, quien le creyó. Ambos se negaron
a obedecer la orden que venía de la jefatura:
bajar y montar guardia en la puerta del laboratorio.
Ante la negativa de los mismos, en la jefatura, alguien
de cargo más alto sospecha que sucede algo extraño
y decide ir personalmente a poner coto al asunto. Así
es que un tercer patrullero parte hacia el viejo edificio.
Cuando el sargento llega al IPOLL, le comentan que
uno de los oficiales decidió bajar a ver qué
sucedía, con intención de demostrar que
no tenía miedo. El sargento decide bajar presuroso
para alcanzar a su subordinado. Al pisar el primer piso,
ve venir corriendo a su encuentro al oficial valiente,
que viene disparando su arma y huyendo de una sombra
oscura. El sargento desenfunda su arma y también
abre fuego sobre aquella cosa, que ocupaba todo el amplio
pasillo principal. Ambos trepan las escaleras y llegan
desesperados a la entrada del liceo, temblorosos, agitados
y blandiendo sus armas hacia el interior del edificio.
A pesar de todo, nada más ocurrió.
Desde entonces la policía ha negado oficialmente
todo lo sucedido, pero lo cierto es que hasta hoy no
acceden a poner oficiales para vigilar siquiera el perímetro.
Se cuenta que los funcionarios de limpieza no se atreven
a bajar tarde en la noche por aquellos lares. Que a
todos los profesores de ciencias se les exige que una
vez culminada la clase, guarden todo lo utilizado en
los respectivos cajones y armarios con llave y que no
dejen absolutamente nada sobre las mesadas, ni siquiera
un rígido mechero Bunsen. Se dice que a partir
de este incidente, existe la orden de dejar todas las
luces de todos los salones, pasillos y escaleras encendidas
durante toda la noche, principalmente la del primer
piso. Esta historia, que es bastante fiel a la memoria
colectiva, tiene detalles que varían. Por ejemplo,
en algunas versiones todo le sucede a un solo oficial
y al lugar llega únicamente un patrullero. En
otras, se dice que la historia es relatada en primera
persona por un interno de la sala de psiquiatría
del Hospital Regional Salto, y que, al indagar sobre
dicho paciente, confirman de que efectivamente es un
ex-policia. Lo cierto es que, antes de escribir esto,
decidí darme una vuelta por el IPOLL. Eran las
dos de la mañana de una noche muy fría
y no advertí ningún sereno, ni vigilante
ni policía alrededor de toda la manzana. Y efectivamente,
el edificio se halla vacío con todas las luces
de los salones encendidas.
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