Entrevistas

El zoológico de mi cabeza

Conversamos con Pablo Silva Olazábal, autor de “Pensión de Animales”

Conversamos con el escritor y periodista Pablo Silva Olazábal, autor de la novela Pensión de Animales, recientemente publicada por Estuario.

04.08.2015 16:53

En Pensión de Animales, de Pablo Silva Olazábal, no abunda la comodidad. Ni en sus habitaciones ni en sus páginas. El libro, ganador del Segundo Premio de Narrativa Inédita en los Premios Anuales del MEC en 2012 y una Mención de Honor en el Premio Nacional Narradores de la Banda Oriental de EBO y la Fundación Lolita Rubial en 2013, publicado ahora por Estuario, reúne en una serie de instantáneas lo que ocurre en un edificio de pensión durante un breve lapso. En esta simultaneidad conviven un ángel borracho y abúlico, animales que piensan como humanos y personas que se comportan como animales, y es este absurdo lo que vuelve al trabajo inquietante.

Es, si se quiere, una fábula retorcida en la que la o las moralejas no son evidentes, y haya que buscar pistas habitación por habitación, con el riesgo de encontrarlas.

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Sos escritor pero también periodista, o sea que es posible que conozcas o intuyas todas las preguntas. Hay como un doble oficio, ¿no?

Son dos oficios, sí. Pero el de escritor está ligado a lo artístico y el periodismo a comunicar.

¿Y no conviven? Muchos escritores han sido periodistas, sin hacer mucha diferencia. ¿Cuánto podés meter de un oficio en el otro?

Sí, claro que conviven. Hay muchos escritores que son periodistas por la razón del artillero: la literatura no suele dar para pagar las cuotas de nada. En mi caso siempre me pensé como un escritor que hace cosas: periodismo, actividades culturales, gestión, otras cosas.


Tanto el escritor como el periodista usan la palabra como herramienta. El periodista para comunicar algo al lector o al oyente y el escritor para comunicar lo que ve en su mundo interior, en el mundo de la imaginación. Cómo poner eso en palabras y cómo hacer que con esas palabras el lector "levante" en el teatro de su mente lo que uno quiere comunicar son las diferencias entre uno y otro uso de la misma herramienta.

Los periodistas suelen (solemos) tratar de tener pequeñas trampas a los entrevistados, como para que digan algo que de repente no querían. ¿Algo de eso se refleja en lo que escribís en plan artístico? Me refiero a que el lector más o menos entrenado espera que una obra tenga una doble lectura, una metáfora. Por ejemplo, que la pensión sea una alegoría de la humanidad. ¿Hay una trampa ahí en el sentido de que quizás pensaste en una lectura más lineal?

Creo que yo nunca pienso en trampas de ese estilo (como si fuera un símbolo de otra cosa). Lo que me gusta y pretendo es leer y crear ficción, esto es, vivir virtualmente una aventura. No me importa dónde y de qué trata, me importa que me enganche ese mundo. Que yo olvide que estoy leyendo una ficción…

Muchas veces me cuestiono el pedirle al artista que explique su obra, y es justamente por eso, porque cada uno levanta lo que le parezca en el teatro de su mente, como decís vos...

No siempre el autor es el más apto para "explicar" su ficción. Pero a mí me cuesta pensar en que una ficción se deba explicar. Hay que vivirla y nada más.

Y en todo caso, la inutilidad de escribir sobre obras artísticas. Porque en este caso no hay intermediarios entre la sensibilidad del autor y la decodificación del lector. No lo digo en perjuicio de la crítica, pero casi. ¿Qué pensás de eso? Es válido tratar de "interpretar" algo que en realidad es responsabilidad del lector?

No sé si es inútil escribir sobre obras artísticas. Suele ser el trabajo de la crítica, no está mal ni bien, es otra tarea en otro momento. Pero yo cuando leo quiero vivir esa virtualidad, enchufarme al libro y que me devore la mente. Si estoy pensando en "qué simbolizará esto" o "qué narrador emplea en este momento", me distancio, dejo de disfrutar, o de sufrir. En otras palabras, cae la famosa suspensión de la incredulidad ante la obra.


Claro que si se da el milagro de la lectura, si uno vive ese mundo, luego se puede quedar pensando, reflexionando, asociando. Pero todo eso es posterior. Como pasa, por otra parte, con cualquier situación intensa que uno vive, ¿no? Te impresiona y luego quedás pensando.

¿En qué creés más, en los ángeles, los animales o las personas?

Leyendo, creo en todo lo que me hipnotice, todo lo que me haga "suspender la incredulidad". Cuando saltan las inverosimilitudes es porque uno no estaba lo suficientemente hipnotizado por la historia, o por el estilo en que se cuenta la historia.

Sos un lector crédulo pero, ¿sos "crédulo" a la hora de escribir? Es decir, cuánto hubo de premeditado en el libro y cuánto ocurre porque así lo pedía la ficción...

Sí, me gusta ser un lector crédulo. También pasa que a medida que uno lee libros o ve películas, algunos recursos, o historias parecen irse gastando. O uno parece ir asumiendo una "experticia" —existe esta palabra horrible—. A la hora de escribir, sigo el lema del concurso que Les Luthiers anunciaba en un disco: "el que piensa, pierde".


Intento imaginar y seguir esa ensoñación, lo que no es muy difícil. Ninguna de las historias de Pensión de Animales sabía cómo iba a terminar. Algunas tienen final abierto porque en determinado momento quedaron así, si las seguía, perdían intensidad. De todos modos a la hora de corregir, sí se piensa.


¿Pero tratás de no ser demasiado severo o sí?

Mucho. Sobre todo con lo único que da distancia con el texto: el tiempo. Cuanto más pase, más lo lees como si lo hubiera escrito otro. A la hora de corregir lo único que hay que conseguir es que el texto diga lo mejor posible lo que ya dijo o está diciendo. Hay que depurar.

¿Leyendo "como si hubiera escrito otro", te encontrás con un Pablos Silvas que de repente no conocías?

No pienso en el autor, la verdad. Lo corrijo pensando en lo que dice el texto. Si está confuso, recordando lo que había "visto" en la imaginación, pruebo a decirlo de otro modo, para comunicarlo mejor. Pero no me pongo a juzgar, nunca. Si no, aparece lo "políticamente correcto" y ya sea a favor o en contra —para escandalizar— te condicionás.

¿Cómo escribiste el libro? ¿Lo hiciste de un tirón, tal como se lee, o fue más trabajoso?

Fue muy trabajoso, pero como iba escribiendo otras cosas, lo dejaba y volvía al tiempo; por eso pienso que está tan decantado. Empezó con la escritura de dos cuentos en la misma semana, escritos de un tirón. Me di cuenta de que transcurrían en una pieza similar y que parecían estar pegados uno al otro. Tenían animales, así que pensé si no serían dos situaciones de un edificio. Pero cuando quise agregar otras historias fue más complicado. Esas dos historias son del 2002, y hasta el 2011 la novela no estuvo terminada.

Tiene una velocidad y un ritmo cinematográfico. Ahora que está como de moda, me hizo acordar a Rashomon [la película de Akira Kurosawa]. Salvando las distancias, tiene una "coralidad" en la que en realidad nunca terminás de saber qué es lo que pasó en realidad. ¿El ritmo te impuso la historia o fue al revés?

Varios de los que la han leído repiten el adjetivo "vertiginoso". Un ritmo, una sensación vertiginosa. Lo que es raro porque todo transcurre a una velocidad bastante lenta. A veces casi escritos en cámara lenta. Pienso que esa sensación puede darse por las siete historias que avanzan a un tiempo y parecen enredarse o cruzarse en una especie de remolino. El principal miedo que tenía es el que tengo siempre: que las historias no se entiendan, que no se vean claramente en su desarrollo, aunque sea complejo, que no creo que lo sea.

La obra ya tuvo un par de premios pero recién se publica ahora. ¿Por qué la demora?

Porque no hubo el suficiente interés editorial hasta que la leyó la gente de Estuario. La leyeron otros editores antes pero no cuajaba en sus planes. Demoró tres años en salir. Igual se publicó bastante más rápido que la novela anterior.

Hay un círculo perverso de editoriales, críticos y lectores que dejan fuera obras que son realmente valiosas porque "no cuajan en sus planes". ¿Estamos "leyendo bien"?

Me parece que esa afirmación es dramáticamente fuerte pero que no corresponde con la realidad que suele ser más compleja y menos dramática —a veces hasta directamente cómica—. Publicar es un azar, y publicar un libro de ficción es una operación arriesgada porque en este momento parece difícil saber qué le gusta a los lectores.

Pensión de Animales tiene, entre otras lindezas, un ángel borracho, un loro aterrado, una gata en celo, un perro que piensa, un bicho extraño o un azucarero inalcanzable. Dicho así parece un cambalache, o una exageración, pero se suele olvidar que la novela es algo que funciona (o no funciona) más allá del argumento y la trama que cuenta. La novela es un clima, y una experiencia. No todo el mundo tiene eso claro. Igual me sigue asombrando que le hayan dado varios premios. Algo deben de haber visto, ¿no?

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