Entrevistas
El canario en la mina

Con Valentín Trujillo, autor de "Real de Azúa": "Estamos en una crisis grande a nivel intelectual"

"En general los intelectuales uruguayos son bastante cobardes a nivel ideológico", asegura el autor de la primera biografía del intelectual Carlos Real de Azúa.
08.01.2018 12:23
2018-01-08T12:23:00

Carlos Real de Azúa aseguró una vez que hacer cualquier "dibujo de la línea" de la vida de una persona, "en base a escuetos datos de la peripecia externa no reúne atributos que los hagan merecedores de recuento en el balance de una literatura nacional".

Pese al cartel de advertencia de su propio sujeto de estudio, el escritor y periodista Valentín Trujillo decidió embarcarse durante dos años y medio en la aventura de perfilar la primera biografía de Real de Azúa, intelectual brillante e inusual en el Uruguay del siglo XX, obsesivo de la identidad criolla y la influencia del pasado.

Memorioso, lector voraz, pensador precoz, tradicionalista, antibatllista, ensayista y crítico agudo perteneciente la generación del 45. Muchos calificativos pueden usarse al referirse a Real de Azúa pero, como suele repetirse, su figura contradictoria escapa a las definiciones. Fue católico ferviente y homosexual, simpatizante del franquismo y más tarde impulsor intelectual del Frente Amplio, crítico del estatismo y a la vez empleado público.

El interés de Trujillo por Real surgió al celebrarse los 50 años de su libro El impulso y su freno, que "ya en el 64 ponía arriba de la mesa un montón de características que estaban vigentes, sobre los méritos y problemas del Uruguay".

Esa fascinación, comprensible teniendo en cuenta la personalidad y la historia de Real, llevó a Trujillo a realizar una investigación de campo en la que entrevistó a 65 personas y visitar con regularidad la hemeroteca de la Biblioteca Nacional y su archivo literario, rastreando todos los documentos de y sobre Real de Azúa. Luego, con Carlos María Domínguez como editor ad hoc, se dedicó a una tarea paciente de escritura y reescritura, mientras sumaba nuevas investigaciones que le insumieron en total dos años y medio en compañía del aura elegante de "Carlitos".

El resultado, amén de pequeños detalles achacables a la edición (como los errores de tipeo o la repetición de algún párrafo entero en capítulos seguidos) es un trabajo notable de reconstrucción de la vida personal e intelectual de Real de Azúa. No es un ensayo o una exégesis exhaustiva de su obra -ni pretende serlo-, sino un recorrido de su vida personal y sobre todo intelectual escrito con soltura, que abre distintas conexiones con su tiempo y también con el pasado y presente del país. Esa cualidad "novelesca" explica, quizá, que el libro vaya rumbo a su segunda edición, un éxito que sorprende al propio autor.

La obra se centra en lo intelectual ("el aspecto fundamental de la vida de Real", explica Trujillo) y sus grandes debates con otros pensadores de la época, pero aborda también características íntimas y familiares, como las rarezas y obsesiones que convirtieron a Real de Azúa en un personaje intrigante. Es también un libro de historia, porque su vida "permite reconstruir un montón de ambientes espirituales e intelectuales que tuvo el Uruguay a lo largo del siglo XX".

En entrevista con Montevideo Portal, Valentín Trujillo habla sobre identidad uruguaya, el estado de nuestra cultura, la ingratitud de nuestra memoria y otros aspectos recogidos en su libro Real de Azúa, una biografía intelectual (Ediciones B).

¿Por qué existía este vacío biográfico sobre la figura de Real de Azúa en el Uruguay, que tu libro viene a llenar?

Porque el Uruguay es un país muy ingrato, también intelectualmente. Es increíble que el 95 % de los intelectuales del país no tengan muchos ensayos o biografías en el sentido convencional del término. Pensá en José Enrique Rodo. Hay acercamientos a la obra pero no biografías que se tomen el trabajo de contar su vida, más allá de un trabajo breve de Benedetti y una ficción de Fernando Loustaunau. Y podemos nombrar a Carlos Vaz Ferreira, Quijano, Zum Felde, Juan Pivel Devoto, Emir Rodríguez Monegal, Angel Rama, Idea Vilariño y tantos otros. Se organizó en 2016 un concurso de ensayos de Real de Azua con un muy buen premio y se declaró desierto.

Me sorprende que a 40 años de su muerte haya habido tan pocos trabajos. Hay una combinación entre el hecho de que alguien se tome el trabajo de hacerlo y el que se dé cuenta de que este trabajo es relevante.

Esa desidia a nivel cultural a la que te referís, Real la advertía ya en sus textos en los 50 o 60...

Cuando uno pone en perspectiva con respecto a hoy a ese Uruguay que supuestamente se caía a pedazos en el 63 o 64, ese Uruguay que la generación del 45 denostaba y criticaba... por favor, ¡dame la crisis aquella ya! Desde el punto de vista intelectual fue una generación irrepetible. No voy a comparar a vuelo de pájaro, pero si te metés en lo que era el ambiente de Uruguay a principios de los 60 y lo traés al presente, creo que hoy estamos en una crisis muy grande a nivel intelectual. Incluso los números del Uruguay. Estaba mejor que España, que buena parte de Italia, que Europa del Este... Dentro de un contexto regional terminó arrastrado en el caos que todos conocemos, pero la generación crítica, viéndolo con la distancia y el tiempo, también fue dañina de alguna forma. A toda la generación de Marcha, que era durísima con el Uruguay, quizá le faltó un poco el olfato de ver el contexto, lo que sucedía en otros lugares; no valoraron a tiempo las cosas del Uruguay. Incluso Real de Azúa, tan crítico con esta "blanda democracia batllista" que tenía Uruguay. Bastó que cayera la democracia para darse cuenta de que habíamos perdido mucho más de lo que él creía.

Más allá de eso, ¿creés que Real de Azúa fue una suerte de "canario en la mina" del estado de la cultura uruguaya?

Él ya denunciaba por ejemplo que buena parte del presupuesto en cultura se iba en el carnaval, sobre todo. No lo digo como un ataque al carnaval, sino por la preeminencia del carnaval frente a otras expresiones artísticas que quedaban relegadas. También mencionaba que Uruguay es un país culturalmente pasivo, al que le gusta más ser consumidor de elementos de afuera que producir desde acá. 1953 fue el año récord de venta de entradas de cine en la historia del Uruguay, se vendieron 19 millones de entradas. Y él se preguntaba cómo nadie hacía cine en Uruguay, cuando había muy buena crítica y se desarrollaba ya un grupo de estudiantes que hacían la Cinemateca, y sin embargo no había nadie filmando nada. Eso se mantuvo hasta los 90 o 2000, te diría. Él decía que nos faltaba el gatillo creativo, que preferimos sentarnos a ver lo que hacen otros y opinar, a hacer. Y en eso él consideraba que había una rémora del batllismo que invitaba a la pasividad y el gusto por la jubilación.

Y criticaba el sueño del uruguayo aferrado al empleo público...

Yo a lo largo del libro intento discutirlo un poco, porque hay un peligro de enamorarse del personaje y creer que todo lo que hace es soberbio. En realidad era muy crítico con el Estado, la burocracia y los sistemas públicos pero a lo largo de su vida básicamente fue un empleado público. Fue docente y profesor de futuros profesores en el IPA. Siempre tuvo un sueldo del Estado.

Él criticaba esa pasividad a la que había llevado el batllismo y vos, en la biografía, al escribir sobre su libro El impulso y su freno, comentás que eso prefigura el progresismo del siglo XXI. ¿Por qué lo ves así?

Es un tema muy complejo y que merecería un estudio aparte. Yo lo nombro en una oración y no profundizo porque creo que no es el lugar para hacerlo. Las fuertes o débiles conexiones que han tenido los gobiernos del Frente Amplio con el batllismo más clásico exceden mi libro, pero de todas maneras creo que hay una conexión muy fuerte, que es filosófica e ideológica más allá de la eventual cuestión práctica del trasvaso de votos colorados al FA. Hay una serie de continuidades. El batllismo estaba en sus inicios fuertemente influido por el socialismo. No nos olvidemos que Emilio Frugoni, fundador del Partido Socialista, era antes batllista. Y no es casual que a lo largo del tiempo hubiera una cercanía clara entre el Partido Colorado y distintos partidos de izquierda, y también con algunos sectores del Partido Nacional que eran de centro izquierda. Eso se ve en el 71 con la creación del Frente Amplio.

Para mí el libro de Real tiene vigencia porque hay cuestiones que exceden lo partidario y están metidas en una especie de ADN, de un inconsciente colectivo que es muy batllista. Estemos de acuerdo o no, tenemos un montón de reacciones que fermentaron en el batllismo y en el neo-batllismo. En ese sentido, varias de las críticas que hace Real hoy se mantienen.

Real no le perdonaba al batllismo su feroz anti catolicismo. Él era católico y eso ya es una rareza en el ambiente intelectual uruguayo. Está dentro de las enormes contradicciones de él, como también la de ser católico activo y ser homosexual, que es un tema en el que yo no indago mucho porque no tenía elementos en la investigación y porque no quería hacer psicoanálisis barato y meterme en un territorio que me excedía. Real rescataba algunos elementos de la tradición, del pasado -lo acusaron de ser retrógrado- y le endilga al batllismo eso, que no mira hacia atrás. Batlle y Ordóñez estaba obsesionado con el futuro, por eso lo del progresismo. El progresismo no aparece en Uruguay en el 2004, sino que surge en la segunda presidencia de Batlle y Ordóñez. Ellos mismos decían ser el partido progresista, que cortaba con el pasado y apuntaba al futuro. Y el pasado era lo que a Real removía mucho, la tradición católica y la hispanidad. Real tenía un montón de motivos -no digo que fueran siempre válidos- para criticar al batllismo y lo hacía desde esa vereda.

¿Desde dónde te paraste para analizar la obra de Real de Azúa?

El libro es Real de Azúa a través de mi mirada, que es lo que hace un biógrafo. Prioricé algunas cosas, investigué más unas que otras y lo estructuré de esa manera. Lo que flota detrás de los libros de Real es una pregunta muy filosófica: ¿quiénes somos los uruguayos? Intentaba explicar por qué seguimos viviendo juntos, cuál es nuestro sentido en el mundo, si es que lo tenemos. Y creo que Real de Azúa tenía puntos muy interesantes y en otras cosas no, pero demostró una enorme valentía que han tenido pocos intelectuales en el Uruguay. En general los intelectuales uruguayos son bastante cobardes a nivel ideológico. Ha habido gente que ha justificado lo injustificable y nunca pudo escribir una sola sílaba diciendo "me equivoqué". Salvo quizá Eduardo Galeano, que hizo una cosa muy tibia cuando le preguntaron sobre Las venas abiertas de América Latina. Real puso los huevos sobre la mesa, fue a España, vio el franquismo, se decepcionó y escribió un libro sobre eso a su vuelta.

¿Hubiera cambiado en algo el libro de haber podido acceder a los diarios personales de Real?

Creo que sí, hubiera aportado. Él era un obsesivo que anotaba absolutamente todo, hasta los cigarrillos que fumaba, lo que cenaba, los libros que leía. Seguramente había detalles íntimos y sexuales en el diario. La familia prefirió mantenerlo bajo su órbita y lo respeté. Solo tengo agradecimiento con ellos, porque me dieron cartas, fotos, objetos, hubo una colaboración muy grande.

Hubiera sido un costado humano directo del día a día. Pero no era el principal foco de mi libro. Pretendía otra cosa y por eso lo de biografía intelectual. Le hubiera dado más materialidad y sordidez al personaje, pero está sugerido en lo que yo digo. Lo importante para mí es lo que escribió, no los problemas que padeció para tener sexo en un Montevideo pacato y acartonado, donde no había siquiera un bar gay. Yo quería un repaso pormenorizado de todo lo que el tipo hizo, pero hay también datos personales, como toda la relación con su mucama -que era un poco madre también- y la relación con sus padres: él, un batllista, ateo, científico y doctor; ella, una madre devota, católica.

¿Cómo se explican los cambios ideológicos de Real, que pasa del franquismo a apoyar la intelectualmente la fundación del Frente Amplio décadas después?

Las vueltas son raras por momentos y a veces inentendibles, pero lo que recorre a nivel horizontal el pensamiento ideológico de Real es una suerte de nacionalismo popular, que está presente ya en el pensamiento de Antonio Primo de Rivera. La Falange combinaba varios aspectos atractivos para él, como el catolicismo y su aplicación sobre la realidad, o su anticapitalismo. Él lo ve en el herrerismo y luego en el ruralismo de Benito Nardone. Y después en los 60 su anti imperialismo, su posición contra Estados Unidos y a favor de lo americano lo llevó a adherir una idea original como la del Frente Amplio, pese a que estaba muy en contra de la revolución armada y los tupamaros. Como católico, creía que la revolución tenía que ser interna, del alma, no tomando las armas. No creo que haya una línea recta ni que la ecuación sea tan fácil, pero en esa álgebra particular de la vida política de Real de Azúa, que tuvo ese derrotero sorpresivo, él creía que había cierta coherencia interna.

Otra figura recurrente del libro es la de otro intelectual anti batllista, José Enrique Rodó. ¿Cómo se da la curiosa la relación de Real con él, al que critica muchísimo pero también abraza en un momento de su vida?

Creo que la relación entre Real y Rodó es interesante y abarca toda su vida. En principio lo discutió, le cortó la cabeza al "padre" (el padre de la intelectualidad uruguaya), lo trató de blando, de no tener pulsión, de estar alejado de los sentimientos y de vivir en una nube, y luego fue entendiéndolo. Escribió los prólogos de varias de sus obras y fue comprendiendo a ese tipo que también en muchos sentidos se decepcionó del Uruguay y se convirtió en un exiliado intelectual por enfrenarse al batllismo. Rodó era un solterón muy pudoroso, un solitario, alguien que había llegado a un sentido trascendente de la vida por lo intelectual y eso atraía mucho a Real. Terminan siendo historias que van en paralelo, pero es un tema que merece un estudio aparte.

Por Martín Otheguy